Paseo de Pamplona. Gerardo Sancho Ramo. 1962. AMZ 4-1-09748

El señor bajaba con un termo. Un termo a cuadros. El coche, un SEAT 1400 de aquellos de formas redondeadas, como si el vehículo tuviese sobrepeso, estaba aparcado siempre en el solar vacío que había al fondo de la calle, un cuadrilátero de tierra lindante con la acequia, ramal de la del Ontonar.

De mayor supe que verter agua hirviendo con el objetivo de deshacer el hielo del parabrisas puede hacerlo estallar. El parabrisas del rechoncho SEAT desobedeció a las leyes de la termodinámica y nunca estalló. Tal posibilidad hubiese multiplicado el interés de los críos que nos deteníamos a observar cómo la capa de hielo desaparecía bajo el chorro de agua caliente. Con el motor encendido desde hacía quince minutos el coche se rodeaba de una nube blanca, hasta que una vez obtenido un mínimo agujero por el que ver el conductor arrancaba y sin despedirse de su público giraba por la avenida de San José hacia abajo. Entonces se podía.

De cualquier modo y como era de prever, a los nueve años la lección de física aplicada terminó por aburrirnos. En la semana previa a las vacaciones de Navidad el buen señor ya había dejado de tener espectadores en su lucha cuasi esquimal contra el hielo. Ignoro si para el invierno siguiente había cambiado de coche. Nosotros sobrepasábamos los diez, edad a la que has adquirido algún criterio acerca de lo asombroso y lo vulgar. Además, el recuadro de tierra estaba vallado y en obras. Al año siguiente un cartel anunciaba pisos, y al otro para esas fechas un vecino recién llegado colgó del ático una estrella de bombillitas blancas que se alternaban con azules. Una maravilla que asemejó mi calle al Strip de Las Vegas.

El invierno del que hablo es uno en particular, elegido al azar entre media docena de aquellos en los que se helaban los charcos, los guardias vestían un largo abrigo de paño azul oscuro y los colegiales regresábamos a casa con las orejas rojas.

Dicho sea de paso, en las películas y series los niños americanos llevan orejeras, pero en mi barrio ello hubiese supuesto una paliza y el destierro. Y por supuesto que Zaragoza no era Moscú, pero mi madre, que nada tenía de soviética, retiraba del tendedor pantalones tiesos que se sostenían de pie en mitad de la cocina.

Plaza de Aragón. Gerardo Sancho Ramo. 1978. AMZ 4-1-95575

Una diferencia sustancial con aquel entonces son las ventanillas del autobús. No sé de qué las hacían antes ni de qué ahora, que no se empañan. Puede que dependa del domicilio financiero de la empresa, ayer en Miguel Servet y hoy en México DF. O será que los pasajeros del año 2022 generamos menos vaho porque respiramos menos de lo que respiraban los de 1970. Podría ser también que los pasajeros de hoy siquiera respiremos. No descartemos esa posibilidad.

El caso es que en los vidrios de aquellos autobuses yo dibujaba con la punta del dedo soles, senderos y montañas, a la vez que desenfocadas por el empañamiento observaba las guirnaldas, que silueteando abetos tendidas de uno a otro lado del paseo de la Independencia, a las que se les sumaban unas estrellas gigantes e intermitentes pegadas a la acristalada fachada azul de SEPU.

Los mayores le decían “el SEPU nuevo”. Para mí era el “SEPU normal”, el SEPU de toda la vida donde trabajaba Maricarmen, amiga de mis padres que en la sección de perfumería vendía sombras y pintalabios a las chicas yeyé. Maricarmen una nochebuena me regaló una armónica con la que jamás conseguí tocar otra cosa que no fuese la melodía de “Los Tres Cerditos”. Exageran con la dificultad del cello o el órgano de tubos. Pamplinas. Ningún instrumento requiere más virtuosismo que la armónica. A Bob Dylan el Nobel se lo dieron por eso. Espera un poco, no se lo den a Amaral.

Pero insisto en el frío, que me voy del tema. En Nochebuena cenábamos en casa de unos tíos, en Santa Isabel. Como eran muchos de familia vivían en un piso descomunal al que sólo pegándole fuego hubiesen subido dos grados. Cierto es que con tantos como éramos en el comedor el frio no se notaba, pero yendo al servicio, en el pasillo bien podías toparte con un oso blanco o con un reno.

Se hubiese tratado, dejémoslo claro, de un reno anónimo. En España coincidir en el ascensor con Papa Noel todavía despertaba recelos. No llegábamos a explicarnos qué extraño vínculo unía a un anciano noruego con un piadoso matrimonio residente en Judea, ni estábamos al corriente de que los renos estaban fijos en plantilla y tenían nombre propio, asunto que pertenece al mismo ámbito que lo de las orejeras. No obstante he de decir que mi tía Pilarín, mujer soltera y cosmopolita, realizó los trámites oportunos ante el consulado de los EEUU para que Santa Claus, haciendo una excepción, dejase a un lado su desdén hacia España y se detuviese unos minutos en su casa. Nada empático con sus colegas de Oriente, efectuaba su entrega semana y media antes que ellos. No era necesario ser ingeniero aeronáutico para entender que la velocidad de crucero de un reno triplicaba a la de un camello.

Puerta del Carmen. Gerardo Sancho Ramo. 1978. AMZ 4-1-95577

Volviendo al frío, en aquellas cenas de Navidad —supongo que en todas las del mundo— siempre o casi siempre había dos abuelas. Ninguna, por desgracia, era la mía, por ser ésta habitante del otro hemisferio, dato que aprovecho para recordar a los moradores del Norte que en el Sur hay otro. Si aun siéndome ajenas cito a las abuelas es porque para halagarlas se les arrimaba la estufa. ¡Y qué estufa! Una de aquellas Superser, cromadas como una Harley Davison, a la que alguien había pegado una tira de espumillón dándole cierto aspecto de cupletista.

Al hilo de lo anterior, recordemos que por aquellos años traumatizar o no a los niños preocupaba menos. Los mayores se complacían en relatarnos historias como aquella en la que cierto niño irresponsable jugando con la estufa de butano acabó con su familia al completo, incluyendo, tías, dos cuñados y el perro pequinés. Había otro cuento, con igual o peor desenlace, en el que lo que explotaba era la pantalla del televisor.

Y es que antes eran infinitas las cosas susceptibles de estallar o de romperse por culpa de los niños, que vivíamos bajo la prohibición de tocar un 98% de los objetos que nos rodeaban. Te decían “nene no toques eso, que se rompe”, así se tratase de un busto de bronce del Generalísimo. Hoy puedes ver a un bebé de 10 meses jugueteando con un móvil de 800 eurazos sin generar estrés en los padres. Hemos progresado.

Retomando el tema de las bombonas, es obvio que en la actualidad los butaneros se mueven por pasadizos subterráneos. De ahí que los veamos poco en la superficie. En aquellos inviernos furgoneta y repartidor se anunciaban mediante el viril sistema de dejar caer las bombonas sobre la acera. El repartidor era un individuo que a dos grados bajo cero curraba en mangas de camisa, de ahí, deduzco, el mito erótico. No tardaba a oírse el grito de “¡Butanero, una al tercero!”, emitido por una señora en bata de “boatiné”.

No sé por qué razón en los pisos terceros se consumía más butano que el resto.

Plaza del Pilar. Gerardo Sancho Ramo. 1978. AMZ 4-1-95557

Similares señoras embozadas en similares batas eran tus potenciales clientes cuando vendías por las casas la lotería del colegio. Esas gélidas mañanas en las que quedabas con el Casajús o el Pallarés y recorrías la barriada piso a piso.

De suceder esto mismo en la actualidad encarcelarían a cientos de directores de centros de EGB bajo la acusación de utilizar a menores para su lucro, pero en las semanas previas a las navidades de aquellos tiempos las leyes eran más laxas y en cuenta de video-porteros las fincas las defendían señores analógicos y con mala uva.

¿Sois de La Salle, verdad? —Nos preguntaban las mujeres a la par que hurgaban en un monedero de esos que se cerraban con dos bolitas que hacían “clac”—. No lo éramos. Ni de la Salle de Montemolín ni de la de Gran Vía ni de la Wall Street, si es que la hay, pero acogiéndonos a la ética del libre mercado mentíamos sin titubear pensando en la merienda prometida a la clase que más lotería distribuyese, así como en el placer de aplastar a los chulos de 5º B. Mirabas pues a la señora con su bata de rombos poniendo la cara que suponías poseería un niño subalimentado. Y “se la metías”, frase que pronunciábamos desde la más estricta inocencia.

Puede que me invente determinadas cosas, pero aunque así fuese, juro que las que me invento no las exagero. A mí me han dicho que hable acerca del frío y en ello estoy. No es necesario militar en Greenpeace para saber que algo raro ha pasado con el clima. Tal vez la Península Ibérica se haya ido deslizando poco a poco hacia el trópico sin que los españoles nos hayamos percatado. El gobierno tampoco.

El asunto de la leche de los camellos es otra evidencia de tal cambio.

Debía tener un servidor unos seis años. Sin estar muy seguro de qué bebían los artiodáctilos, una noche de reyes a instancias de mi padre puse leche en un platito en el balcón. Mi madre aseguró que la leche se helaría. Y así fue. Crecido bajo el televisivo influjo de Rodríguez de la Fuente, a la mañana siguiente y antes de tomar posesión de la ambulancia teledirigida de Santi Rico (*) salí al balcón a comprobar si a las cabalgaduras reales les había complacido la leche. No teniéndolas todas conmigo, pues obviamente era de vaca y no de camella. A mis padres la maniobra les pilló desprevenidos y me quedé descolocado cuando contemplé el plato convertido en escarcha y tan lleno como lo había dejado. Paliaron mi disgusto explicándome que en los días anteriores todos los padres de España habían recibido una carta con instrucciones precisas de sus majestades. Entre otras cosas en ella se instaba a que los platitos de leche se dejasen tapados, a fin de evitar su congelación. Los míos ejercieron la autocrítica, admitiendo que habían desatendido tal consejo, lo cual no fue óbice para que informados de mi impecable conducta, los reyes depositasen igualmente los regalos. Como era una explicación absolutamente razonable la di por buena. Hasta hoy.

Fuente de la plaza de la Seo y del Parque Grande. Gerardo Sancho Ramo. 1963. AMZ 4-1-09911 y AMZ 4-1-14988

Años después nos mudamos de barrio. En el nuevo piso había radiadores, lo que no quitaba para que siguiese haciendo frío de camino al colegio, y si bien para entonces ya eran lícitos los gorros de lana, las orejeras nunca llegaron a imponerse.

Más de una vez se heló el lago del parque del Tío Jorge, propiciando que sobre su endurecida superficie los niños más osados hiciesen de las suyas, incluso yendo en bicicleta sobre el hielo.

Un siete de enero las bicis abundaron más de lo habitual al darse la circunstancia de que BH había sacado al mercado un modelo alucinante, con sillín largo, manillar alto y un grueso muelle que emulaba una suspensión. Eran llamadas pomposamente de “Cross” y los que las cabalgaban guardaban mucha similitud con Denis Hopper por la ruta 66.

El caso es que cuenta la leyenda que estando el lago helado el hielo se rompió, y un crio montado sobre su recién estrenada bici desapareció bajo la gruesa capa.

Respecto a lo que le pasó corrieron diferentes versiones que iban de lo siniestro a lo muy siniestro. Una de las más divulgadas, y por ende creíbles, fue que los bomberos dijeron a sus padres que habían de aguardar a que el lago se deshelase, cosa que dado que aquél invierno fue especialmente frío, sucedió pasado San Valero.

(*) “Teledirigido” quería decir unido por un cable al mando, donde estaban las pilas. Siempre de las más gordas y menos duraderas.

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