VICENTE FRANCO GIL, Licenciado en Derecho.


Desde el comienzo de la pandemia hasta hoy, nos encontramos inmersos en una época de inquietud, de convulsión, de tensión y de ahogamiento económico, donde lo cotidiano se ha envuelto de agitación y de angustia constante. Los canales de comunicación han favorecido, de alguna manera, un NODO informativo sensacionalista e incluso, en ocasiones, una atmósfera desoladora. Mientras, y a pesar de que suene paradójico, existen contagios inocuos para la salud física que contribuyen al bienestar social e individual, como por ejemplo contagiarse de amor.

Sin ánimo de herir sensibilidades, sin querer entrar en el fondo de la cuestión pandémica, y sin pretender hacer valoraciones subjetivas relativas a materias tanto científicas como facultativas, incluidas las objetivamente jurídicas, sí me gustaría ofrecer una visión humana del contexto que nos abraza, con el propósito de reflexionar acerca de qué prioridad tienen ahora nuestras relaciones interpersonales.

Es evidente que el miedo es un elemento adherido a nuestras vidas, e incrementado en el curso de la pandemia. Se dice que una vez sentido es un don afrontarlo, pero que gestionarlo es todo un arte. Sea como fuere, lo cierto es que el miedo invadido por masiva información, a veces no filtrada ni contrastada, provoca en las personas formas diversas de actuar, y en ocasiones con tintes desagradables y con matices cuajados de hostilidad.

En numerosas ocasiones se observan escenarios de intolerancia, de acoso, de odio, de exclusión social, de posicionamientos encontrados, de autoritarismo…que nos alejan del verdadero valor de las cosas. Se detecta una histeria más o menos extendida que no coadyuva a combatir de raíz el mal que provoca el execrable virus, sembrado sobre la población mundial. Claramente, estos son “contagios” inicuos de efecto colateral tiznados de crueldad, unos factores que estigmatizan tanto a nivel psíquico como espiritual y moral, provocando rechazo.

Juan de Bonilla (s.XVI) decía que “la experiencia os demostrará que la paz, que infundirá en vosotros la caridad, el amor a Dios y al prójimo, es el camino seguro hacia la vida eterna”. Y es que las adversidades, las tribulaciones y las contrariedades se sobrellevan mejor con una buena dosis de comprensión y con una actitud amorosa hacia los demás. Por ello, es totalmente compatible observar las prescripciones sanitarias en relación a un problema a erradicar, con la voluntad de aceptar con amor a los demás, sembrando siempre la paz, e intentando no atormentar.

En este sentido, es fundamental no repudiar los principios rectores que animan al ser humano a reconocer en sus semejantes la dignidad inmanente que nos proyecta en el horizonte de la igualdad. Jean De La Fontaine (1621-1695), exponía que “nadie tiene dominio sobre el amor, pero el amor domina todas las cosas”. De ahí que nuestras conciencias puedan ver la profundidad y la hermosura de cada persona, evitando brusquedades, humillaciones así como relegar todo tipo de confusión.

Un verdadero amigo, esté vacunado o no, será esa persona que tiende su mano incondicional y pone su hombro como sostén cuando se le reclama su auxilio. Una madre, un hijo, un hermano, estén vacunados o no, siempre les unirá, más allá del lazo de sangre, la capacidad para amarse sin límite, pues el vínculo familiar ata con ligaduras inefables y perennes. La humildad, que no inquieta ni desasosiega el alma, y que además proviene del amor, siempre regala concordia y gratitud.

San Juan de la Cruz (1542-1591), ante acontecimientos arduos y espinosos, exhortaba con esta frase de perpetua actualidad: ”pon amor donde no haya amor, y sacarás amor”. Y dado que en estas fechas de Adviento, caminamos hacia Belén, podremos encontrar el verdadero Amor recostado dentro de un muladar, un Niño que es Dios hecho hombre, el cual, durante su vida pública nunca rehusó a nadie, acercándose a ciegos, cojos, leprosos, indigentes, y a todos aquellos que padecían enfermedad. Nos enseño a no juzgar, a valorar a los demás, a querernos como hermanos (que lo somos), a unir y a no separar, a amar a nuestros enemigos, y a respetar nuestra legítima libertad, esa dádiva que proviene de sus manos.

Con todo, y con las debidas medidas de seguridad sanitarias y las precauciones personales que en todo momento y lugar deben primar, ojalá sepamos mirar con amor a cuantos nos rodean. Sumidos en plena pandemia, no me gustaría terminar sin antes recordar el eco de aquella exclamación pronunciada el 22 de octubre de 1978 por Juan Pablo II, hoy santo, en el comienzo de su pontificado, cuando repentinamente al salir por primera vez al balcón principal de la plaza de San Pedro en el Vaticano señaló: ¡“no tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo!”

En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, que sepamos amar antes que maltratar, callar antes que murmurar y comprender antes que condenar.

¡FELIZ NAVIDAD!