Vista desde la torre de Santiago de la catedral de Nuestra Señora del Pilar. Entorno de las calles del Pilar y Forment. Ca. 1903. Archivo María Pilar Bernad Arilla

Comentábamos en una anterior entrega la idiosincrasia de este antiguo y desconocido barrio del Mesón del Obispo que, recordemos brevemente, se situaba entre las catedrales del Pilar y de la Seo, en el llamado Distrito del Pilar. También decíamos de lo curioso que resultaba comprobar cómo, en sus estrechas calles, habitaban familias aristocráticas y de clase alta con tenderos y gentes de condición humilde. Y, a raíz de esto, la expectación que generaban las ocasionales fiestas y banquetes que algunos de sus distinguidos habitantes, como los marqueses de Ayerbe-Lierta, los señores Castillo…, ofrecían en sus palacios y casonas familiares.

Contrastaban con estas celebraciones de tan alta alcurnia otras de carácter más popular, siempre con el trasfondo de una festividad religiosa, que daban especial vida y ambiente al barrio. Tales serían la solemne festividad del Corpus y, especialmente, la fiesta-procesión de Santa Ana del 26 de julio, celebrada desde tiempo inmemorial en el entorno de la plaza del Pilar. Esta santa, madre de la Virgen, era especialmente venerada en el barrio, por cuyas calles principales discurría buena parte de su procesión. Constituía una manifestación pública de fe de las gentes del Pilar, de Altabás y Tenerías (por entonces jornaleros agrarios su mayoría) para que, por intercesión de la santa, cayeran esas lluvias que acabaran con la pertinaz sequía que agostaba el campo, o bien se esconjuraran las tormentas de piedra que podrían arruinar cosechas y familias. A tales fines se portaba en andas un bellísimo busto-relicario de plata (autentificado por el mismísimo Papa Borgia, Alejandro VI), obra del orfebre Castelnou, profusamente adornado de flores y faroles que representaba a la santa en cuyas piernas sentaba a su hija, la Virgen, y esta a su vez en su regazo al niño Jesús. A este tipo de representación se le conoce como “Santa Ana triple” o “Santa Generación”. En el conjunto, ricamente alhajado, debía figurar, colgado de la mano de la Virgen, el mejor y más grande racimo de uvas que pudiera recogerse en la fértil vega de la ciudad.

A la temprana hora de las 7:00 de la mañana salía la procesión de la basílica del Pilar, encabezando su marcha en ocasiones los omnipresentes gigantes y cabezudos, seguidos de los regentes municipales con acompañamiento de clarines y timbales. Seguidamente se encaminaba por la carrera del Pilar, Mesón del Obispo y Arco de los Cartujos hasta lo que entonces seguía denominándose calle Mayor (hoy Espoz y Mina) para discurrir por la zona oeste del distrito y volver al templo. Todos los vecinos, con sus mejores galas, salían a la calle o se asomaban a sus balcones para presenciar el festivo acontecimiento. Finalizada la procesión, y escuchada la predicación se obsequiaba a los fieles concurrentes a pan con jamón y tomate y a cestillos de higos, de los que se daba buena cuenta en la misma plaza del Pilar. Por tal circunstancia, era llamada popularmente como la “procesión de los almuerzos”, o “de los higos”. La segunda mitad del XIX dado el progresivo abandono de la huerta por parte de los vecinos, que fueron ocupándose en el emergente sector industrial, pudo traer como consecuencia la desaparición de tan simpática tradición procesional y festiva.

Busto-relicario procesional de Santa Ana, en el centro de la imagen, que se exponía, junto a otros, durante las liturgias importantes en las gradas del altar mayor del Pilar. Detalle de la fotografía de Juan Mora Insa. Ca. 1920. Archivo Mollat-Moya

Volviendo al caserío propio del barrio, además de las casas, fueran señoriales o más humildes, era muy común encontrar en todo el distrito del Pilar abundantes mesones y posadas que se ocupaban de aliviar las necesidades y dar acomodo a forasteros. Aparte del ya reseñado Mesón del Obispo, que dio nombre al barrio, se tenían las posadas de Santa Ana, de los Navarros, del Pilar y de los Reyes. Estas últimas, sitas en la calle del Pilar y Paseo del Ebro, serían las más afamadas. En general todas fueron muy concurridas por todo tipo de viajeros y visitantes hasta la segunda mitad del XIX, tiempo de cambio a la ciudad burguesa con la llegada del ferrocarril, la apertura de la calle Alfonso I y otros hitos, en que fueron apareciendo establecimientos más modernos: hoteles y restaurants (Cuatro Naciones, Europa…). En estos nuevos negocios se hospedaría la clientela fina que, aunque reticentes, antes lo habían hecho en las viejas posadas y mesones, que siguieron dando albergue y manutención a arrieros y semovientes.

A la par de todo esto, hacia 1874, el entorno se rejuvenecería con la aparición, siempre alegre, de escolares. Hacemos así referencia a la ocupación sucesiva de varias parcelas, entre las calles de Bayeu y Goicoechea, por parte de las RR.MM. Mercedarias (a veces incomprensiblemente denominadas “mercenarias”), que se establecieron en el lugar gracias al apoyo del ayuntamiento y al patronazgo de algunas personas potentadas encabezadas por la entonces Marquesa-viuda de Ayerbe. Apenas transcurridos siete años de su llegada a Zaragoza, la congregación, cuya tarea fundamental era la enseñanza a las niñas pobres, tuvo que trasladarse de sus iniciales, y limitadas, ubicaciones, a la antigua casona de la familia Castillo en la calle de Bayeu, que compraron a los herederos. Hubieron de invertir mucho dinero en su acondicionamiento para acoger al número de alumnas que lo demandaban. Entre estas había párvulas, externas vigiladas, medio pensionistas y pensionistas, siendo estas últimas (casi las tres cuartas partes del total) quienes recibían la educación gratuitamente.

Interior de la iglesia de la Merced, perteneciente al convento-colegio de las Mercedarias, poco antes de su demolición. Ca. 1940. Archivo de la orden

El conjunto de colegio y convento llegó a ocupar una buena superficie del mismo corazón del barrio, tal era la envergadura de las distintas obras, cuyas ampliaciones fueron financiadas gracias a las donaciones de particulares y a la asignación de 4.000 reales anuales que el municipio les otorgaba. En 1886, tras alguna fatalidad y muchas penalidades económicas durante su fábrica, pudieron inaugurar su iglesia. Exteriormente su aspecto definitivo no llegó a ser el que proyectó Félix Navarro para la misma, pero eso no fue óbice para que con el tiempo fuera muy concurrida por los fieles de la zona. Esta popularidad motivó la decisión del Cabildo de que, durante las obras de consolidación de la estructura del Pilar de los años 30 y 40 del pasado siglo, la capilla de “Las Mercedarias” fuera considerada como templo parroquial del Pilar sustituyendo oficialmente a éste en los ritos funerarios.

Alrededor del convento-colegio de la Merced, ya entrados en el siglo XX nos encontramos una zona consolidada, con un sinfín de negocios y almacenes establecidos en los locales bajos de las casas de vecindad. Muchos de ellos tan bajos, por cierto, que su solera se situaba bajo el nivel de la calle debiendo bajarse pequeños tramos de escalera para acceder a los mismos. De todas las calles que componían el barrio era la del Pilar, muy transitada por ser acceso habitual a la plaza homónima, la más importante. En nada podía envidiar comercialmente a otras calles como la de Cerdán, Escuelas Pías, Méndez Núñez o Mayor. Se contaban por decenas los establecimientos que aquella albergaba en sus apenas 140 metros de longitud. A la popularísima Panadería del Pilar, con la que el peatón se topaba recién entraba por la Lonja, se le sumaba un gran número de tiendas de comestibles, como pudieron ser Casa Sarto y la cooperativa de Pantaleón Delatas, esta última ocupando parte del palacio del Marqués de Ayerbe; la pescadería de Antonio Mareca y algunas carnicerías y tocinerías, como la de Agustín Serrano. Otros establecimientos anunciaban la venta de productos “Coloniales” o, mejor dicho, “Ultramarinos”, tal era el caso de las tiendas de Mariano Félez y Leoncio Padules.

Libros y objetos de escritorio podían encontrarse en Casa de Andrés Uriarte, impresor, y en la de los Hermanos Comas. Entre los comercios textiles abrían sus puertas Telas Velilla y Martín, el almacén de ropas hechas de Niceto Iriarte y mercerías como la de Calixto Soria. Estos últimos como alternativa más asequible a la del sastre que “recibía” en su domicilio. ¡Y cómo podrían faltar las tabernas, lugares de socialización de los vecinos y visitantes! Ahí estaban las más concurridas de Bernardo Lorente y, frente a ésta, la de José Gracia; otra había en Goicoechea, frecuentada por estudiantes de Derecho. los cuales, alrededor de un enorme brasero, asaban los “guardiaciviles” que se vendían en tambores de madera, comiéndolos después sobre una tostada de pan.

Los gremios y almacenistas radicarían sus negocios también en las de Bayeu y de Goicoechea, encontrándose los Aceites y Vinagres de Morlanes y Cisterac, las Bodegas de Tomás Satué y de Domingo Muro. Despachos de leche, seguramente recién ordeñada, ebanistas y carpinteros, guarnicioneros, cesteros… Puede llegarse a percibir “olfativamente” el ambiente de estas calles con el trajín de los vinos, vinagres, aceites y maderas.

Entrada por D. Jaime I a la calle del Pilar. A la derecha la fachada sur de la Lonja. Ca. 1932. Archivo de Daniel Arbonés Villacampa

En la de Santiago, por último, proliferaban casas de huéspedes y alquiler de habitación, negocios asociados a inmuebles de familias notables.

Si bien mantuvieron de alguna forma el atractivo comercial, las preferencias de los ciudadanos en el discurrir del siglo XX por otros lugares de mayor prestancia hicieron que esas viejas callejuelas, al igual que las del entorno de San Juan de los Panetes, fueran degradándose. La escasa atención que las autoridades dieron al mantenimiento de estos rincones derivó en un progresivo abandono de inmuebles, ruinas y derribos que sembraron la zona de solares vacíos y en un deterioro en lo social que acabó con el comercio y condenó la barriada a una espiral sin futuro.

Tras la Guerra Civil las nuevas autoridades decidieron llevar a cabo el gran proyecto de altar patrio en el que se conjugaría el poder político y el religioso. A tal fin, en el inicio de los años 40, comenzaron las demoliciones de toda aquella manzana (de cien casas se hablaba en la prensa) a que obligaban los planes. De esta manera, Zaragoza perdió una parte de su historia más castiza, que quedaría relegada al recuerdo de unos pocos nostálgicos. Por el contrario, apareció un inmenso espacio enmarcado por nuevos y flamantes edificios, como correspondía a la modernidad que la ciudad exigía: el Gobierno Civil (1954) y el nuevo Ayuntamiento, que finalizó su construcción en torno a 1965. Entre ambos, poco después, fue erigido el conjunto monumental de Goya, obra del escultor Federico Marés y que se sitúa en el mismo corazón del antiguo barrio junto al Palacio Arzobispal-Seminario Conciliar y bajo la sombra del Pilar y de la Seo.

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