ANTONIO COSCOLLAR SANTALIESTRA, Maestro de escuela.


Se dice que el mundo en que vivimos está cambiando a tal velocidad que no lo reconocería ni la madre que lo parió. Sin embargo, hay un lugar donde las cosas poco o nada cambian. Ese lugar es la escuela. Si un estudiante del siglo XVIII abandonara su prolongado reposo y viajara a través del tiempo hasta alcanzar al siglo XXI, y su primera parada fuera la escuela, el peculiar viajero descubriría que, en efecto, pocos han sido los cambios.

Buñuel bromeaba con que, una vez muerto, le encantaría volver a la vida, más o menos una vez por decenio. Una vez aquí, de inmediato buscaría un periódico para, tras echarle una buena ojeada, cerciorarse de que, como había previsto el bueno de don Luis, poco o casi nada habría cambiado. Después volvería a su interrumpido reposo para pasar un nuevo decenio tratando de olvidar lo sabido y renovar sus ansias de salir para volver a empezar.

Hay quien piensa que las cosas, sin duda, cambian. Dicen que otras especies aprenden por imitación, pero que la nuestra aprende recuerda, almacena y comunica éxitos y errores. Además, sólo nosotros convocamos a los miembros más jóvenes alrededor de algunos adultos que suponemos portadores de excelencia, liderazgo, conocimiento y ojalá que sabiduría. En la escuela.

Quienes se lamentan del maltrecho estado de la educación (este problema no afecta únicamente a España) deberían recordar el diálogo de Platón titulado Menón. Sócrates interroga a un joven esclavo que nada sabe de geometría. Con hábiles preguntas, que en sí mismas no dicen nada, evita Sócrates la dispersión del muchacho, a quien el maestro propone un problema. El maestro dibuja un cuadrado sobre la arena y pide al joven que dibuje otro cuya superficie sea el doble. Su primera ocurrencia es duplicar la longitud de los lados, pero pronto descubre que así cuadruplica la superficie. Poco a poco, el joven esclavo descubrirá que el nuevo lado tiene que ser la diagonal del primer cuadrado.

Conviene no olvidar a Platón al hablar de un sistema nuevo de enseñanza, que el genio griego inventó hace 25 siglos.

Como muestra el Menón, enseñar es incitar con preguntas y orientaciones para poner en marcha el pensamiento del alumno, de modo que emprenda la elevada tarea de conocer, de usar la razón. Enseñar, en su sentido más elevado, no es una actividad puramente exterior, un contenido que mastica el maestro para que trague el alumno, sino una preparación, una incitación del espíritu para el trabajo intelectual. El maestro no representa más que un estímulo; el discípulo, en cambio, debe llegar a la conclusión correcta mediante su propio esfuerzo y reflexión. Esa es la clave: esfuerzo y reflexión.

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