ANTONIO COSCOLLAR SANTALIESTRA, Maestro de Escuela.


Escribió Voltaire que “buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”. Unas décadas antes, Pascal advirtió que “hasta aquel que está a punto de ahorcarse busca la felicidad”. Nos distinguimos de cualquier otra especie por el irresistible anhelo de ser felices, tanto que la identidad de una sociedad moderna depende, en buena parte, de las fiestas que puede ofrecer o de las que se puede permitir.

Cuantos más años cumplimos, más nos adentramos en la espesura del futuro y, desde el vagón de cola, contemplamos cómo el pasado se desvanece. Vemos alejarse los bellos lugares de nuestra infancia, las inquietudes de la adolescencia y todos aquellos recuerdos y paisajes donde nunca volveremos.

Voltaire y Pascal lanzaron sus sentencias apuntando hacia el futuro, suponiendo que el futuro fuera, para ellos, este tiempo y este lugar que hoy tenemos por presente. Y dieron justo en la diana. En la actualidad, unos ingenieros nacidos de una pesadilla de Kafka, en complicidad con las todopoderosas compañías tecnológicas, están diseñando un mundo donde el esfuerzo, la reflexión y la búsqueda racional del sentido de la vida son sustituidos por una sobreabundancia de información indigerible y donde el pensamiento y la reflexión serán tan poco útiles como improbables.

La fiesta como objetivo y el entretenimiento como anestesia impedirán aceptar el hecho inevitable de la muerte, ya sea en la confianza de ser acogidos por un Dios bondadoso o en la convicción de su no existencia, pero con la certeza de haber cumplido. Ambas certidumbres están ahí, ambas existen y deberían ser igualmente aceptadas y respetadas.

Sin embargo, se nos repite machaconamente que nuestra principal tarea es adquirir, acaparar, poseer, controlar y someter, no importa que se logre por medio de nuestro esfuerzo o a costa del ajeno, pero sin tener en cuenta que al final todo será desprendimiento, pérdida y abandono, más aún si lo que se pierde les fue arrebatado a otros.

¿Y qué quedará de tanta codicia? Únicamente lo que nos haya sido regalado: la amistad, el amor y la belleza. “La desmemoria, sentenció Ambrose Bierce, es una facultad que Dios otorga a los deudores para compensarlos por su falta de conciencia”.

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