VICENTE FRANCO GIL, Licenciado en Derecho.


El Nuevo Orden Mundial (NOM) marca, incuestionablemente, la senda por la que debe transitar la sociedad en su concepción más global. Agendas, ideologías bastardas, adoctrinamientos corruptos, inducción al miedo, manipulación informativa, exaltación del credo totalitario, en fin, un cúmulo de factores encaminados a doblegar y controlar a la humanidad por medio de una minoría selecta. Esta tiranía rectora y absolutista, la cual, dicho sea de paso, se oculta cada vez menos, siempre se mueve por el dinero. El discernimiento orientado a la verdad y la resistencia al mal son buenos aliados para librar un combate en el que están en juego la dignidad humana y su libertad.

Es evidente, y así se constata en estos tiempos, no solamente el cambio violento, dispar e insólito de los acontecimientos, sino también la elevada velocidad con la que éstos se suceden. Las maniobras de distracción con ciertos hechos, provocados claro está, tienen como finalidad implementar otros intereses de carácter negocial, económico y de gestión, encaminados a la destrucción de los principios y valores que conforman la idiosincrasia de los pueblos y las costumbres más arraigadas de sus gentes.

Lo que nos está viniendo encima desde hace unos años, a nivel mundial y a nivel nacional, no es nada baladí. Los políticos, burócratas y analistas que dirigen, negocian y advierten en gran medida el destino de los ciudadanos, parece que se hayan convertido en mercenarios al servicio de un poderío elitista y lucrativo, en vez de servir a los intereses de España, de Europa y del mundo. Aquellos, se han subordinado al atractivo y resbaladizo imperio globalista, el cual, está minuciosamente timoneado por organizaciones con hambre de dominio que integran el marco autosuficiente del NOM.

En numerosas ocasiones, la política práctica fractura las instituciones, cercena las relaciones internacionales y apuñala hábilmente a los “amigos” con tal de medrar en el poder. Lo hemos visto hace unas semanas, a nivel nacional, en el corral del PP, otras veces en el del PSOE, en el de Podemos, etc…; y ahora, internacionalmente, ocurre con el enfrentamiento ruso hacia la población ucraniana. La tibieza de los indiferentes, y la soberbia de los taimados, hacen de este mundo un escenario afrentoso en el mejor de los casos, y en el peor de ellos, una atmosfera bélica censurable e injusta.

Desde que Caín mato a su hermano Abel, la historia acumula transgresiones engendradas por el odio, la venganza, la envidia y el poder, cortejadas por un patronaje tan egocéntrico como materialista. El enemigo, que nunca descansa, siembra sagazmente la cizaña entre el trigal. El persuasivo mal, seductoramente, ciega los canales de la razón provocando ruina y desolación allí en donde germina. Recordemos que el dinero, desnaturalizado, no es más que el estiércol del diablo. Lo pudre todo.

Lo creamos o no, la vida es una lucha continua del bien contra el mal. No caben posturas intermedias. Hacer el bien sutilmente para cubrir expedientes y limpiar conciencias no sirve, y el mal menor no aprovecha. La pusilanimidad tampoco contribuye a combatir el mal, ni a estimular el bien. La flaccidez de ánimo comporta siempre la inhibición del valor necesario para afrontar con decisión y éxito situaciones adversas.

Con todo, apostar por el bien es buscar la verdad, aunque ello comporte riesgos, porque objetivamente es lo que da sentido y consistencia a la existencia humana. Contribuir con el mal es negar la naturaleza propia del hombre, ser un esclavo de las más bajas pasiones a costa de efímeras y arteras ambiciones que solo engendran dolor y aridez. Codiciar el fugaz y falaz vil poder, nunca será comparable al goce de forjar el bien.

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