Coso y Conde de Aranda. Conrado Barlés. 1932. Colección José Luis Cintora

Nadie, Octavio Augusto quien menos, previó que el trazado de Caesaraugusta sería alterado hasta tal extremo. La urbe fundacional poco tenía que ver con la que mil y pico años después el depuesto gobernador musulmán entregó al rey Batallador; una grandiosa Saraqusta que abarcaba arrabales, hornos y huertas, inserta en un óvalo perimetrado por un muro de ladrillo y regada por un sinnúmero de acequias.

Sería en su mitad occidental, separada de la ciudad romana por la gran plaza rectangular que albergaría al mercado, donde el rey Pedro I mandó urbanizar con calles tiradas a cordel una nueva “población” en torno a la ermita que los cruzados franceses dedicaron a San Blas. En el extremo del nuevo barrio los llegados por los caminos de La Muela y Alagón accedían a la ciudad por el Portillo, abierto en el muro de rejola. Traspasado éste, la calle también llamada del Portillo se internaba ufana en la ciudad.

Sin embargo, dicha calle del Portillo no conducía a plaza o cruce importante alguno sino que desembocaba en otra aún más estrecha, la del Hospital, rebautizada en 1901 en honor a Ramón y Cajal. En ese punto tres irregulares manzanas estorbaban el paso a quienes pretendían llegar al Coso, obligándoles a hacer un incómodo requiebro. En una de ellas se hallaba desde 1740 el colegio de los P.P. Escolapios, de cuyo primitivo aspecto nos quedan sólo la iglesia y la fachada neoclásica contigua, alzadas en la estrechez de la desaparecida calle Escuelas Pías.

Para acceder al centro de la ciudad la “Guía Michelín” de 1910 recomendaba a los viajeros tomar la calle de La Democracia (Predicadores), o incluso la ribera del Ebro. La calle del Portillo siquiera aparece dibujada en el plano que la guía adjunta.

Así las cosas, darle una salida directa al Coso resultaba imprescindible.

«Vista general desde el Portillo» A la izquierda, la calle del Portillo. Jean Laurent y Cía. Ca. 1878. Colección José Luis Cintora

La idea, trazada ya en lápiz rojo en los planos de Yarza del XIX, no fue formalmente propuesta hasta 1913, durante la breve alcaldía de César Ballarín, de quien heredará el empeño su sucesor, García Burriel, alcalde tanto o más breve.

Implicado en una operación que conllevaría expropiaciones sin cuento, beneficiando a unos propietarios más que a otros y en todos los casos perjudicando a los inquilinos pobres, no resulta extraño que Burriel llegase sólo a concretar un primer tramo, hasta el cruce con Ramón y Cajal, segmento al que vino a llamársele Conde de Aranda.

Aun siendo corta, a la calle Conde de Aranda se le prometía un gran futuro. Ya en 1918 Miguel Ángel Navarro proyectó el edificio de su número 9, y en el número 1, entonces esquina con Azoque y hoy con César Augusto, se alzó en 1921 una construcción de tres plantas destinada a negocios y oficinas a la que el arquitecto Teodoro Ríos añadiría otras cuatro en 1935. En sus locales despachó durante décadas “Medias Ángel”. Medianero suyo, el número 3 (el de los atlantes) será un espectacular proyecto de Luis de la Figuera de 1923, con posteriores reformas de Albiñana y Borobio. Su contiguo y que completa esa media manzana hasta la calle de San Martín, es de 1930.

En lo que respecta a las Escuelas Pías, su actual aspecto es resultado de la profunda reforma realizada en 1916, proyecto, también de Navarro, que incrementó notablemente la planta del colegio “envolviendo” al antiguo con el moderno, conservando parte de su núcleo y dotándolo de la magnífica fachada que hoy vemos, con la excepción de algunos elementos extraviados en una reforma tardía.

El ensanche de la calle del Portillo quedó completado a mediados de los años 20 tras la desaparición de la totalidad de las edificaciones de la acera de los impares y la sustitución de buena parte de las de los pares. De ésta segunda sólo sobrevive, retranqueado, el número 28, quedando en la otra la fachada del 99, que escorada da lugar a una peculiar rinconada en el medianil de la agencia nº 1 de la Caja de Ahorros, vecina suya desde 1939.

Anuncios publicados en La Voz de Aragón. “La Pajarita” y Filera, 1929. “La Fama”, 1931

Aunque la intención del Ayuntamiento era poner a la calle resultante el nombre de García Burriel, en septiembre de 1931 los vecinos solicitaron que tuviese por única denominación Conde de Aranda, en oposición a las instituciones de talante conservador que un par de años atrás habían pretendido eliminar al conde del nomenclátor. José Salarrullana, alcalde tras Burriel, argumentó entonces que Aranda no fue sino “un gobernante de poca monta influido por las modernidades del enciclopedismo”, descalificación que no sirvió para expulsar al aludido del callejero.

En marzo de 1930 un informe, de nuevo firmado por Miguel Ángel Navarro, aquí como arquitecto municipal, calificaba de imposible la pretendida linealidad de Conde de Aranda con el Coso. Lo impedía el saliente que hacía la manzana frente a la Audiencia, entre las calles de Palomeque y Azoque. Era allí donde se situaba la “Farmacia Nueva”, de Ramón Puig, con salida a dos calles. Una de ellas, de exquisita estética modernista, daba a Azoque. La otra, abierta al Coso, había sido autorizada recientemente. 

En octubre de ese mismo año la Cámara de Comercio instaba al Ayuntamiento a poner en marcha un plan que incrementase los viales comerciales. En un escrito publicado en “La Voz de Aragón” afirmaba que la antigua calle del Portillo era “adecuada por atravesar una zona tan populosa”, pero concluía luego lamentándose: «¡Y he aquí que está todavía sin edificar!».

La ciudad ofrecía a los contratistas varios ensanches en los que construir y la crisis global no le era ajena a Zaragoza, de modo que el proceso de reedificación de Conde de Aranda resultó lento y además accidentado. En el curso de la huelga de febrero de 1932 la calle será escenario de tiroteos entre guardias de asalto y huelguistas, sirviéndoles de parapeto a los unos y a los otros tanto los edificios en construcción como los en ruinas y alcanzando algunos disparos las viviendas.

Descubrimiento de la placa que denomina a la calle, avda. del Gral Franco. A la izquierda, “La Pajarita”. 1936. Colección José Luis Cintora

En el plano comercial, eran numerosos los establecimientos dedicados a la moda masculina que se repartían por el entorno de Cerdán, Escuelas Pías y el Coso. Dando por hecha la continuidad de éste último con Conde de Aranda, en 1922 abrió en su número 1 el comercio de tejidos “La Pajarita”, teniendo por vecina a la “Gran Sastrería Militar y Civil sucesor de J. Español”. En 1929 la “Sastrería Filera” avisaba a la clientela de su traslado al 5, y en 1931 la que se mudaba al 19 era la “Sastrería La Fama”, regentada por Jacinto Gonzalvo y establecida con anterioridad en la calle San Pablo.

De febrero de 1931 es la solicitud a la Sociedad de Tranvías de Zaragoza del estudio de una línea que siguiendo ese eje alcanzase las Delicias. También en 1931 pero en otro orden, el empresario Hermógenes Herrero solicitó licencia para la apertura de un gran salón cinematográfico de nueva planta abarcando los que antaño fueron 32, 34 y 36 de la calle del Portillo, el famoso “Monumental Cinema”.

En julio de 1936, confirmado en Zaragoza el éxito del golpe de Estado, el Gobierno Municipal se dio prisa en echar al Conde de Aranda de las chapas. En octubre la calle fue renombrada como avda. del General Franco, proponiendo el alcalde López de Gera instalar en los extremos sendas “artísticas placas”, moción aceptada por unanimidad. No obstante, el monárquico concejal Juan Auger apuntó que estaría bien que la capital homogeneizase la rotulación de las calles con un modelo único de placa, sin excepciones, sugerencia que aun dada por buena se ignoró. Será pues en el número 7 de General Franco donde en 1943 abrirá el Cine Victoria, nieto del primitivo Ena Victoria sito en los intríngulis del que fuera palacio de Fuentes, que a punto estaba de ceder su solar a la nueva sede del Banco de Aragón.

En el acto anterior, discurso del alcalde López de Gera. 1936. Colección José Luis Cintora

Entre las propuestas municipales del primer franquismo estaba ya la creación de una gran vía que uniese la Puerta del Carmen con el Coso (antes se habló de alargarla hasta la AGM), asunto que exigía la eliminación de aquella molesta primera manzana de Azoque mencionada por Navarro, la primera de muchas barridas pertenecientes a la antaño morería. Si bien la idea no prosperó, sí lo hizo en los años 70 una sobrina-nieta suya, la actual avenida César Augusto. Para su ejecución fueron demolidos varios magníficos edificios, entre ellos el número 8 del Coso, en cuyos locales Mariano Omist explotaba su negocio de hilos y lanas, así como el nº 2, esquina con Azoque, último proyecto de Albiñana, de un racionalismo puro y conocido por albergar la tienda de confección “La Ciudad de Londres”.  

Con eso y todo, a día de hoy una leve desviación en los ejes hace que las plazas de la Constitución, hoy de España, y la del Portillo, sigan sin poder alcanzarse visualmente. Como si alguna anciana mora hubiese maldecido, por irrespetuosa, la actuación de todos y cada uno de los consistorios aquí mencionados.

Postal. Ediciones Greca. En primer término el saliente que impedía la alineación. 1945

Vuelta la democracia a su lugar, en 1977 la progresía zaragozana logró la restitución de la calle a su primer nombre. Con ello su anterior denominación no pasó de ser un puro y desgraciado accidente, así como un dato que por fortuna carece ya de importancia.

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