Desde la torre de la Seo se aprecia, en primer plano, el caserío del antiguo barrio del Mesón del Obispo. Ca. 1900. Colección Manuel Ordóñez

No es muy habitual entre los zaragozanos haber oído hablar de este desaparecido barrio de nombre antiguo tan curioso, del Mesón del Obispo de Tarazona, ubicado entre las plazas del Pilar y de la Seo y que pertenecía al Cuartel (o Distrito) del Pilar. Hace poco más de ochenta años que desaparecieron varias de sus angostas callejas bajo la ineludible acción de la piqueta para constituir el gran salón urbano que quisieron llamar “Avenida de las Catedrales”, y que el vulgo se empecinó en seguir llamando “plaza del Pilar”. Sin más.

Al proyecto de unión de los dos espacios catedralicios que venía gestándose en ámbitos municipales y eclesiásticos desde los primeros años del siglo XX, se uniría la vieja aspiración, reafirmada al final de la guerra, de dar continuidad al Paseo de la Independencia hasta la propia plaza del Pilar. Una desconcertante placa en la esquina norte del actual Gobierno Civil quiso atestiguarlo durante algún tiempo. Afortunadamente esta idea, que hubiera hecho desaparecer una ingente cantidad de edificios históricos, entre la plaza de España y la del Pilar, no se llevó a cabo.

Pero las expectativas creadas por magnificar un gran conjunto urbano, preparado para acoger las manifestaciones populares (entendiéndose como tales, de índole patriótica) y religiosas, provocarían en el antiguo barrio la eliminación de su caserío viejo, levantado a finales del XVIII y durante todo el XIX, compuesto ya de por sí de edificios de escasa calidad y mínimo valor artístico. Decenas de inmuebles de desigual altura, de poca fachada y bastante fondo, algunos de ellos recrecidos con nuevas plantas, se apiñaban apoyando mutuamente sus paredes maestras sobre parcelas de irregulares formas. La mayoría de las veces pequeñas lunas (patios) proveían de luz y ventilación a las viviendas interiores. En definitiva, un conjunto totalmente caótico de ventanas y balconcillos, tejados, áticos y chimeneas.

Tampoco ofrecían sus calles mejor aspecto. Eran estrechas, sin alinear sus fachadas, con calzadas pobremente adoquinadas, de pisos irregulares y bordillos de piedra de Calatorao, que brillaban de tan pulidos por el uso como estaban. Al zaragozano de entonces, como le pasaría al de ahora, no debía sorprenderle el desinterés mostrado por el ayuntamiento en conservar el lugar, por muy histórico que este fuera. Dejémonos llevar por un pálpito romántico sacando del baúl de los recuerdos parte de la historia de este barrio del Mesón del Obispo. Considerémoslo una suerte de homenaje a un olvidado espacio urbano que quedaría literalmente borrado del mapa en los afanes de configurar la impresionante Plaza del Pilar.

Trazado en color rojo de los límites del barrio, en 1861, con las calles tituladas en la época. Detalle del plano geométrico de José de Yarza Miñana custodiado en el Archivo Municipal de Zaragoza

Con los siguientes términos refiere la archiconocida Guía de Zaragoza de 1860, editada por Vicente Andrés, dicho Barrio del Mesón del Obispo: “Principia en la plaza de La Seo y calle de la Cuchillería sobre la derecha hasta la Virgen del Rosario; vuelve por la calle Mayor a la mano derecha hasta la entrada de la callejuela de la Leche; continúa por esta y bajada de los Navarros a la plaza del Pilar; sigue por dicha plaza sobre la derecha a la calle de este nombre por ambas aceras hasta la plaza de la Seo y casas del Ayuntamiento y comprende las callejuelas de la Yedra y Talamantes, calle de la Coma que va a las gradas de la plaza del Pilar, calle de Santiago, y calle del Mesón del Obispo, con inclusión del Arco de los Cartujos, calle de la Cruz, y callejuelas del Horno, de la Caraza y de los Corporales”.

De todas ellas, paradójicamente, la que dio título al barrio, la antigua “costanilla” del Mesón del Obispo, no era con mucho la principal de todas, habida cuenta de su estrechez, acusada pendiente y falta de linealidad. Debía su nombre al del establecimiento de hospedaje y comidas en ella ubicada en tiempos remotos y que, posteriormente, se le denominó como Fonda de la Cruz de Malta. A los menesteres propios de todo mesón, o fonda, se añadía el de la venta de tocino, aceite y vino cosechero, y la posible prestación de algunos otros “servicios” que quizá no fueran tan confesables. Estas actividades eran habituales en este tipo de lugares donde, a la sombra de sus negocios, se reunía parroquia de toda condición y pelaje. Para constatarlo basta fijarse en un pequeño anuncio publicado en el Diario de Zaragoza de 1800 y que rezaba así: “… en el Mesón del Obispo se necesitan dos criadas, la una en clase de Doncella y la otra para todo tráfago (sic)”. Cada cual que lo interprete como quiera.

Arco de los Cartujos, calle Bayeu, en su cruce con la de Santiago. Al fondo la calle de Espoz y Mina (antigua calle Mayor). Ca. 1940. Fotografía de Juan Mora Insa. Archivo Municipal de Zaragoza

Otros lugares, curiosos y pintorescos de la zona, eran el Arco de los Cartujos y las “Escalericas del Pilar”. El primero era un pequeño paso a través de los edificios en forma de arco apuntado que permitía el ingreso a la calle que llevaba su nombre. Algunos cronistas explican su toponimia en el acceso que por él se hacía a una antigua residencia que la orden de San Bruno tenía en la ciudad. Las “escalericas”, en la vieja calle de La Coma, salvaban el desnivel con la plaza del Pilar estableciendo una suerte de terraza en el tramo que aquella se adentraba en la plaza en cuyo hueco inferior se establecían vendedores de artículos de mimbre y anea, cestos, capazos, sillas…

Llegados a este punto conviene recordar que la mayoría de estos primitivos nombres habían sido sustituidos en 1863 por otros que nombraban a personajes ilustres para la ciudad. Así, se renombraron como calle de D. Jaime I, a la antigua de Cuchillería; calle de Bayeu, a la unión de las calles de Santa Cruz, del Mesón del Obispo y del Arco de los Cartujos; último tramo de Alfonso I, en el lugar de la Bajada de los Navarros; y de Goicoechea, que sustituiría a las de los Corporales y La Caraza. Por último, a la calle de La Coma se la titularía como de Forment.

Como en el resto del cuartel del Pilar y en otras calles céntricas y principales, hasta la segunda mitad del siglo XIX, era común que casonas y palacios singulares fueran ocupadas bien por la nobleza aragonesa bien por ciertas familias aristocráticas. Entre las primeras se podría nombrar la casa de los Maynar, en la calle de Santiago; de los Gastón y del Conde de Belchite, ambas en la de D. Jaime I y, especialmente, la del Marqués de Ayerbe en la calle del Pilar. Importante esta última por ser casa de nacimiento del último marqués de Ayerbe (y de Lierta) nacido aragonés, D. Juan María Nepomuceno Jordán de Urriés. A pesar de ostentar tan alto título su morador, la entrada principal de su casa por la estrecha calle del Pilar era de pocas pretensiones, ganándole en empaque su fachada trasera al jardín, en el Paseo del Ebro. Bien entrado el nuevo siglo, su propietario cedió parte del edificio a la Residencia de las Hermanas Angélicas alquilando también algunos de sus bajos como comercio.

Fachada principal del palacio del Marqués de Ayerbe, en la calle del Pilar. Ca. 1940. Fotografía de Juan Mora Insa. Archivo Municipal de Zaragoza

Entre las familias aristocráticas se podrían referir la de los Goicoechea (en la calle renombrada con este ilustre apellido); y la de los Castillo, en la calle Bayeu, o vieja del Mesón del Obispo. Competía ésta última casa con la del Marqués de Ayerbe en la celebración de distinguidas reuniones y cotillones con baile a los que acudían linajudas familias como las de Bureta, La Linde, Sobradiel, Lazán, Nibbiano, de la Menglada… Entre tales acontecimientos sociales eran de mucho hablar que algún “libertino”, en connivencia con la orquesta, hiciera que sonaran los atrevidos valses, en los que era necesario pasar el brazo por la cintura de las damas, en lugar del rigodón, baile más casto y oportuno para su práctica entre señoritas casaderas.

Aunque, a la vista de lo anterior pueda parecer que no, podríamos considerar, el del Mesón del Obispo, un barrio “interclasista”. Entre sus moradores había gentes de todas las clases sociales, alternando armónicamente nobles y aristócratas con la clase media e incluso baja y jornaleros. Tal circunstancia determinó la presencia en el mismo de establecimientos de todo tipo, ya fueran de albergue, como comerciales, bodegas, almacenes y, en un momento dado, un importante centro docente. De esto y de cómo vivían, y festejaban, sus habitantes hablaremos en una próxima entrega.

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