JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS, Doctor en Filología Hispánica.


Acercarse a Aliaga durante cualquier fin de semana de este invierno seco e irregular es conectar con un paisaje aparentemente inhóspito pero rico en vestigios geológicos –por algo es un Parque Geológico importante en España y en Europa– y lleno de atractivos naturales en torno al cauce del río Guadalope. Si seguimos el curso de este río por la carretera o por las pasarelas que lo bordean, llegaremos al pantano, cada vez más anegado y a la Aldehuela, uno de los barrios de la localidad. En ese valle pintoresco permanece abandonado, después de cuarenta años, el esqueleto casi fantasmal de la que llegó a ser en 1952 una de las centrales térmicas más importantes y modernas del país. Pero su vida se esfumó al cabo de treinta años de vida y, desde ese momento, permanece junto al embalse como un monstruo de cemento que espera una futura reconstrucción.

Esta ´catedral del carbón´, como la han llamado algunos, es ahora propiedad del ayuntamiento de Aliaga y su alcalde, Sergio Uche, está interesado en un proyecto a medio o a largo plazo que transformaría este monstruo grisáceo en un museo de generación eléctrica y –¿por qué no? – en un lugar de atracción turística. La intención del alcalde y de la corporación municipal es que el edificio de la central sea declarado bien de interés social y cultural. Esta restauración vendría unida al dragado del embalse y a la mejora de los accesos a la Aldehuela. Todo ello redundaría en una valoración de un paisaje agreste y de especial atracción para los turistas que llegan cada fin de semana. Hace dos semanas, el escritor y periodista Julio José Ordovás publicaba en el Heraldo un artículo con el membrete “Arqueología de las ruinas”. Comentaba al respecto que, entre los edificios industriales abandonados de Aragón, “la antigua central térmica de Aliaga tiene un hechizo especial”.  En uno de sus viajes a la térmica quedó subyugado por ese aliento casi sagrado, sublime y pintoresco, al estilo de los viajeros románticos cuando en el siglo XIX recorrían España tras los vestigios de las ruinas causadas por las guerras y el paso inexorable del tiempo. Las palabras de estos viajeros del siglo XXI son elocuentes: “Tiene la magnificencia de una catedral. Una catedral perdida en medio de la nada y completamente afantasmada”.

A raíz de esta experiencia, nos podemos preguntar si esta poética de las ruinas, tan romántica, se puede transformar en un futuro no muy lejano en una nueva realidad. Todo ello redundaría en dejar a las siguientes generaciones un legado cultural que les informara de ese momento histórico de mediados del siglo XX en que la industria del carbón contribuyó a mantener la vida y la esperanza en un pequeño pueblo de Teruel, a orillas del Guadalope.  Como afirma María Giménez Prades en su tesis doctoral: “La central térmica de Aliaga sigue durmiendo y envejeciendo, esperando a que alguien la despierte y vuelva a llenarla de luz”.

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