Conocí hace muchos años a un tipo único e inusualmente singular. Era un poeta callejero, de aspecto muy delgado, cara enjuta y una larga barba. Bebía café o cualquier vino con pajita, a pesar de ello, siempre se le mojaba la barba oscura. Y a pesar de mal vivir en la calle, no era un hombre invisible, era hijo de un coronel y era teniente mecánico de aviación en Alicante.

Volvió un día a casa y vio lo que menos esperaba de un amigo, recibir una traición a su larga amistad. A causa de ello se vio divorciado, sin casa, sin hijos y pasando una manutención económica, sin recibir cariño y respeto alguno a cambio.

A los pocos meses se hartó, dejó de pagar y prefirió vivir en la calle, vendiendo su cuadernillo de poesías becquerianas. Un día, hablando con él mientras se hartaba de beber vino y fumaba un maltrecho cigarrillo artesanal que le daba hipnotizante lucidez filosofal como al amado y odiado Lord Byron, me dijo que el humano es tan tonto, insolidario y egoísta como un espermatozoide.

Cuando hay un pistoletazo de salida del palote de la creación, emerge un violento chorro de un mar viscoso, donde miles y miles de espermatozoides cabezones se dan codazos y empujones para llegar a fecundar el brillante óvulo, fuente de la creación. Al poco tiempo, siempre hay uno que va adelantado, es bien chulo, arrogante y se cree el centro del mundo. El resto de corredores siguen juntos, empujándose y sudando a tutiplén. Finalmente, el supuesto triunfador se encuentra frente a la membrana celular del ardiente óvulo. Un cabezón rezagado recibe un fuerte empujón del grupo, no sólo se pone a la cabeza de todos, sino que le propina un fuerte golpe al primero que acaba fuera de trayectoria y lleno de viscosidad. Y el que parecía tonto y vago, fecunda el óvulo y se lleva el premio.

Así son las personas en grupo, protestan cuando tienen problemas similares, olvidándose del resto del mundo. Si los diferentes grupos sociales o laborales formaran una única piña la sociedad avanzaría; si van por su cuenta, apenas son escuchados y nada consiguen de unos políticos que me recuerdan al timo, que en el cuerpo lo tenemos y muchos no sabemos para qué sirve. Pero es otra historia.

Jorge Juan Bautista Solano

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