Espectaculares vistas que podían admirarse en un paseo por el Cabezo Cortado y alrededores del Canal Imperial. Ca. 1905. Archivo María Pilar Bernad Arilla

Imaginemos la Zaragoza que se adentraba en el nuevo siglo XX. Como toda la nación española, deseosa de olvidar los desastres de los últimos años del XIX, abierta al futuro y optimista de su incipiente desarrollo industrial por el que aparecían, como setas tras las primeras lluvias de otoño, chimeneas de harineras, azucareras y fundiciones. Burgueses y trabajadores gustaban disponer de su tiempo de ocio acudiendo a cafés, teatros y, después, cinematógrafos, establecimientos de los que Zaragoza estaba más que bien surtida. Pero también, cuando el clima se suavizaba, que aquí es lo mismo que decir cuando el cierzo se ausenta, era costumbre solazarse en parajes naturales que pusieran una nota de verdor en la retina y un respiro sano en los pulmones.

Sin salir de la ciudad existían algunas fincas de recreo como la antigua de Bruil o la Quinta de San José, generalmente concurridas por gentes de las clases altas. Las clases populares, que también buscaban ese disfrute de la naturaleza, acudían a las Balsas de Ebro Viejo, las choperas de Casablanca, la playa de Torrero y los “cabezos”. Estos últimos, preferidos por quienes también querían disfrutar de las vistas, eran dos: el Cabezo de Buenavista y el Cabezo Cortado.

La aparición de los primeros parques públicos (el de Pignatelli entre 1913-1917 y el de Primo de Rivera en 1929) fueron un gran atractivo para la ciudadanía, que pronto frecuentaron sus fuentes, jardines, bancos y esculturas. Pero no por ello dejaron de visitarse aquellos otros lugares que, desde antiguo, era costumbre acudir a pasar el día con la fiambrera llena y la bota de cuero bien curtida y pletórica de vino. De todos ellos, vamos a recordar especialmente uno que, para muchos zaragozanos contemporáneos, puede llegar a ser desconocido: el Cabezo Cortado.

El Cabezo Cortado es un pequeño promontorio junto al Canal Imperial de Aragón, parte de las terrazas altas del Ebro. Una mole de gravas y arenas que transitan entre los estratos yesíferos de las vales y montes del sur (tajados por la Huerva) y los fértiles materiales de la llanura de inundación del Ebro. Con apenas unas pocas torres agrícolas en sus inmediaciones, en la primera década del siglo XX se consideraba un lugar excepcional desde el que vislumbrar una extensa panorámica de la ciudad. Mirando al norte desde la planicie de su cima podía admirarse la campiña de Miraflores y Cabaldós apareciendo, tras la trinchera ferroviaria de “los directos”, las macizas paredes de ladrillo rojo de la Granja Experimental Agrícola, en el término de Rabalete. Por el nordeste, en lontananza, las huertas y caserío de Las Fuentes, el propio Ebro y la entrada al mismo del Gállego. Por el noroeste, en primer término, las pequeñas casitas agrícolas que, en suave pendiente, descendían las laderas sobre las que, a lo lejos, se mostraban los edificios urbanos de una Zaragoza todavía abrumada por sus imponentes torres.

Vista noroccidental, desde el Cabezo Cortado, pequeñas torres agrícolas salpican las frondas, 1878. Jean Laurent. Fondos fotográficos de la Universidad de Zaragoza

Mariano Baselga, en el prólogo de su librito de cuentos que lleva por título, precisamente, “Desde el Cabezo Cortado”, asevera que “… igual que no hay catalán que no tenga vista su Barcelona desde el Tibidabo, así no hay aragonés que ignore dónde se halla el Cabezo Cortado. Este es, oh lector amadísimo, el sitio que elegí para estrado de tus juicios: lugar alto para que todo lo veas, lugar solitario (a veces) para que nadie turbe el reposado zurcir de tu crítica”. Casi podemos visualizar al industrial-literato, sentado en lo alto del promontorio con la vista perdida en un horizonte de profundas cavilaciones.

No solo la Literatura nos habla del lugar, también lo hace la Historia, y de hechos de gran relevancia: El más renombrado fue el haber servido de bastión para dirigir la batalla que enfrentó las tropas de Felipe de Borbón y Carlos de Habsburgo en su Batalla de Zaragoza (1710), en plena Guerra de Sucesión. La ocupación de todo el monte de Torrero, incluyendo el Cabezo Cortado como atalaya sobre el estratégico Barranco de la Muerte, dio a las tropas del Borbón gran ventaja sobre el Austria, si bien un error táctico sirvió a la larga para inclinar la balanza hacia el bando de este último. También los mariscales de Napoleón, casi un siglo después, entendieron la necesidad de su control, pasado ya el escollo que suponía el Canal Imperial.

Ejemplar del libro de cuentos “Desde el Cabezo Cortado”, de Mariano Baselga Ramírez, 1893. Biblioteca de Aragón

El tiempo, que todo lo cura, permitió recuperar el paraje. Si no por la memoria de tan luctuosos hechos, si como lugar de ocio y festejo. Convertido en destino habitual de excursión y merienda de fin de semana, gentes de toda condición acudían las mañanas festivas cuando el tiempo acompañaba y las obligaciones lo permitían. Paseaban sus caminos y sendas entre el pinar familias completas, pobres rumbosos y ricos avarientos, estudiantes calaveras y niñas románticas con las que intentaban “pegar la hebra”. Se daba cita un auténtico caleidoscopio social. No era difícil acceder al lugar a pie desde la cercana huerta de Miraflores o Cabaldós. También en tranvía, que se dejaba en la playa de Torrero, en un agradabilísimo paseo por el camino de sirga del Canal. Para más “inri”, en 1895 al industrial Enrique Sagols, entonces enfrascado en las obras que convertiría su cercana finca en la visitada, famosa y recordada Quinta Julieta, le fue autorizado el uso de una barca de recreo. Desde el embarcadero de la Playa de Torrero la coqueta embarcación “Santa Cecilia”, comenzaría su corta singladura hasta el Barranco de la Muerte permitiendo, de este modo, un acceso “náutico” a la quinta y al cabezo.

No era de extrañar por tanto que, en las primeras décadas del nuevo siglo, entre las visitas obligadas al Pilar, al templo de La Seo, a la Lonja, al Matadero y a la Granja, todo cicerón que se preciara organizara una excursión al Cabezo Cortado para sus visitantes ilustres, congresistas o, incluso, personalidades regias. Era esta una manera de mostrar, desde esa suerte de balcón natural, la Zaragoza pujante de la cual se enorgullecía su pueblo.

En las concurridas conmemoraciones del 5 de marzo, compartía lugar de celebración de la efeméride con la arboleda de Macanaz, el otro cabezo (de Buenavista) y la Huerta de Santa Engracia. En las fiestas del Pilar era común que, desde su cúspide, fueran lanzados fuegos de artificio con los que amenizar las veladas de cena y baile de la cercana Quinta Julieta. También fue lugar de concentración y ejercicio de los omnipresentes Exploradores, jóvenes afiliados al movimiento “scout” que gustaban desfilar marcialmente, a veces bajo la escrutadora mirada del mismísimo gobernador militar… Febril actividad, la del pequeño promontorio.

Dos señoras y un niño pasean por el entorno. Ca 1905. Archivo María Pilar Bernad Arilla

Al decir de los periódicos de la época, el eclipse solar que se produjo el 28 de mayo de 1900, del que ya se ha hablado por estas páginas, hizo que un buen número de ciudadanos se llegaran al Cabezo Cortado “a presenciar el raro fenómeno astronómico más cercanamente”. Gentes de posibles serían, pues no todos podían librar un lunes sus obligaciones por cuestiones científicas. Unos dispusieron de sus propios medios de transporte, otros se trasladarían en aquellos acharolados coches de punto cuyas tarifas, nos imaginamos, debieron haber sido pactadas previamente en la parada. De todos es sabido que, de siempre, los zaragozanos hemos respondido masivamente a cualquier acontecimiento que aquí ocurriese. Y un eclipse no iba a ser menos. Decenas de personas, provistas con trozos de cristal ahumado, quisieron ser testigos de la rara alineación entre el astro rey, la Tierra y su satélite, en medio.

La popularidad del sitio animó a don Justo Mata, dueño del antiguo y aparroquiado Restaurante FORNOS, en la calle Cuatro de Agosto, a abrir un establecimiento en el lugar. Para ello adquiriría la llamada Torre de Vista Hermosa, una preciosa finca con edificio coronado por tejadillo a cuatro aguas. Parte de su cubierta la constituía una terraza abierta en la que se atendía a los comensales que, con el buen tiempo, allí acudían animados por las excepcionales vistas. Se encontraba la finca en la ladera de poniente del cabezo, junto al Canal, por cuyo camino se entraba. Quienes allí acudían, retando la canícula en las tardes de verano, podían consumir helados de todas las clases y sabores, según decían. No es por tanto de extrañar que, en tan incomparable marco, se dieran no pocos banquetes, algunos especiales. Entre estos el que reuniría a la “creme” de la restauración zaragozana en una de sus afamadas reuniones anuales. Para la ocasión se aplicó don Justo en servir un “lunch” vegetariano, al gusto de las nuevas corrientes naturistas. Tal servicio cosechó grandes elogios por parte de sus adláteres. No así de algún corresponsalillo de prensa invitado a cubrir el acto y que, por hacerse ilusiones “chuletescas”, no le hizo mucha gracia tal profusión de verde condumio. Lamentablemente, el establecimiento no llegó a cumplir la década, cerrándose al público en 1915. Quedaba tan a desmano…

Finca “Vista Hermosa”, restaurante. ca 1909. Fondos fotográficos del SIPA.

Cabezo y alrededores, por su lejanía respecto al centro urbano fueron también lugares de sucesos terribles. La magra dotación policial con que contaba en los inicios del siglo la ciudad se hacía especialmente grave en los distritos de las afueras, como era el barrio de Montemolín. Apenas un par de guardias a caballo se dejaban ver “de Pascuas a Ramos”. Y esa falta de vigilancia permitía que abundasen incidentes tristes y execrables. Así, consta que, en más de alguna ocasión, se hallaron sin vida fetos y bebés recién nacidos abandonados, con toda seguridad, por sus más que atribuladas progenitoras. Era habitual, lamentablemente, ver como del Canal se extraían cuerpos arrojados a sus aguas corriente arriba. Entre ellos la prensa de la época se hizo especial eco de una esposa suicida, vecina de San Pablo, que también hay que tener valor de meterse en vida en semejante viaje (para tomar el último) teniendo el Pozo de San Lázaro cerca. De todos estos macabros sucesos quizá el más rocambolesco fue el ocurrido a un ladrón arrepentido, cestero de profesión que no de vocación, a quien sus compañeros de banda, desconfiando de que pudiera mantener la boca callada y con la excusa de una merienda en el cabezo, tramaron una emboscada. Perdió el pobre desgraciado merienda y cabeza, ésta última lanzada al Canal envuelta en su chaqueta de pana.

El 20 de diciembre de 1915 se inauguraría, en lo alto del mismo Cabezo Cortado, el Sanatorio de Nuestra Señora del Pilar, hospital antituberculoso promovido por la Federación Femenina contra la Tuberculosis y cuyas obras se hicieron a expensas de lo recogido en la Fiesta de la Flor. Encargado de su puesta en marcha fue el insigne doctor Patricio Borobio (padre de los famosos arquitectos), hombre entregado en cuerpo y alma a la protección de los niños ante estas enfermedades. El centro, equipado con los últimos adelantos médicos, acogería a niños aquejados de la llamada “peste blanca” y a algunos otros que, por la situación de sus familias, podían correr un alto riesgo de infección. Dentro de sus modernas instalaciones llamaba la atención una sala que simulaba las condiciones de humedad y soleamiento de una playa, con la presencia incluso de arena. Sigue en pie, todavía, el edificio que lo albergó, sede ahora de la Federación de Asociaciones Gitanas de Aragón.

Los principios de los años veinte se caracterizarían por el nacimiento de un pequeño núcleo poblacional en el entorno de la ladera noroeste. En un terreno agrícola, de pendiente más suave, dividido en parcelas regadas por las acequias del Plano y de Ontonar, surgirían un grupo de casitas de traza rústica. Aparecería así la barriada de la Argentina, de cuyo recuerdo tan solo queda, hoy en día, el nombre de una calle. Con la de Cubel, de las Acacias y otras barriadas de aquellas que llamaban “particulares” ampliarían por el sur el populoso barrio de San José. No obstante, hubo que esperar hasta bien entrada la segunda mitad del pasado siglo para la consolidación definitiva de la zona bajo el cabezo. Entre el Camino de Miraflores y Zaragoza La Vieja, fue desapareciendo la antigua huerta tradicional a la par que se trazaban las nuevas calles que han llegado hasta nuestros días (Larache, Melilla, Juan XXII…). Muchos recordarán la tapia que cerraba las instalaciones de la Sociedad Deportiva Arenas “Martín-Celiméndiz”, inauguradas en 1967 con la flamante piscina de largo olímpico, única entonces en Zaragoza y que acogería campeonatos nacionales de natación. Es inexplicable su abandono.

Habiendo recordado hasta aquí la Historia (y algunas historias) de las que el Cabezo Cortado ha sido testigo, es inevitable sentir en la actualidad cierta amargura al comprobar el estado de deterioro en que se encuentra el que fue tan familiar paraje para nuestros abuelos. No caería en cajón perdido este relato si con él se consiguiera dar un empuje a viejas reivindicaciones vecinales que hace tiempo apuestan por adecentar el lugar y equiparlo convenientemente para disfrute de todos.

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