JOSÉ LUIS LABAT, Periodista.


O cuestión de importancia, en clave mediática. O cuestión de prioridades, en función de los valores que son los que marcan la trascendencia de algo. Pero da la impresión, tal vez sea sólo eso, que estemos llegando al paradigma de que la prioridad la marca el patrocinio. Y lo que antes se mantenía como “quien no comunica, no existe” pudiera convertirse en “quien no paga, no sale”. Con el consiguiente peligro de la monetización informativa y el veto de acceso mediático, enemigo del derecho a la información.

Particularmente nocivo cuando esto se traslada al ámbito político, pero no entraremos hoy en ese jardín. Voy a quedarme en una cuestión previa, el valor de la información. Tuve la suerte de unir mis primeros pasos, en el mundo de la información, a la redacción de informativos en una emisora de radio, Cope Zaragoza por más señas. Allí tuve una jefa, maestra de comunicadores, que me enseñó a conceder valor a lo importante y reconocerlo como tal. Para luego dedicarle el tiempo oportuno.

Tarea para nada baladí en la radio, donde unos segundos de más o de menos, pueden depararte el fracaso o proporcionarte el éxito. Y recuerdo a este propósito los consejos de redacción matinal, auténtica escuela de aprendizaje para el discernimiento informativo. Cómo se iban desgranando las convocatorias, y los temas con sus protagonistas. Y cómo el esfuerzo porque nada importante quedara fuera resultaba titánico. A veces, no exento de polémica sana, cuando se decidía el tiempo dedicado a cada noticia, o a las crónicas entonces de Huesca y Teruel. Fue una época apasionante, porque la información que yo viví entonces, y a la que me acercaba como mediador entre los oyentes y la fuente de la noticia, constituía todo un reclamo de pasión. Así nos lo hacían sentir. Y por eso el resultado de nuestro trabajo, cuando terminaba el informativo, y las señales horarias daban paso a los compañeros de los servicios centrales, constituía nuestra recompensa profesional. Ese “ha entrado todo, no hemos dejado nada importante fuera” era como un lema de información completa. Dignidad de periodista y satisfacción del derecho a la información por parte del oyente. Un contrato social implícito, necesario siempre, para que exista ese flujo de la realidad convertida en noticia y generadora de opinión.

Claro que, a esta valoración más técnica, aprendida en una redacción, debería preceder un sistema de valores aprehendidos, y una formación de carácter humanista integradora. Y también de saber estar, de educación, de porte y buenos modales (aquellos que en tiempos abrían puertas principales). Todo esto entra en juego a la hora de valorar o asignar valor a lo que sucede. Y todavía más, porque esta realidad también ha evolucionado y se ha llenado de matices. Por eso las agendas siguen teniendo su aquel. Y resulta muy esclarecedor descubrirlas. Para entender si lo que me ofrecen responde a la realidad, o a una burda manipulación de la misma. Las agendas retratan y muestran interpretaciones del mundo, de la vida y de su sentido. Nada baladí, proclamo.

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