Leiva puso la emoción y la magia encandilando a los presentes

Lo dijo Kase.O, “Zaragoza no para”. Lo dijo Amaral, “cantar a orillas del Ebro es uno de los mejores regalos”. Lo dijo Carlos Sadness quien se esperaba algo más de cierzo en una “maravillosa ciudad” y lo dijo Leiva que estaba “eternamente feliz de cantar con amigos en esta bonita ciudad”. Y es que Zaragoza se convertía este sábado en un todo que se unía con algunas de las voces más importantes del panorama musical e internacional en el cierre de un Vive Latino que, seguro, se fue dejando un buen sabor de boca. Con las calaveras mexicanas llenándolo todo en un recinto Expo con una afluencia notablemente mayor a la del viernes, el público tenía claro cuáles eran sus preferencias y Leiva, Amaral y Kase.O sonaban en cada esquina.

Casualidad o no, los tres compartieron el mismo escenario, el Nautalia, aquel que con una capacidad para 22.000 personas vibró y brilló con cada una de sus letras. Pero, para ver al tridente de oro todavía quedaba mucho día por delante (Amaral comenzaba a las 21.00, Leiva a las 23.00 y Kase.O a la 1.00) y con los ánimos en el cielo y las cervezas en las manos, los festivaleros tenían ganas de juerga.

Algunos apostaron por la fuerza y las notas desgarradas de María Guadaña en el escenario Vuse que se convirtió en un oasis apacible y calmado acogiendo un concierto en petit comité. Aunque la calma se rompió pronto en el oasis y es que tras la banda mexicana Little Jesus llegó el Instituto Mexicano del Sonido. Y en ese preciso momento todo saltó por los aires. Sonaba la cumbia y el público enloquecía y de repente sonaba el chachachá y con los zaragozanos todavía intentando acertar con los pasos de la cumbia había que cambiar el baile. Las bases de electrónica y hip hop también hicieron sus apariciones estelares en un concierto que acabó con todo el público agachado y saltando enloquecido cuando así lo dijo Camilo Lara, el artífice de una fiesta que fue ajena para la mayoría del público repartido entre los dos escenarios principales. Y es que hasta el oasis solo llegaron los más visionarios.

Carlos Sadness fue el primer plato fuerte del escenario magno del festival con su buenrollismo

Y mientras en el escenario Ámbar el sol brillaba y las “cien gaviotas” de Mikel Erentxun echaban a volar con algunas de las lágrimas fugaces de los miles de asistentes que llenaron el anfiteatro del recinto Expo para oír y volver a sentir esas canciones que alguna vez les hicieron enamorarse. Ni el sol que caía en picado ni el calor impidieron que el de San Sebastián lo diera todo sobre el escenario. Un escenario que parecía que iba a caerse de emoción, fuerza y magia cuando todo el público comenzó a corear el “No, no, no, no, no, no digas más” de la icónica “Rozando la eternidad”. Y así, el escenario Ámbar se convirtió “En algún lugar” en el que la melancolía dulce y los recuerdos afloraron hasta hacer enmudecer.

El Vive Latino es ese festival que no es solo un festival y en el que todo pasa a un ritmo vertiginoso. Todo menos las filas que se hacían a las puertas de los baños, de las barras y de las foodtrucks y que desesperaron a más de uno. Pero que casi 18.000 personas (a falta de datos oficiales) no tengan que esperar para ir al baño es casi como un milagro. Entretanto, algunos aprovechaban para hacer de las calaveras mexicanas su photocall particular y otros veían cómo los pesos pesados de la lucha libre mexicana parecía que iban a abrirse la cabeza en un cuadrilátero abarrotado. Y mientras, la particular voz y los acordes de Iván Ferreiro endulzaban el espacio Ámbar. Y mientras, el público conseguía su cerveza. Y mientras, el Vive Latino brillaba con fuerza como solo podía hacerlo después de tres años esperando.

Ante la caída repentina de Bebe del cartel, Carlos Sadness se convertía en el primer plato fuerte del escenario magno del festival con su buenrollismo y sus ritmos de camisas hawaianas. Les cantó a todas las “Miss Honolulu” que había entre el público bajo sus gafas Rayban características. Les cantó a todas las Mirandas que enrojecieron con “Te quiero un poco”. Llevó a todo el público a una “Isla morenita” algo alejada de Zaragoza, pero que no estaba nada mal e hizo saltar la “Electricidad” de todos los allí presentes. Carlos Sadness hizo honor a sus orígenes “medio aragoneses” y con rasmia comenzó a improvisar sobre unas barras dignas de las batallas de gallos. Fue tan majestuoso que incluso se lanzó a cantar esos “Ojitos lindos” de Bad Bunny y saltó por los aires al ver al público perrear. Porque sí, porque en un festival de rock vio cómo la gente también cantaba reguetón. Y eso, ya lo dijo, era “la hostia”.

Amaral dijo alguna vez que tenía el universo sobre ella. Y ayer, el universo, el cosmos y los miles de festivaleros ponían sus ojos en la “mañica” que fue capaz de conseguir que niños, adolescentes, mayores y ancianos corearan sus canciones a una sola voz. Y es que, una vez más, fue capaz de darle a la tecla exacta para conseguir que todos los allí presentes enloqueciesen. Una tecla que tenía la banda sonora de “Marta, Sebas, Guille y los demás” con un “sooon mis amigos, en la calle pasábamos las horas” que llegó hasta la otra punta de Zaragoza.

Amaral consiguió que el Vive Latino cantara con una sola voz sus temas más míticos

Visiblemente emocionada y dando las gracias una y otra vez, la aragonesa se puso seria por un momento para recordar a Bunbury “quien debería estar ocupando nuestro lugar ahora mismo. Ojalá nunca hubiésemos recibido la llamada del festival”, dijo ante un calidísimo y fortísimo aplauso. Luego, llegaron “Mares igual que tú” y “Cuando suba la marea” y “Resurección” y “Hacia lo salvaje” y “Kamikaze”. Y la hora del concierto acabó y Amaral se fue del escenario con los gritos de “otra, otra” haciendo una vez más magia con su música.

Y la magia, la pura magia, la sencillez y la delicadeza, la majestuosidad de la guitarra y la emoción la puso Leiva. Si Amaral acabó sobre las 22.00, sobre las 22.00 cientos de personas ocupaban el escenario Nautalia dispuestos a esperar una hora y las que hiciesen falta para ver a Leiva lo más cerca posible. Un Leiva agradecido, magnético, capaz de hacer gritar a viva voz unas canciones que reconstruyen el alma. Y entonces llegaron los “Lobos”, llegaron los “Superpoderes”, llegó “Breaking Bad” y “Terriblemente cruel”. Llegó Ximena Sariñana, que más tarde actuaría sola encandilando a los presentes, con “Histéricos”. Y el fin apoteósico lo pusieron los clásicos, los temas de Pereza que ya son un himno. “Cómo lo tienes tú” y “Estrella polar” fueron más que suficiente para que todas los y las “Lady Madrid” cayeran rendidos a sus pies.

Y aterrizó Kase.O con sus “Mazas y catapultas”, su traguito de “Ballantines”, su “Ringui Dingui” y sus “Pavos reales” que, con las manos en alto, demostraron una vez más que Zaragoza es la ciudad del rap. Javier Ibarra tuvo tiempo para la “Filosofía y letras” y también para poner el toque reivindicativo y macarra con alusiones a esos “gobernantes que son gonorrea”. Fue capaz, como siempre, de generar una atmósfera que eleva a quien vive sus actuaciones a algo más que un simple concierto.

Y después de la gran fiesta de Kumbia Queers, las luces comenzaron a apagarse y los escenarios a vaciarse. Ya no había fila en los baños, pero la había en los taxis. Y así, como en un suspiro, el Vive Latino llegó y se fue de Zaragoza quizás con la esperanza de poder volver al año que viene. Lo que sí es seguro es que las orillas del Ebro nunca habían acogido tanta magia.

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