VICENTE FRANCO GIL, Licenciado en Derecho.


Vivir sin dimensión moral e ignorar la ley natural quizá sea lo más antagónico a la razón humana y a la esencia más profunda de su ser. El progresismo, sin duda, integra perfectamente estas dos premisas venenosas que degradan y cauterizan, paulatina y engañosamente, las conciencias de generación tras generación. El progresismo ya no da para más, se debe frenar, pues hace crecer al ser humano en las oscuridades selváticas, y además desnaturaliza su destino tendenciosamente.

Se nos olvidó que la virtud (hábito operativo bueno) acrecienta la entereza, provee de una integridad íntima y otorga valor a las personas. La coherencia, decir lo que se piensa y hacer lo que se dice, está diáfanamente establecida como una virtud a pesar de ser confinada en numerosas ocasiones al ostracismo. Bien al contrario, la progresía artificiosa, rizada, retorcida, sazonada con excesos solapados, pudre luctuosamente la idiosincrasia inmanente del hombre, dejando que el tránsito de su vida sea esclavizado, pierda el sentido crítico de las cosas y, como consecuencia, llegue incluso a padecer los efectos nocivos de la irracionalidad.

Este abandono de la coherencia, por ejemplo, se ve claramente en el ámbito político, que además de dar una imagen deshonesta e irrespetuosa, causa verdaderos estragos en la ejecución de los proyectos estratégicos que dan contenido a los programas. Si nos fijamos atentamente en la mayoría de los partidos que componen el arco político actual, podremos observar la vacuidad y la trivialidad de sus discursos y de sus propuestas. No hay nivel. No hay preparación. No hay responsabilidad.

A tal efecto, las izquierdas son generalmente revanchistas, rencorosas y envidiosas. PSOE, Podemos, nacionalistas no soportan el triunfo después del esfuerzo del contrario, ni la libre elección en las urnas, ni que nadie se exprese fuera del pensamiento único predeterminado, ni discrepe de los dogmas que traza la neo-antropología de diseño, cuyo origen se haya en el libertinaje del laboratorio impúdico, obsesivo y fundamentalista de las catervas rojas, hostigándonos hasta el agotamiento.

Por otro lado, las derechas, hoy con un elenco bien matizado, ostenta el podio del engreimiento y de la presunción. El PP, otrora laureado, aquel de la quintaesencia, ha dejado atrás muchos valores y principios que, con habilidad, acierto y sentido común, ha integrado VOX en su ideario político en aras del bien común y no de un interés partidista y arbitrario. Aquellos miran, ahora, a estos de reojo y con crítica ácida al darse cuenta de lo que realmente demanda el electorado, y lo han perdido Aznar, Rajoy y Casado por una jactancia confiada, y les rechinan demasiado los dientes, frente a una dialéctica pura, definida, honesta, directa y coherente de los de Abascal.

Así como las izquierdas no dudan en aunar posturas con tal de satisfacer su beneficio personal, sin importarles romper la unidad nacional o constreñir derechos y libertades fundamentales, las derechas, sobre todo la recelosa, la acomplejada, la que confunde y hace guiños al postmodernismo reinante, repelen acercamientos debidos a formaciones de profundas y juiciosas convicciones con las que podrían consensuar la consistencia, estabilidad, moralidad y sensatez que el devenir de los ciudadanos solicita, desde una perspectiva de compromiso y de servicio.

Con todo, la coherencia circunscrita al recto proceder, equivale a buscar la verdad, y quienes la buscan, buscan también el bien sin subterfugios, sin ironías para la sociedad que los ha visto nacer y en donde deben desarrollarse. La incoherencia, al contrario, constituye una farsa que va dando pábulo a la hipocresía. Cuando el político está más pendiente del qué dirán, de la fama, de las apariencias, de los respetos humanos, de la aprobación ovacionada del cosmos, de secundar las ideologías en boga, de hacer concesiones a los convencionalismos de cada momento, solo le puede y nos puede llevar a la frustración, al fracaso y a la tragedia.

Cicerón afirmaba que cuando un hombre descubre su propia gloria, lo que codicia es ser el primero y a ser posible estar sólo porque su ego no quiere compartirla. A la sazón, Santo Tomás de Aquino aseveraba que esto tiene más que ver con la ambición y el poder que con la virtud de la magnanimidad. La falta de humildad y por tanto de coherencia sana, da la espalda a la verdad y a todo aquello que, en el orden moral y natural, debiera ser la base para fomentar la justicia y la dignidad humana. Sucumbir a los desórdenes de la concupiscencia, trae la ruina de muchas personas y, por ende, la de muchas naciones.

Por último, no olvidemos que el resentimiento pútrido de las izquierdas menoscaba frontalmente a todos los españoles; la soberbia niñata de la derecha retraída, aun siendo menos inicua directamente a la ciudadanía, hace mucho daño a la derecha en su conjunto, y colateralmente perjudica al normal funcionamiento institucional. Para que España pueda gozar de buena salud, seamos todos coherentes, unos gobernando y otros votando.

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