Un vendedor ambulante de pavos en la Plaza de la Constitución (hoy, de España). 1923. AMZ 4-1-0007501

«Ya viene la vieja con el aguinaldo,
le parece mucho, le viene quitando»

El aguinaldo, ¿qué sería de las navidades sin el aguinaldo, esa gratificación en metálico pero también ese regalo que se entregaba en estas fechas a los funcionarios públicos “de proximidad” como el guardia urbano, el sereno, el barrendero o el cartero; a otros trabajadores dedicados al servicio de los demás como la portera o el mozo de cuerda, e incluso, en algunas zonas de nuestra geografía, a los grupos de niños que recorrían el vecindario llamando a las puertas y entonando villancicos a cambio de una golosina? “El cartero le desea Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo”, “la portera les desea Felices Navidades”. También el barrendero. Y el sereno. No menos el carpintero. Antaño, más que ahora, todo el mundo se deseaba mutuamente felicidades, paz y amor por estas fechas. Familiares y amigas, hermanos, cuñadas y primos, pero también vigilantes nocturnos, repartidores y carpinteros. Todos, en un arrebato unánime y febril de buena voluntad colmaban a sus familiares, beneficiarios y clientes de los mejores deseos para la época navideña y todo el año siguiente.

Habrá ya quien no reconozca alguno de estos empleos. ¿El sereno? Pues claro, aquel señor uniformado que se extinguió en los setenta del pasado siglo encargado de vigilar las poco iluminadas noches de antaño, regular el alumbrado público y hasta, en algunas ciudades o barrios, abrir las puertas y anunciar la hora y las variaciones atmosféricas: “las once y media y lloviendo”, “las dos en punto y sereno”, “las tres y cuarto y nublado”.

¿El mozo de cuerda? Un zagal de corta edad que se encargaba de llevar bultos o recados de un lugar a otro a cambio de un precio acordado. ¿Un “rider” sin bici? Algo parecido.

Pues bien, salvando la familia, todos aquellos fieles servidores de lo público o tenedores de su propia empresa subían las escaleras y, tarjetón en mano, manifestaban al vecindario su loable deseo. Y, claro, ante tal derroche de bonhomía, se les recompensaba como merecían, con unas pocas pesetas, una copita de anís o una tableta de turrón. Eran personas con las que coincidías diariamente, con las que hablabas a menudo, a cuyos padres y hermanos frecuentabas porque pertenecían a la comunidad del barrio y estabas al tanto de su vida y sus milagros. ¿Cómo ibas a privarles de tales atenciones?

Las tarjetas, de imprenta, mostraban la profesión del peticionario de una forma amable, dedicado aquel a sus diarios quehaceres, abriendo puertas, porteando bultos, serrando un tablón, barriendo el patio o repartiendo cartas, siempre con una sonrisa en los labios, ajenos a las penurias del tiempo y de la vida de aquellos años duros y sin embargo felices.

Se acompañaba la estampa con una frase llena de buenos deseos y una imagen de aquello que, al parecer, era símbolo, o quizás improbable deseo, de unas navidades “como Dios manda”: un surtido de botellas, espumillones, turrones y un muslo de pavo que para sí hubiera querido el bueno de Carpanta.

Y entre todo este variopinto grupo de acreedores al reconocimiento de sus conciudadanos en forma de aguinaldo destacaba, para mí, uno, “el urbano”.

Un guardia urbano posa junto al aguinaldo de la jornada. Años 50. AMZ 4-1-0027611

EL URBANO Y EL GAITERO.

Si bien existe en Zaragoza desde mediados del siglo XIX el cuerpo de policías, no es hasta 1906 cuando se eleva la categoría del municipio, aunque sea de modo meramente figurado, a la de gran pueblo al constituirse el grupo de Policías de Tránsito o Circulación para controlar, porra blanca en ristre desde unos años después, la incipiente y “peligrosa” actividad urbana sobre ruedas. No en balde estos guardias no eran guardias a secas sino “guardias de la porra”.

Años más tarde, a mediados de los cuarenta, a los integrantes de la sección de Circulación de la Guardia Urbana se les retira la porra como elemento para regular el tráfico y se les dota de salacot, sahariana, guantes, todos ellos del mismo color blanco, y de un silbato. Incluso, en sitios emblemáticos y potencialmente peligrosos de la ciudad se les instala un podio y una sombrilla para que se les vea bien y preservarlos de las inclemencias del tiempo.

Vestido de blanco o, posteriormente, de oscuro, con casco y correajes, el guardia urbano, el “urbano” a secas, era una figura de autoridad para nuestros padres y abuelos a la hora de circular en automóvil. También para los peatones que, siempre atentos en las aceras, interpretaban a la perfección los movimientos, casi de ballet, de sus brazos y manos, el giro de su cuerpo y la seña con la que les ordenaba detenerse o lanzarse a la aventura de atravesar la calle en aquellos tiempos en que tan escasa era la regulación semafórica.

Un guardia urbano recibe aguinaldos en la confluencia de la Plaza de España y la calle del Coso. 1954. Colección Pilar Borobio.

Por estas y otras muchas razones al urbano se le estaba agradecido y, como es de justicia, en Navidad debía recibir su merecido aguinaldo. ¿Y quiénes eran las buenas personas que entregaban su presente a estos benefactores del tránsito rodado y pedestre? Pues generalmente los taxistas, los repartidores motorizados y los conductores más habituales de su zona.

La dádiva, en especies, solía consistir, en función del poder adquisitivo del donante, en una humilde tableta de turrón, una botella de vino, un licor espirituoso o, cómo no, la inevitable y muy popular botella de sidra-champagne “El Gaitero”, un zumo de manzana dulce asturiana, agradable, espumoso y de baja graduación alcohólica que de champán tenía únicamente la exótica referencia y un cierto lejano gusto, y que se podía regalar unitariamente o en forma de caja con varias botellas.

Ejemplos gráficos no faltan de urbanos que, situados en las zonas más nobles de la ciudad, se veían literalmente asediados en estas fechas no solo por los aguinaldos más habituales sino por otros mucho más rumbosos como gallinas, vivas o muertas, criadas o no por el propio donante, productos elaborados del cerdo y hasta cochinos, vivitos y guarreando, “servidos” en su propia jaula.

Como puede observarse, para este guardia de tráfico no todo el aguinaldo consistía en turrón, peladillas y espirituosos. 1958. Gerardo Sancho Ramo. AMZ 4-1-0027616

Hoy nos causa extrañeza, casi incredulidad, que empleados al servicio del Ayuntamiento y del Estado tuvieran que fiar en estas fechas y hasta épocas relativamente recientes el complemento de sus magros emolumentos a la buena voluntad de sus conciudadanos, muchos de ellos no menos, incluso tan o más humildes que ellos. Y es que este país ha sido siempre muy dado a la beneficencia y parco en ofrecer a sus habitantes condiciones de vida justas y adecuadas.

Pero no solamente recibían aguinaldo los trabajadores. También algunos niños. Pero eso ya es otra historia, concretamente la…

LA EDAD DEL PAVO.

Otra de las muchas figuras habituales de la Navidad de antaño en nuestros pueblos y ciudades era el vendedor ambulante de pavos, el pavero.

Si bien ya eran habituales durante el siglo XIX, desde que en 1903 se construyese el Mercado Central, o Nuevo, de Zaragoza, en la calle de Lanuza los paveros se instalaban cada año y durante décadas en sus proximidades.

Pavero con su rebaño junto al Mercado Central de Zaragoza. Años 60. Gerardo Sancho Ramo. AMZ 4-1-0025184

Todos ellos llegaban desde las zonas rurales más cercanas. Ataviados como correspondía a su oficio: camisa y pantalón largo de trabajo, zamarra y alpargatas, tocados con boina y blandiendo una larga caña, los paveros atravesaban con sus partidas, entre otras vías, la plaza de la Constitución (luego, de España), el Coso Alto y las calles de Cerdán y de las Escuelas Pías a modo de cañada real para deleite de niños y mayores.

Durante la posguerra, los vendedores ambulantes de pavos tenían que dejar una pieza cada vez que pasaban por alguno de los fielatos de la ciudad. Éste era esa especie de aduana encargada de recaudar el llamado impuesto de consumo y efectuar un cierto control sanitario a todas las mercancías que entraban y salían de la localidad.

Hay que tener en cuenta que el pavo, junto con el turrón de Alicante y el de Jijona, era un manjar que se preciaba, si bien la carne de la robusta ave solía ser sustituida por la del pollo o la gallina en los hogares con menos posibles.

Hacia mediados-finales de la década de los sesenta del pasado siglo, la figura del vendedor ambulante, sus pavos y los glugluteos de éstos dejaron de formar parte del paisaje animado y sonoro de la Navidad de nuestras ciudades, caminos y cañadas.

Al fin y al cabo, fueron, y son, como los aguinaldos, las tarjetas de felicitación del cartero y la portera y los guardias urbanos rodeados de regalos, el reflejo sentimental de otra época y otra sociedad.

Felicitación de los vigilantes de Zaragoza. Gentileza de Jesús Gimeno. Colección Rafael Castillejo.

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