El torreón de la Zuda tras su primera actuación, todavía con el piso añadido. 1877. Jean Laurent. Archivo Ruiz Vernacci. Fototeca de Patrimonio Histórico

Cuentan crónicas apócrifas que el Batallador apenas tomó posesión de Zaragoza quiso echar una siesta en los aposentos del depuesto gobernador musulmán, en la llamada Zuda, y que en preguntándole sus caballeros si su majestad no deseaba echar otra cosa, negose, pues dedicado desde doncel a las armas el rey no gozaba de más pasiones que las de la guerra contra el moro.

Si eso sucedía en 1118, 60 años más tarde su sobrino-nieto y a la postre sucesor, Alfonso II, entregó a la orden de los Hospitalarios parte de aquella fortaleza levantada sobre el vértice de la muralla romana, a la que los monjes cristianizaron erigiendo un templo dedicado a la Virgen y a San Juan Bautista, el “de los panetes” entre el vulgo, por los panecillos que repartían de su horno. La iglesia fue sustituida en 1725 por la que conocemos.

En 1835 se dictaminó que eran aquellos demasiados aposentos para tan pocos religiosos, debiendo los monjes abandonarlos para que el Estado les sacase mejor rendimiento. Tan audaz medida no funcionó y pasados los años el inmueble fue devuelto al Castellán de Amposta, máxima autoridad de los hospitalarios, ostentada en ese momento por el infante Francisco de Paula, quien en 1857 cedió el convento a la orden que la Vizcondesa de Jorbalán, más conocida como Madre Sacramento, había fundado un año antes, las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad. El que las “adoratrices esclavas” se dedicasen a reformar mujeres descarriadas, no deja de ser inquietante.

La plaza de Huesca en vísperas de las demoliciones, con el arco que fuera del convento. A la izquierda, el garaje de Buil. Ca. 1931. Marín Chivite. Archivo Heraldo de Aragón

Levantado sobre uno de los cubos del muro romano, destacaba del conjunto un torreón, quizá en origen mudéjar pero ya en su aspecto renacentista. Se trataba en realidad de dos torreones, pues al primitivo, recrecido un piso, se le había adosado por su flanco oriental una construcción tardía, dándole al conjunto un aspecto irregular. En 1885 el arquitecto Fernando de Yarza eliminó los añadidos devolviéndole la planta cuadrada al original. Y si bien las adoratrices quisieron derribarlo por completo, fue impedido por la Comisión de Monumentos. En 1910, incapaz de asumir la reparación de la totalidad del conjunto conventual la orden optó por marchar y abrir casa en Hernán Cortés. El torreón de la Zuda que vemos hoy es resultado de dicha restauración de Yarza más otras habidas entre 1945 y 2001.

Calle de Antonio Pérez. 1889. J. Levi. Archivo Roger-Viollet

Tan histórico inmueble volvió a titularidad pública en 1865, tras la muerte del Infante. A estas alturas al palacio original se le habían adherido una veintena de edificaciones parásitas. Las de su lado Oeste apoyadas en la antigua muralla de la ciudad, dando sus fachadas a la calle de Antonio Pérez, antes de la Tripería, que conducía a la puerta homónima, por donde desaguaban al Ebro los desperdicios del mercado. Inaugurado el Nuevo Mercado en 1903, la puerta desapareció.

El otro flanco del convento llegaba hasta la denominada calle de la Zuda, de trazado similar al de la actual Salduba. Las calles de la Zuda, la Regla, Agustinos y del Fin enmarcaban una manzana de la que hablaremos en el párrafo siguiente. A la del Fin daba la trasera de los “Grandes Almacenes del Pilar”, propiedad de Pedro Cativiela. Su fachada estaría más o menos a la altura de la salida peatonal del parquin de juzgados, en la plaza del Pilar.

Ese era el estado de las cosas en el arranque del XX, estresada la provinciana Zaragoza por los cuasi infinitos retoques que la cambiarían desde las alpargatas al moño para hacer de ella una capitalina.

De 1916 era el proyecto de unificar las plazas de la Seo, el Pilar y San Juan de los Panetes. A tal fin se echaron abajo los inmuebles de la manzana antes mencionada, situada en dicho eje, mas como tal unión tardó décadas a llevarse a efecto, sobre la enrona nació otra plaza, efímera, limítrofe con las casas pegadas al convento y bautizada como de Huesca. Desde ella, atravesando un portón antaño perteneciente al cenobio se accedía a la iglesia, cuya portada, la misma de hoy, estaba entonces a ras de suelo. A quien le extrañe la existencia de la moderna escalinata provéase de un altímetro y compare esta cota con la de la fachada de la Seo. La tierra que falta, con lo que contuviese, búsquela por ahí.

Fachada de San Juan de los Panetes. A la derecha, asoma un vértice del convento, todavía en pie. 1930. Juan Mora Insa. Archivo Juan Mora. Archivo Municipal de Zaragoza

Si para el pueblo llano era aquella una barriada humilde, la intelectualidad conocía su importancia histórica. A principios de 1929 el alcalde Luis Allué prometía recuperar alguna de las antiguas salas del palacio y celebrar en ellas cada enero la reconquista. Por contra su sucesor, Jorge Jordana, calificó todo aquello como “ruinas” que eliminar en pos de modernos planteamientos. Es curioso el que en julio de 1930 las actas municipales mencionen la construcción de un edificio en los corrales del nº 1 de la plaza de Huesca. La finca, destinada a garaje, era propiedad de Melchor Buil, titular de la línea de autobuses de Garrapinillos. Alegaba Buil que sus cocheras eran compatibles con la futura “estación de autobuses”, uno de los muchos proyectos asignables a la zona. La inconcreción no fue óbice para que en 1931, sin haber llegado a un acuerdo sobre qué hacer con el torreón y la iglesia, se iniciasen las demoliciones del convento y sus aledaños.

Vista del lado Oeste del torreón. 1930. Juan Mora Insa. Archivo Juan Mora. Archivo Municipal de Zaragoza

En mayo, en un artículo publicado en La Voz de Aragón Narciso Hidalgo relata el desescombro del pasillo entre el torreón y el templo, lo que perduró como glorieta de Pío XII. Hidalgo en su crónica defiende la conservación de ambos edificios, inquietud justificada cuando en julio, siendo alcalde Sebastián Banzo, el concejal Simón Carceller presentó una moción proponiendo demoler la iglesia y el torreón comunicando la plaza de Huesca con la calle de Antonio Pérez. Le acompañaban vecinos de esta última, quejosos porque desde la desaparición del convento sus patios traseros habían quedado desprotegidos. No tardó Eduardo Cativiela, presidente del SIPA y sobrino del Cativiela antes mencionado, en recordar en un nuevo artículo, también en la Voz de Aragón, los irreparables derribos de la Torre Nueva y el palacio Zaporta. Del SIPA parte la idea de crear un Museo de Historia en el templo desacralizado, en tanto del subsuelo surgían maravillas como el “mosaico de Orfeo”, bajo el nº 1 de la calle de la Zuda, además de aparecer en cada casa derribada bloques pertenecientes a la muralla.

Torreón y traseras de la calle Antonio Pérez tras el derribo del convento. Ca. 1931. Juan Mora Insa. Archivo Juan Mora. Archivo Municipal de Zaragoza

Hacía una docena de años que hallándose en obras el convento de las Canonesas, en las Tenerías, el arquitecto Luis de la Figuera había dado a tres metros de profundidad con los primitivos sillares de la muralla imperial, de mucha más envergadura que los medievales. De la Figuera propuso al Ministerio de Instrucción Pública la creación de un espacio visitable mediante unas escaleras que descendiesen desde la ribera. Aun aprobado en 1931, el espacio nunca llegó a ser de acceso público. A cambio, en 1935 el emergente tramo de muralla de la Zuda fue declarado monumento nacional, junto al torreón y San Juan de los Panetes, lo que no evitó que en el Ayuntamiento continuasen solapándose los planes, abundando las quejas de decorosos ciudadanos denunciando que las ruinas, amén de propiciar la delincuencia, servían a las parejas para ilegítimos encuentros. El sitio, hay que admitirlo, era estupendo.

Al margen de la cambiante política municipal, la coyuntura internacional derivó en graves choques sociales y a finales de 1933 un grupo de huelguistas incendió la iglesia de San Juan de los Panetes, con todas sus repercusiones. Desde 1936, y más aún finalizada la guerra, las actuaciones sobre el patrimonio seguirán las pautas marcadas por el nacional-catolicismo. Así, se le quitó la calle a Antonio Pérez. Obvio que era un rojo.

Panorámica de la nueva plaza, el monumento a los Caídos estancado en su primera fase y las escalinatas de la iglesia por hacer. Ca. 1952. Postal de Ediciones García Garrabella

Si en 1935 el alcalde López de Gera había calificado de error la declaración de monumento nacional de San Juan de los Panetes, e inviable su reparación, sorprende el que en 1937 Regino Borobio incluyese templo y torreón en su proyecto de una avenida que uniese al fin las catedrales, plan que obligaba a arramblar con todo lo que estorbase, como los antiguos almacenes de Cativiela, en los últimos tiempos clínica Palomar. En los flancos de la grandiosa explanada los hermanos Borobio proyectaron en 1939 la “Hospedería”, y en 1941 la tienda “la Milagrosa”, incorporándole a ésta la portada del Palacio de Sora, rescatada años atrás de los derribos de la calle de Santo Dominguito.

Por primera vez en la Historia, desde la Zuda se pudo ver la Seo, y viceversa. Hasta que en 1942 salió a concurso el monumento a los “caídos en la Gloriosa Cruzada”. Debieron de liarse con los bocetos, pues mediaron casi diez años entre el inicio y el remate de la enorme cruz. Tras el monumento, en la plaza creada junto a los Panetes se estudiaría el emplazamiento de la estatua del Augusto de Prima Porta regalada en 1940 por un exultante Mussolini.

Aspecto de las murallas. Al fondo pervive “La Pasarela”, desmontada en 1964. Ca. 1960. Foto Coyne. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

En 1945, se construyó adosada a la iglesia la residencia de las Misioneras Eucarísticas de Nazareth. También de esos años es el edificio de viviendas Salduba 5, el único del sector en el que sus habitantes pagaron para vivir.

En 1950, partiendo de las hiladas de sillares descubiertas se recrearon tres cubos de la antigua muralla, llenando los huecos con los bloques dispersos. Por delante el resultado era bastante convincente, por la parte de atrás, quizá temiendo un mal efecto las piedras se ocultaron tras un muro. Sobre éste, cual un palomo se posó la citada estatua de Augusto, dominando la calle resultante, que vino a denominarse “Murallas Romanas”, pues no había tiempo para brainstormings. La tapia se sustituyó por setos a finales de la década y en 1965 se apeó de allí al César al ofrecérsele un puesto en el zaguán del recién estrenado ayuntamiento, donde permaneció 30 años.

No se dijo entonces, pero sí ahora, que la muralla más que romana podía ser árabe, un secreto sabido sólo por Octavio Augusto y un puñado de inoportunos eruditos.

Glorieta de Pío XII. Al fondo, los edificios frente al Mercado Central serán derribados en breve. Ca. 1960. Foto Coyne. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza

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