Plaza de San Francisco y Paseo de Fernando el Católico. Ca 1950. Ediciones Arribas. AMZ_4-1_0001521
Plaza de San Francisco y Paseo de Fernando el Católico. Ca 1950. Ediciones Arribas. AMZ_4-1_0001521

Nos hemos acostumbrado los zaragozanos a ver la actual plaza de San Francisco como un lugar de ocio, de vermut y reunión de amigos en sus veladores los fines de semana que el cierzo se ausenta, lo que ocurre cada vez más a menudo a juicio del que escribe. No es un lugar histórico al estilo de otras plazas más céntricas, aunque su historia tiene ya. El hecho de que en ella se unan los paseos de Gran Vía y Fernando el Católico dejando apenas un pequeño óvalo central dice mucho de la misma, punto neurálgico de los bulevares que, partiendo de la plaza de Paraíso, llegan al Parque  Grande desde donde la ciudad continuó creciendo hacia el sur por el moderno Paseo de Isabel la Católica.

A los que hoy la transitamos nos vienen recuerdos de celebraciones “supercoperas”, desfiles del pregón, y hasta del paseo de Juan Pablo II en su papamóvil. Un tiempo atrás, los estudiantes universitarios simultaneaban sus satíricas cabalgatas por Santo Tomás de Aquino con las carreras a lo “sálvese quien pueda” delante de “los grises” (antigua Policía Armada). Ahora, el ruido y el humo de los gases lacrimógenos y pelotas de goma han dado paso al de los fuegos artificiales que, en las fiestas mayores, se dan cita ineludible en la plaza.

Con los ochenta la “city” y la “zona de San Francisco” se inundaron de jóvenes al reclamo de la “movida” zaragozana. Fueron sus templos de culto bares, pubs, discotecas… Ahora, encontramos una plaza abierta a todos. Familias jóvenes y abuelos vigilantes en columpios y “esbarizaculos”; coleccionistas filatélicos, numismáticos, de minerales, de cromos, de vinilos… Y, para mayor atractivo, la numerosa oferta gastronómica y de bares, con grandes terrazas al aire libre.

Ciertamente un lugar al que su breve existencia, para pertenecer a una ciudad bimilenaria, ha convertido en foco importante de su pulso ciudadano.

Parcelario de Gran Vía, trazado de la futura plaza de España, entre el barrio de Hernán Cortés y los hotelitos del “Barrio de las Casas Baratas”. Plano del I.G.C. Ca 1935. AMZ_4-2_0000421_34
Parcelario de Gran Vía, trazado de la futura plaza de España, entre el barrio de Hernán Cortés y los hotelitos del “Barrio de las Casas Baratas”. Plano del I.G.C. Ca 1935. AMZ_4-2_0000421_34

La idea de la plaza surgió, como la del resto de la estructura urbana que la rodea,  por decisión consistorial a partir de los años 20 del siglo pasado.  La ciudad debía dar respuesta a una doble cuestión: Su creciente demanda habitacional y la necesidad de mitigar el preocupante paro obrero del momento, amenazante de la paz social. A tal fin se redactaría un Plan General del Ensanche muy ambicioso, dividido en dos grandes áreas. Una de ellas, la de Miralbueno, ocuparía terrenos de antiguas huertas regadas por la acequia de la Romareda Baja, sobre el talud del río Huerva. Es en esta zona,  en las parcelas pertenecientes a las familias Ximénez, Gallart, Chóliz y García Sánchez, donde quedaría ubicada la plaza de San Francisco.

El nuevo proyecto, acogido a los beneficios de la Ley de Casas Baratas y Económicas, sufriría desde sus inicios, multitud de vicisitudes que acabaría dando al traste con su rápida y esperable ejecución. Los primeros planos de 1923, presentados por la Rapid Cem Fer, empresa contratista más interesada en el negocio posterior de hormigón de construcción que en otra cosa, ya sugerían unos trazados de los viales en orientaciones nordeste-suroeste que garantizarían el adecuado abrigo a los vientos dominantes (cierzo). A su vez, perpendicularmente a estos, otras vías proveerían de una alta insolación a las viviendas. No es casualidad que la orientación de la cuadrícula resultante se asemeje a la de la Caesaraugusta romana, trazado el Cardo y el Decumano con una yunta de bueyes. Con el  plan, surge la necesidad de construir una plaza amplia en la mitad del recorrido de su Gran Vía en la que se aplicara “una nota tradicional de arte aragonés presidiendo el conjunto armónico de la nueva ciudad”. Y es así como los arquitectos Navarro, Martínez de Ubago y posteriormente Zuazo la reflejan en planos consecutivos: Un área de casi 20.000 m2 limitada por manzanas cuyos edificios deberían inspirarse en palacios renacentistas que enmarcarían mediante porches los jardines centrales.

En la esquina superior derecha, plaza de España, entre las Avenidas de la Reina Victoria y de Alfonso XIII. Imagen del Plan General del Ensanche de Zaragoza de 1934. Ca 1930. Edición facsímil de la IFC
En la esquina superior derecha, plaza de España, entre las Avenidas de la Reina Victoria y de Alfonso XIII. Imagen del Plan General del Ensanche de Zaragoza de 1934. Ca 1930. Edición facsímil de la IFC

Sin siquiera haber movido una carretada de tierra, la empresa contratista, aduciendo problemas económicos, abandonaría en 1927 el proyecto. Se constituye entonces la Sociedad Zaragozana de Urbanismo y Construcción (SZUC) que, obteniendo financiación del Banco Hispano Colonial, se haría cargo de redactar un nuevo plan y de acometer las obras. A cambio, el consistorio debería permitir la construcción de viviendas libres y de lujo en una franja de 50 m a todo lo largo de la vía principal. Así es como, todavía hoy, podemos admirar la mayor prestancia y calidad edificatoria de los edificios construidos en Gran Vía y Fernando el Católico en relación con los de las calles secundarias.

Permítaseme un pequeño paréntesis en la historia para referir el constante cambio de denominaciones, al menos sobre las actas municipales, de las nuevas vías del ensanche. Apenas cubierto y urbanizado durante la regencia alfonsina el primer tramo de la actual Gran Vía (1927), se acordó en nombrarlo como Avenida de la Reina Victoria, que comenzaría a partir de la plaza de Paraíso y finalizaría en la recién proyectada plaza de España (actual de San Francisco). Esta última era una reivindicación social y política, pues era inconcebible que Zaragoza no rotulara una plaza principal con el nombre de la nación. A partir de esa plaza de España, y hasta la entrada del futuro Parque Grande (o de Primo de Rivera, don Miguel), discurriría la Avenida de Alfonso XIII. No tenemos datos de si pudieron colocarse placas con la rotulación de las mismas, en todo caso, si así se hizo, solo podrían haberse dispuesto en el tramo cubierto de Gran Vía pues hasta bien entrado 1928 el resto de las “granvías” ni siquiera se habían trazado. Con el advenimiento de la República, el ayuntamiento radical-socialista, presidido momentáneamente por Mariano Muniesa, dispuso en acta de 25 de septiembre de 1931  el cambio de denominación de las nuevas avenidas del ensanche. De esta manera, el primer tramo de la Gran Vía (que después sería Marina Moreno) pasó a llamarse de Galán y García Hernández; el segundo (entre el edificio de la Facultad de Medicina y la Plaza de España), de Pablo Iglesias; y el tercero, y último, de Giner de los Ríos (Francisco, sin “don”, pues a propuesta del concejal Bozal, se apeó el tratamiento en las nuevas denominaciones).

Multitudinaria celebración en el Campo de la Victoria del aniversario de FET-JONS. Vista de la Zaragoza urbana al fondo y, a la derecha, del Cuartel de Transmisiones y los hotelitos del Ensanche. Foto Campúa. 1938. Biblioteca Nacional de España
Multitudinaria celebración en el Campo de la Victoria del aniversario de FET-JONS. Vista de la Zaragoza urbana al fondo y, a la derecha, del Cuartel de Transmisiones y los hotelitos del Ensanche. Foto Campúa. 1938. Biblioteca Nacional de España

Tras la sublevación del 36, en plena guerra civil y con Zaragoza como ciudad de retaguardia no fueron pocas las voces que, unidas a las de los nuevos regentes franquistas, promovieron la sustitución de esos nombres que les recordaban personajes y constituciones nefastas para España. La plaza de la Constitución, de esta manera, quedó como Plaza de España. Su situación, importancia histórica y el monumento que la culminaba eran motivos suficientes. De igual manera, las otras avenidas quedaron rotuladas como de Marina Moreno, de Calvo Sotelo (D. José) y de Fernando el Católico. La plaza que las dividía quiso el concejo rotularla como de S. Francisco, nombre que había llevado con anterioridad la ahora titulada plaza de España. Hasta 1940 no fue aprobada dicha denominación por el Director General de la Administración Local que, desde Madrid, poco (o nada) empatizó con el siempre sufrido gremio de los carteros. Tal era la dificultad en el reparto de correspondencia en una ciudad que, de no tener ninguna, pasaba a tener dos plazas de España. Como decimos por aquí: “o calvo o con siete pelucas”.

Volviendo a la historia, los años 30 poco cambiarían el panorama del ensanche de Miralbueno. Quien  se acercara al lugar (para lo cual podía tomar el autobús de “Las Palmeras”), tan solo encontraría un par de parcelas  en obras donde se construían hotelitos unifamiliares. Eran las llamadas “casas del Huerva”, por su proximidad y “amoldamiento” a su cauce. También vería algún bloque, junto al ya veterano barrio de Hernán Cortés, y la promoción de viviendas de la cooperativa de funcionarios. Todo esto constituía el barrio que el vulgo denominaba “de las Casas Baratas”. El gran espacio destinado a la futura plaza de San Francisco, rodeado de nueve manzanas (una parte de las cuales serían viviendas de lujo), se mostraba casi vacío. Cerrando la plaza,  al sureste, el convento del Carmen y San José que los RR.PP. Carmelitas Descalzos estaban edificando. Tal reserva para obrar viviendas libres y de lujo provocarían airadas protestas por parte de las cooperativas, las cuales advirtieron a los arquitectos del plan la paradoja de que “al amparo de la ley de Casas Baratas se construía de todo menos casas baratas”. Razón no les faltaba, a juzgar por las 60.000 pesetas, una fortuna entonces, que llegaron a costar algunas con jardín y garaje.

Paseo de Fernando el Católico y solar de la plaza de San Francisco desde la torre de la Feria de Muestras. José Borobio Ojeda. 1944. Colección Pilar Borobio
Paseo de Fernando el Católico y solar de la plaza de San Francisco desde la torre de la Feria de Muestras. José Borobio Ojeda. 1944. Colección Pilar Borobio

Todos estos motivos dieron pie a que el famoso periodista del  “Mundo Gráfico” Mario Alegría se refiriera a la zona como “La ciudad muerta, o el Hollywood zaragozano”, en el que tan solo se veían, a modo de escenarios cinematográficos,  unos pocos «hotelitos» unifamiliares. Algunos en obras y otros abandonados a la rapiña, cuando no ocupados por «amores provisionales y nocturnos».

Declarada la guerra civil, se ralentiza aún más la actividad edificatoria. Las nuevas autoridades nombradas por el bando rebelde sacarían partido extra a la gran extensión de terreno baldío que se extendía por los alrededores de la escasamente urbanizada plaza de España. En esa enorme explanada, que vino a denominarse “Campo de la Victoria”, se desarrollarían multitudinarias concentraciones y actos de exaltación de la “nueva España”. De todos ellas, bajo la torre de la iglesia carmelita (ahora incautada como cuartel de transmisiones) destacaría, en mayo de 1938, la del aniversario de la unificación de tradicionalistas con falangistas y jonseros, que había dado lugar al partido único FET-JONS. Presidieron el acto los generales Franco (ya generalísimo) y Moscardó, quien fue aclamado como héroe por la defensa del Alcázar de Toledo. La propaganda oficial cifraba en más de 200.000 los asistentes que se dieron cita, lo cual para Zaragoza presuponía que allí se encontraba «todo quisqui». No en balde esa era por entonces la cifra oficial de habitantes.

Tras la inauguración de la línea 11 (Parque) del tranvía que, por 15 céntimos de peseta, comunicaría el centro de la ciudad con el barrio de las “casas baratas”, entramos en los años cuarenta y cincuenta. Décadas en las que continuaría configurándose la plaza, ya oficialmente de San Francisco, adquiriendo un aspecto parecido al actual. Con la urbanización de su óvalo central, profusamente arbolado y el ajardinamiento de todo el espacio se iban a añadir sus correspondientes equipamientos. Tras los habituales del alumbrado público o del riego, se instalaron otros más excepcionales como serían los evacuatorios subterráneos, separados por sexos, en la zona oriental de la plaza, y que los mayores recordarán por su eterno problema de olores y la señora que los atendía, sentada en una silla de anea dispensando solícita el papel higiénico. Además, atendiendo a la urgente demanda de aprovisionamiento de combustible en el interior de la ciudad, se construye la pequeña gasolinera de Campsa que ha llegado hasta nuestros días.

Panorámica del lado noroeste de la Plaza de San Francisco, desde la Ciudad Universitaria. Ca 1960. Archivo Hernández-Aznar
Panorámica del lado noroeste de la Plaza de San Francisco, desde la Ciudad Universitaria. Ca 1960. Archivo Hernández-Aznar

Predominaron claramente en la plaza establecimientos de uso docente. Por un lado la comunidad enseñante de La Salle que ocuparía el edificio del cuartel de transmisiones (habiendo renunciado previamente los Carmelitas descalzos a su ocupación pues  ya habían edificado su casa al lado, en San Juan de la Cruz). Por otro, la congregación dominica construía la primera fase de su Colegio “Cardenal Xavierre”, en el extremo noroccidental. Y, por último, la Ciudad Universitaria de Zaragoza, que constituiría uno de los hitos del Plan de Ensanche. Comenzaría su construcción en 1935 a la par que sus primeras facultades, de Filosofía y Letras, y de Derecho. Nacidas del tiralíneas de Regino Borobio su desarrollo total ocupó varias décadas. En 1950 se reformó el tramo de plaza que se dirigía a la entrada del recinto universitario donde, doce años después,  se construiría el actual pórtico de acceso.

No sería hasta bien entrados los sesenta cuando quedaría completa nuestra plaza de San  Francisco. Con la estricta aplicación de las ordenanzas aprobadas en 1941 las construcciones que la circundaran irían observando una estricta uniformidad: En altura ajustándose a los 27,5 m (en siete plantas alzadas), en la sucesión de vanos regulares, en la obligada disposición del balcón corrido en la planta principal y, sobre todo, en el espacio porticado a nivel de calle que establece una zona de paso bajo los porches hasta la primera crujía de la construcción. Esta última característica la convertiría en un espacio de gran valor comercial.

Enmarcada la plaza, ajardinadas sus superficies, tan solo restaba erigir el monumento “patrio” del que, en su misma concepción, ya hablaban los políticos. Y fue el escultor Juan de Avalos (de cuyas manos brotaron La Piedad, las hiperexpresivas figuras de evangelistas y las alegorías de las virtudes bajo la cruz del Valle de los Caídos), el encargado de modelar espada en mano, de pie y en apretada silueta,  la figura del ilustre rey aragonés Fernando II. Vaciada en bronce iba a ser colocada sobre un magnífico y esbelto pedestal granítico que acogería un bajorrelieve, también broncíneo, con la escena del matrimonio de los reyes. La estatua del rey, de más de 5 metros de altura, alzaba su vista serena al horizonte rodeada de un jardincillo de pequeñas plantas que esbozaban las flechas símbolo del soberano. El conjunto monumental se inauguraría el 15 de octubre de 1969, conmemorando los quinientos años del enlace real.  

Con este magnífico broche la moderna plaza de San Francisco ya, por fin, luciría su aspecto definitivo.

Juan de Ávalos, autor de la escultura a Fernando II de Aragón, en el día de la inauguración del monumento. Ca 1969. Foto Jaria. AMZ_4-1_0161977
Juan de Ávalos, autor de la escultura a Fernando II de Aragón, en el día de la inauguración del monumento. Ca 1969. Foto Jaria. AMZ_4-1_0161977

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