Mavi Doñate: «Ser corresponsal en Asia es bucear sin parar a mucha profundidad»

Tener vocación en chino se traduce como «el trabajo que los dioses eligen para ti y del que no puedes escapar». Mavi Doñate (Zaragoza, 1971) no sabe si fueron los dioses o ese teléfono naranja que su tío le regaló cuando era pequeña y con el que jugaba a hablar incluso con China. Precisamente en este país acabó en 2015 cuando RTVE le propuso uno de los viajes más fascinantes de su vida: la corresponsalía en Asia-Pacífico. Allí estuvo seis años, en ese lugar donde el coronavirus empezó a arrasarlo todo y en el que tuvo que armarse de paciencia y mano izquierda para poder contar la historia desde el otro lado del mundo. «Bajo la mirada del dragón despierto» es el resultado de ese viaje en forma de crónica extensa, precisa y detallada. Ahora desde París, Mavi Doñate siente que después de seis años buceando a mucha profundidad, empieza a disfrutar de la superficie.

Pregunta.- El libro comienza con ese teléfono naranja que su tío Emiliano le regaló y con el que jugaba a hablar con China. ¿Cómo fue el momento en el que recibió la noticia de la corresponsalía en Asia-Pacífico?
Respuesta.- La recibí cuando ya había abandonado mi sueño de ser corresponsal. Estaba en un momento de mi vida en el que yo hacía Tribunales y Sucesos y me iba profesionalmente muy bien y personalmente estaba en otra etapa por así decirlo. Entonces yo me fui a cubrir el terremoto de Nepal en el año 2015, estuve dos semanas y a la vuelta me pedí una libre para descansar de toda la tragedia que habíamos vivido y contado. Yo me iba a ir a Panticosa y me dijeron que me pasara por Torrespaña porque tenían algo que contarme. Y allí fue el momento en el que me lo ofrecieron. Me lo tuve que pensar mucho, claro, porque era muy lejos, es un país muy complejo por lo que había visto y leído, entonces estuve como una semana echando fuera todo ese pequeño trauma que se te queda tras haber cubierto un terremoto y decidiendo qué hacía con mi vida y, al final me fui, animada por mi familia que me decían “márchate y si no te gusta te vuelves”. En principio iba a ser para un año y al final, ya ves, los seis estipulados.

P.- Hablamos de China como un país lejano, extraño. ¿Miramos bien hacia China? ¿Somos tan diferentes a ellos?
R.- No hemos mirado bien, vamos a decirlo así, en pasado, porque yo confío en que, después de lo que ha pasado con la pandemia, que, si hubiésemos mirado mejor pues a lo mejor en otras partes del mundo o en general en el mundo entero se habrían activado quizás un poco antes esos mecanismos de prevención ante el coronavirus, empecemos a mirar un poco. En toda Asia vive más de la mitad de la población mundial, que está en constante movimiento. China además tiene un proyecto y sabe que lo tiene. Otra cosa es cómo nosotros queremos que China lleve a cabo ese proyecto y para eso tenemos que conocer un poco a estos países que aspiran como en su día lo hizo Estados Unidos a convertirse en una gran potencia y a estar muy presentes en el mundo y, por lo tanto, en nuestras vidas.

P.- ¿Qué es lo que más le sorprendió al llegar a China?
R.- Primero, cómo eran las ciudades. A mí me tocaba Pekín y yo siempre había tenido esa imagen de los chinos en bicicleta, mucho mercado en la calle y bueno pues eso se ha quedado, pero al lado hay muchos coches de alta gama y de lujo porque es el país donde más multimillonarios hay, rascacielos que te transportan a una ciudad de ciencia ficción y que, por eso, cuando se quedó vacía por la crisis del coronavirus impresionaba porque estaban desafiando a la nada y daba una sensación incluso más apocalíptica. Me chocó también un poco lo tecnificada que es la sociedad, los chinos van todo el día mirando el móvil porque cuando te aprendes las cinco aplicaciones básicas tu vida se vuelve mucho más fácil, puedes comprar, puedes pagarlo todo a distancia… Entonces fue como una inmersión en un mundo completamente diferente, ya no solo por el idioma que es evidente porque no les entiendes, pero era como estar en el futuro que no teníamos aquí.

Mavi Doñate trabaja ahora como corresponsal de RTVE en París

P.- ¿Alguna experiencia confesable con el idioma?
R.- Muchas…Una vez pedí en un restaurante un amigo en lugar de una cerveza porque las palabras son bastante parecidas. Y luego el tema de la comida es todo un mundo porque en la mayoría de los restaurantes no tienen fotos de la comida y está todo en caracteres chinos y entonces ahí es cuando dices “ay, madre, qué pido”. Llevábamos un traductor que más o menos te ayuda con el idioma, pero las traducciones en chino son muy literarias. Entonces para venderte un hígado de cerdo igual te dice algo así como “el órgano que limpia la naturaleza superior del ser” y dices, vale, y esto qué es. Muchas veces nos encontrábamos con platos que no sabíamos lo que eran, pero que estaban muy buenos, ¿eh? Yo soy una amante total de la comida china y es una de las cosas que más echo de menos ahora.

P.-«Imagino que si habéis leído hasta aquí ya os habréis dado cuenta de esta especie de Gran Hermano que puede llegar a ser cualquier ciudad china” ¿Viven los asiáticos en un reality en el que todos sus pasos son grabados? ¿Lo saben?
R.- Sí que lo saben, ellos tienen esa conciencia, lo que ocurre es que a la mayoría de ellos no les importa. Es decir, a nosotros nos agobiaría quizás, o nos despertaría el debate sobre nuestro derecho a la privacidad, estar en una ciudad en la que simplemente sin moverte levantas la vista y tienes hasta nueve cámaras encima, algunas incluso con reconocimiento facial. Pero ellos no se cuestionan si eso está mal, al revés, la mayoría piensan, también porque el aparato de propaganda es muy insistente, que en aras de la seguridad es bueno tener toda esa serie de cámaras. Este control también se ha intensificado con el coronavirus y los códigos QR, que se tienen que escanear desde que sales de casa haciéndolo hasta una veintena de veces en un día. Al final las autoridades de esa ciudad en la que vives en China tienen todo tu recorrido de lo que has hecho durante un día entero.

P.- ¿Le daba miedo no ser totalmente libre de contar lo que estuviera sucediendo por el mayor control informativo que existe en China?
R.- Miedo ninguno. No eres muy consciente de esa limitación de la libertad de prensa, o sea, sabes porque te lo han contado tus antecesores en la corresponsalía, aunque a ellos les tocase una China menos tecnificada. Contaban que había veces que funcionarios u operarios del gobierno entraban en las oficinas y en la redacción y dejaban muestras de que habían entrado como para avisarte y que te entrase un poco de miedo de no publicar cualquier cosa. Sí que es verdad que ser periodista en China es armarte de paciencia y tener mucha mano izquierda, aunque no todo es blanco o negro.

Cuando yo he tenido problemas de que me borrasen imágenes o cosas similares al día siguiente alguien del gobierno me mandaba un mensaje diciéndome: “Oye dinos dónde ha sido porque esto no se puede consentir y si te borran las imágenes dilo porque vamos a hablar con la policía”. Con esto quiero decir que hay veces que te llevas sorpresas que te hacen ver que hay matices y que solo estando allí puedes ver, al menos una parte de la realidad porque China es tan compleja que seguro que tardas muchos más años para entenderla en su totalidad.

P.- ¿Ha vivido alguna situación de censura?
R.- Estábamos haciendo un reportaje en Wuhan cuando ya los trenes empezaban a funcionar con normalidad y la ciudad se abría y llegó un funcionario y puso la mano en la cámara para que no grabásemos. Esto me sorprendió muchísimo porque ni siquiera en Corea del Norte que parece que es más férreo lo hicieron. Allí ya tienen una consigna de no poner la mano encima de las cámaras porque es visualizar más que nunca la censura. Entonces cuando en Wuhan lo hicieron, grabamos ese gesto y lo emitimos así porque tú cuentas, pero como somos televisión hasta que no tienes una imagen que resume todo ese aparataje de censura y control pues el espectador no lo llega a entender.

La periodista compartía en sus redes la ilusión que le producía que su libro estuviera ya a la venta

P.- ¿Se notan diferencias entre medios internacionales y medios locales?
R.- Es curioso, pero la peor parte de ese control siempre se la llevan los periodistas locales. Son los que realmente si incumplen esa censura tienen graves consecuencias para ellos y para sus familias. A los periodistas internacionales como mucho no nos renuevan el visado y nos vamos para casa, eso sí, con lo puesto porque ni siquiera te da tiempo a recoger tus cosas, pero bueno, ya está. En cuanto a los periodistas locales ha habido una intensificación del control desde que en el 2015 el presidente Xi Jinping fue a todos los medios de comunicación chinos y les dijo claramente que la consigna era cerrar filas en torno al Partido Comunista Chino, con lo cual es mucho más fácil controlarlos a ellos porque saben que si se salen de esa línea van a tener unas consecuencias bastante serias. Para el gobierno es más complejo controlar a los periodistas extranjeros.

P.- Cuando salta en Wuhan el primer caso de coronavirus y empieza la crisis sanitaria, ¿pensó en algún momento que los países occidentales no estaban tomándose en serio la posibilidad de que se expandiese y el alcance que iba a tener?
R.- En principio no se pensó, claro, teníamos el precedente del SARS de 2003 pero era diferente porque por aquel entonces los chinos no viajaban tanto como lo hacen ahora y lo hacían cuando estalló la pandemia en 2019. Además el coronavirus coincidió con las vacaciones de Año Nuevo, donde hay un éxodo interno muy grande porque los chinos que están en las grandes ciudades se van a sus pueblos con lo cual los trenes van llenos. Nosotros hicimos un reportaje cuatro días antes de que Wuhan se cerrase, ese momento en el que nos dimos cuenta de que sí que pasaba algo, y los chinos iban en los trenes abarrotados sin mascarilla y sin nada. Nadie creía, aunque intuíamos que algo iba a pasar, que fuera a ser tan grave. De hecho, no tuvimos esa confirmación de que era muy grave hasta el 23 de enero de 2020 cuando el gobierno chino cerró la provincia, mandó a todo el ejército, levantó esos hospitales de la nada…

Y allí sí que empezamos a intuir, viendo lo que había pasado y teniendo en cuenta todos los parámetros de minimización de riesgos, que cuando llegase a cualquier parte del mundo iba a ocurrir exactamente lo mismo. Es decir, el comportamiento que hubo en China al principio y el que hubo en España fue exactamente igual. Se basó en minimizar el riesgo, en decir que no pasaba nada cuando realmente sí que estaba pasando y entonces allí se colapsan los hospitales y todo lo que vino detrás en esta crisis.

P.- En el libro dice que el miedo es libre, ¿tuvo miedo en algún momento al estallar la pandemia por usted o su familia?
R.- El miedo se invirtió, realmente nunca lo tuve por mí, pero sí por ellos. Cuando todo empezó mi familia me decía que volviese que mis jefes lo iban a entender porque, claro, ante un virus…Si vas a una guerra más o menos puedes tener cuidado, pero ante un virus nadie controla por dónde te puede venir, cómo te puedes infectar… Entonces luego todo esto dio la vuelta. Cuando en China estábamos ya muy seguros, fue la explosión en nuestros países y allí sí que tuve miedo por ellos y por lo que les podía pasar.

P.- Habla de China como un país tecnificado y futurista en el que incluso hay taxis voladores. ¿Cómo se siente una subida en él?
R.- Allí sí que pasé un poco de miedo tengo que confesar. Meterte en un bicho que vuela y donde solo vas tú y el cámara pues da un poco de miedo, claro. Es un dron grande para tener pasajeros y lo manejan desde el control de abajo pero en cuanto se elevó fue un total placer, claro, porque veías una ciudad como Cantón a tus pies a través de unos cristales y fue realmente maravilloso.

P.- Ahora de corresponsal en París, ¿volvería al otro lado del mundo para contar lo que ocurre en Asia-Pacífico?
R.- De momento no. Han sido seis años muy intensos, agotadores. A mí me da la sensación de que ha sido como cuando buceas a mucha profundidad, que no ves bien, que tienes que estar con el oxígeno, que se te acaba la botella y entonces de repente sigues buceando, pero más arriba, disfrutando de lo que ves. Esto es Francia ahora para mí, sigo buceando pero con unas condiciones mucho más apacibles y que no suponen tanto desgaste. Llega un momento en el que dices “bueno, me lo he pasado muy bien, ha sido una etapa fascinante, pero también necesito algo que no me suponga tanto sobreesfuerzo”. Al final con ese agotamiento también necesitas un impás. Ahora no volvería, no te digo dentro de unos años que no descarto volver por un periodo corto de tiempo. Desde luego me apetece mucho volver como turista, pero a trabajar pues bueno lo iré viendo, también es verdad que la vida te va llevando…

P.- En los últimos dos años hemos visto la cara menos amable de China, ¿con qué se queda de esa China lejana y moderna?
R.- Me quedo con muchas cosas. Es una sociedad muy parecida a nosotros en el sentido de que son muy disfrutones. La comida, la bebida, una cena con amigos es la manera que tienen de celebrar… En ese sentido son muy mediterráneos. Yo he dejado amigos allí con los que me sigo escribiendo y me sigo preocupando por ellos. La China rural también es muy apasionante. A mí Shanghái me parece una ciudad a la que hay que volver cientos y cientos de veces. Es un país al que tengo mucho cariño y del que me llevo muchas cosas, la comida, remedios caseros que tienen… Muchísimas cosas.

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