Alocén, en un partido con el Real Madrid

El exjugador de baloncesto Lorenzo Alocén ha fallecido a los 84 años este martes. Con una inmensa tristeza ha recibido el mundo del basket la noticia, porque marcó un antes y un después en este deporte de altura. De hecho, su picaresca con la autocanasta llevó a la FIBA a cambiar el reglamento cuando jugaba en todo un Real Madrid. Las muestras de apoyo, los recuerdos y las oraciones se han sucedido junto al «Que En Paz Descanse» de cantidad de instituciones.

La huella de Lorenzo Alocén en el baloncesto nacional e internacional es inabarcable. Nacido en Zaragoza allá por 1937, el deporte de la canasta llegó a su vida por pura casualidad. Buen estudiante y destinado a ser chapista, un buen día a sus 21 años, paseando por su calle, un hombre le abordó para hacerle una pregunta. Se trataba de Antonio Burillo, jugador del Helios de la capital maña, que, sorprendido por su altura, le preguntó si había jugado alguna vez al baloncesto. Y no lo había hecho, pero se animó a probar.

Más fuerza bruta que técnica y muchos madrugones para entrenar y mejorar, con Korac como modelo, le valieron ser, en poco tiempo, uno de los referentes del equipo. Se trataba de un baloncesto distinto, de canchas descubiertas y serrín en días de lluvia para no resbalar en la tierra, con duchas heladas, botas pesadas, gradas vacías y un estilo de juego de otra época, donde con su 1,94 ejercía de pívot.

Su evolución le llevó al Real Madrid de Saporta, entrenado por el inolvidable Ferrándiz, con el que cambió las reglas del mismísimo básquet en su celebérrima autocanasta. En 1962, un 18 de enero -curiosamente, misma fecha de su muerte, era el 60º aniversario-, con empate en Varese en un partido continental a ida y vuelta entre el Ignis y el Real Madrid, el técnico blanco tuvo una idea.

Empatados en el luminoso y abocados a una prórroga que no le interesaba al Real Madrid, sin Hightower, Sevillano ni Morrison, Lorenzo Alocén se anotó en canasta propia sobre la bocina y la derrota por 2 puntos sonó a victoria, con una diferencia recuperable a la vuelta. Al principio el público local celebró, se burló y hasta le llamó «Lorenzini». Pero de pronto, el húngaro Toth se dio cuenta de la treta. Entonces cayó de todo a la cancha y se formó la mundial, remontando a la vuelta y obligando a la FIBA a cambiar su propio reglamento para evitar la picaresca.

Fueron sus dos únicos puntos aquel día, pero «La autocanasta de Alocén» fue, es y siempre será marca registrada, protagonista de tantas y tantas entrevistas a lo largo de su vida que perdió la cuenta de las veces que narró con pasión la anécdota.

Tras conquistar dos ligas (62 y 63) y una Copa (62) como merengue, la carrera de Lorenzo Alocén continuó en su tierra, con tal de estar con su madre cuando falleció su padre. Y no le fue mal: de la mano del Helios CN se convirtió en máximo anotador (23,5 puntos por partido) de la temporada 1964-65 de Liga Nacional.

Su vida, una continua aventura, le llevó a fichar por el Picadero de Barcelona en el 68 tras coincidir con un directivo en una cena en la Ciudad Condal durante su luna de miel. Allí conquistaría la Copa del 68, cambiando de colores en el 73 para retirarse en el Círculo Católico de Badalona, donde montaría una empresa de estructuras metálicas para establecerse en tierras catalanas, donde montó una empresa de exportación y un despacho inmobiliario, amén de ser representante de jugadores.

Como curiosidad, Óscar Alocén, uno de sus cinco hijos, llegó a disputar media docena de encuentros ACB con el Licor 43, allá por el ecuador de la década de los ochenta.

Lorenzo Alocén, además, brilló con la selección española, cuyos colores defendió en 69 ocasiones, pese a que en más de una ocasión reconoció que perdía dinero al hacerlo. El disputar con España el Eurobasket del 61 y el 68, la plata en los Juegos del Mediterráneo y la experiencia vital en los Juegos Olímpicos de México 68 lo compensaron con creces, poniendo el broche de oro a una carrera extraordinaria.

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