Grupo de niños posando delante de la portada de la Audiencia Provincial (mitad de tarjeta en formato estereoscópico). Ca. 1902. Archivo Mollat-Moya

Observando estos pequeños tesoros que son las fotografías centenarias que han llegado hasta nosotros, y sea cual sea el motivo que el fotógrafo tuviera intención de plasmar en sus placas, es muy común encontrar la presencia de grupos de niños que a la vista de la cámara se disponían como queriendo dejar constancia de su existencia para la posteridad. Aunque para la sociedad del momento, eran poco menos que invisibles, quizá muchas décadas después alguien se fijara en ellos con ojos y mente curiosa. Parecen querer decir “¡Aquí estamos!”, produciéndonos un sentimiento entrañable porque, ¿quién de niño no ha querido hacerse notar en cierta ocasión?

Los infantes del paso de siglo, del XIX al XX, pertenecían a una sociedad en cambio. La nación se esforzaba en superar el desastroso 98, y Zaragoza, como ciudad importante que era, seguía avanzando en el ámbito de la producción industrial, a veces de la mano de su obtención agrícola y ganadera (harineras, azucareras-alcoholeras), otras veces de espaldas a su tradición agraria (fundiciones y transformados metálicos, industria química…).

A las clases más humildes, tradicionalmente jornaleros agrarios/ganaderos, y trabajadores de la construcción, se añadiría la recientemente aparecida clase obrera compuesta por familias que se caracterizaban por la escasez de recursos con los que apenas podían subsistir, una mínima o inexistente formación y, en muchos casos, un elevado número de hijos. En esta situación los hermanos mayores atendían a los pequeños y, con edades todavía muy tiernas (apenas los diez años cumplidos) muchos abandonaban la escuela para colocarse como aprendices o entrar al servicio de una casa, caso este último habitual de las niñas. Cualquier ocupación que supusiera la salida de los hijos era visto como un alivio para las modestas rentas familiares, aunque por ello no se percibiera salario mínimo alguno, si obviamos la obligación que adquiría el empleador de dar manutención y alojamiento al aprendiz a su cargo. Las incipientes industrias zaragozanas disponían en sus plantillas de aprendices que eran preparados específicamente en el trabajo que desarrollaban en fábrica. De todos estos los que eran suficientemente avispados y aprendían bien su trabajo se mantenían en la empresa logrando con el tiempo las capacitaciones de oficial e incluso de maestros.

Trabajadores de la empresa Camas y Colchones de Muelles de Miguel Irisarri, con un nutrido grupo de niños-aprendices en la parte superior. Ca. 1899. Archivo Ángeles de Irisarri

Las peores circunstancias, si cabe, para un niño de la época las sufrían aquellos que, desde sus primeros momentos de vida, eran atendidos en la inclusa. Abandonados por sus progenitores al poco de nacer se recogían a menudo en estado de grave desnutrición a los que se les asignaba de forma inmediata un ama de cría, que podía ser interna o externa a la institución. En este último caso el expósito convivía con la familia de su “madre de leche”, con frecuencia gentes sencillas dedicadas a trabajos jornaleros y que veían en esta actividad de crianza una pequeña ayuda a sus magras economías. La inclusa ubicada junto al pabellón de mujeres de la Casa de Misericordia (actual edificio Pignatelli, sede del Gobierno de Aragón), podía llegar a registrar, en sus memorias anuales de finales del siglo XIX, unos índices de mortandad de hasta el 70% en el primer año.

Con el tiempo, los incluseros que sobrevivían, pasaban al Hospicio donde además de ser atendidos médica y religiosamente, amén de recibir una mínima educación con el aprendizaje de las primeras letras y las cuatro reglas matemáticas, se les enseñaba un oficio. Maestros albañiles, carpinteros, jardineros, tejedores, cerrajeros, impresores, pintores, sastres, zapateros y horneros eran los encargados de los diversos talleres en los que se simultaneaba el aprendizaje con el trabajo de encargos externos. Por esta tarea, entendida como parte de su formación profesional, los aprendices no percibían salario alguno llegando a situaciones que hoy definiríamos de auténtica explotación infantil.

A menudo se producían altercados protagonizados por los hospicianos de más edad. Tal es el caso de un sonado motín, en 1892, a cuenta de la prohibición de la salida de domingo. En el mismo patio del Hospicio tiraron piedras, rompiendo los cristales de las habitaciones de maestros y cura, y se declararon en huelga, negándose a entrar en los talleres.

Plano resultado del estudio que, sobre la mortalidad infantil por Difteria a finales del XIX, realizó el Dr. D. Patricio Borobio Díaz. Ca. 1905. Biblioteca de la Universidad de Zaragoza

De vuelta a la situación sanitaria de los niños en general, el año 1900 fue excepcionalmente dramático con los recién nacidos. La mitad de estos, más de 1.700, no llegaron a cumplir el año de vida. La mayoría eran víctimas de las tristemente corrientes epidemias de tuberculosis, difteria (a la que el vulgo, asimilándola con una suerte de pena capital, había bautizado como “garrotillo”) y viruela. Todas ellas se cebaban descarnadamente con las criaturas. Así lo denunció quien en la ciudad llamaban “médico de los niños”, D. Patricio Borobio Díaz, persona de grandísima humanidad que, desde la Cátedra Universitaria de Enfermedades Infantiles, impulsó decididamente una revolucionaria política sanitaria junto a los doctores Fairén y Royo Villanova. Fruto de todo ello fue la atención a niños de familias pobres mediante la creación de una asistencia médica y farmacéutica, las cartillas higiénicas y la fundación del Dispensario Antituberculoso del Cabezo Cortado con la que pudieron salvarse innumerables vidas.

Pero los esfuerzos en la salud, con ser sumamente importantes, eran insuficientes para garantizar unas mínimas condiciones para un mejor futuro de los retoños de familias modestas y pobres. El problema social de fondo seguía sin resolverse: La educación no llegaba eficazmente a todos los estratos de la población. Y puesto que no todos estos zagales encontraban trabajo en fábricas o en el campo, pronto se suscitaría el debate en la opinión pública sobre qué hacer con las llamadas bandas de “niños del arroyo”, formadas por grupos de arrapiezos, que rara vez superaban las catorce primaveras. Podían verse deambulando por los alrededores del Huerva (el arroyo) y de la ribera del propio Ebro, aunque también era frecuente verlos, siempre ociosos, en otras zonas poco vigiladas. Constituían la confirmación del fracaso, ya antes mencionado, de un estado que no aseguraba el acceso a la educación para las clases bajas, sea por la escasez de plazas escolares, sea por falta de motivación de los pequeños que, sin excesivo control de sus padres o tutores, solían “hacer la pirola” día sí, día también.

Un grupo, de los que cabría encuadrar como “niños del arroyo” posan entusiasmados ante el fotógrafo. Ca. 1900. Archivo Mollat-Moya

Normalmente estas cuadrillas se constituían por barrios, rivalizando entre ellas hasta el extremo del enfrentamiento físico. Han llegado hasta nosotros las famosas “guerras a pedrada limpia” entre los del “Gancho” (barrio de San Pablo) y los del “Gallo” (barrio de la Magdalena) que refiere en sus “Memorias de un zaragozano” Mariano Gracia Albacar. Tales enfrentamientos producían un grave problema de orden público en las “Campas de los maderos”, junto al estribo sur del Puente de Hierro, al punto de que obligaban a los vecinos de las cercanas Tenerías a cerrar puertas y contraventanas.

Otras veces, la “moliente chiquillería”, como les denominaba la prensa más conservadora de la época, se hacía muy presente en manifestaciones de protesta, siendo particularmente reseñables las que en 1896 organizaron un grupo de mujeres, encabezadas por verduleras y tenderas del Mercado Central, cuyos hijos, maridos y hermanos eran movilizados, como carne de cañón, hacia la Guerra de Cuba. En ellas, los zagales (muchos de ellos hijos de los mismos soldados) gritaban proclamas como “¡Que vayan a Cuba ricos y pobres!”, a la par que exclamaban patrióticamente los “¡Viva España y sus soldados!”. Pero si de protestas especialmente encabezadas por zagales se quiere hablar estas son las que contra los lanceros se llevaban a cabo. Aquel cuerpo que, de forma inmisericorde y cruel atrapaba perros callejeros, compañeros de juego y aventuras de aquellos, se llevaba la palma de la impopularidad. Y no era raro que, aparte de niños de la calle, sus agentes fueran apedreados incluso por adultos cada vez que los veían en acción, lazos en ristre. La hemeroteca zaragozana guarda fiel testimonio periodístico del suceso acaecido una mañana de invierno de 1901 en la que fue tal la indignación de la turbamulta que llegaron a tirar el carricoche de la perrera al Ebro, arrastrándolo previamente, desde la plaza del Mercado.

Hasta aquí hemos bosquejado, mínimamente, una parte de las condiciones de vida en una época de cambio. Quedan muchas cosas en el tintero para conocer, y entender, a aquellos niños protagonistas del paso al siglo XX: la escuela, sus juegos, cómo vestían… Tiempo habrá de hacerlo en una próxima entrega.

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