Francisco Javier Aguirre FRANCISCO JAVIER AGUIRRE, Escritor.


Durante las últimas semanas se ha podido escuchar en cualquiera de los parques de Zaragoza, sobre todo en aquellos donde hay plantados pinos y otras clases de coníferas de copa frondosa, un verdadero concierto de trinos y gorjeos acompañados de cabriolas y acrobacias aéreas, de los que han sido protagonistas multitud de pájaros de pequeño tamaño de los que llamamos ‘urbanos’ –excluyendo a las palomas, las grajillas y las urracas–; es decir, aquellos que pueblan nuestro contexto residencial, nuestros tejados, nuestros contornos y nuestras zonas verdes, como son los gorriones, los estorninos, los mirlos, los carboneros, los herrerillos o los jilgueros.

Es un verdadero placer para los sentidos del oído y de la vista presenciar y seguir la trayectoria de estos juegos de las aves que seguramente tendrán su análisis y definición a través de la ciencia de la ornitología.

Los tiempos previos a la primavera en los que las aves desarrollan sus cortejos nupciales para la propagación de la especie son los más propicios para la contemplación y disfrute del espectáculo. Una contemplación serena y prolongada de este fenómeno depara una sensaciones de confianza en el futuro que compensan las desazones de la realidad mostrenca que a todos nos afecta si analizamos la problemática social, laboral, familiar o económica nuestra vida cotidiana, así como el desconcierto político que a menudo nos abruma.

En el vuelo de las aves, en sus gorjeos y sus trinos, hay un sentido de equilibrio, de concordia, de respeto a la naturaleza, de utilización de su recurso sin perjudicar la vida árboles que los acogen. Las pugnas ‘amorosas’ finalizan sin sangre. Son, por otra parte, un elemento de alegría que no tiene contrapartidas.

El ser humano necesita de espectáculos y diversiones para contrarrestar los agobios de la vida diaria. No otra función tienen las actividades lúdicas, los deportes, las creaciones artísticas, dramatúrgicas o cinematográficas, entre otros recursos, pero este de sentarse a escuchar las sinfonías vespertinas, ofrecidas gratuitamente por las aves urbanas, no tiene precio.

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