LUIS IRIBARREN BETÉS, Licenciado en Derecho.


Educado, tranquilo, sencillo, cálido, de la cara norte del altiplano ibérico cercano a Muniesa.

Elegante y con estirpe sefardí en las formas. Odiaba ser el centro de atención, tenía el aura de los artesanos: sin duda un hombre atractivo y atrayente de esos que no necesitan para ello físico, por poseer cierta mirada de personaje del Greco.

Ha muerto un clásico desapercibido de esquina de bar.

Jesús nunca gritaba, humilde, la marca de Sefarad en la cara larga, las pestañas y cejas pobladas, la delgadez rayana en lo enjuto, la mirada esquiva pero penetrante en ocasiones. Los puntos sobre las íes, la educación de la cara norte del Sistema Ibérico turolense de pasar desapercibido.

De coger al vuelo, porque la pobreza del entorno al algunos nos hace nacer por obligación con alas. Por eso no te dabas mérito. Tu mirada era profundamente aragonesa de interior por compasiva.

Lou, el lobo necesario, fue por mirada y vocación un hombre pascual, un pastor de imágenes. Dotado de una paciencia que era lo más alejado de mi nervio y sobrevalorada rasmia jacetana, que tantos problemas  me ha creado.

Entre sus compañeros de tertulia nocturna bonancible no tuvo el asomo de la genialidad a veces invasiva de Ángel Aransay, pero era más que inteligente emocionalmente; tampoco percibí jamás, ni un solo día, relación alguna con los ataques zaragozanos de orgullo de Emilio Abanto o Miguel Ángel, fue delicado por silente.

Esa pasión por el artesanado judía y morisca de Celtiberia le hizo dársenos y a tantos desde la calma y sin alharacas. Estamos ante un urdidor y cincelador de imágenes próximo en filosofía artística a Pablo Serrano, su vecino de Cuencas Mineras.

También cultivó sin saberlo y para disfrute de su compañía ese pasar desapercibido pero percutidor de Joaquín Carbonell, cantante tan infravalorado por vocación propia. Ojo con los suaves que son mallos artísticos, desarrollan y no se aburren con sus ideas.

Jesús era de Plou, Lou fue un lobo bueno, amigable, paciente y perseverante. Ligero de equipaje consiguió horadar diversos atardeceres, escaneó con su mirada antes de que ese trasto estuviera incluido en las fotocopiadoras el ruido del Bonanza, sus personajes y la música de Manolo García Maya.

Comenzó como un pionero o un picador de lignito turolense la titánica labor de caligrafiar y cartografiar en los nuevos formatos digitales y ya desde los años noventa la obra de sus artistas deudos con él coincidentes. Con que pasaras a tu lado, ya te catalogaba para la posteridad.

Después se marchó a vivir a los espacios secos y abiertos sorianos y los abarcó desde su paso tranquilo como un Doctor Zhivago.

Exiliándose en sí mismo.

Ayer evoqué entre tantos su mirada de alabastro y estrato ferruginoso de aventurero geológico del Aragón nunca calizo. Solo admitía el cine y arte de azabache, las cenas de colores puros a base de pan, jamón y queso.

La recitación de Luis Felipe Alegre me meció y rematé su memoria mirando media hora el agua limpia de su Ebro.

Vivir con nada, no pudo vivir prescindiendo de nadie nunca. Asignatura no del todo aprobada.

Este friso quiero que complete el tan relacionado con su personalidad, obituario sutil y leve, compuesto por nuestro príncipe aragonés celta Antón Castro, porque el sistema ibérico zaragozano también lo fue. Y porque Zaragoza en el entorno de Lou solo era una ciudad adoptadora y nunca madrastra en que nadie padeció el monopolio de apóstol alguno de la  aragonesidad. Nadie daba pasaportes más que para conversar y nuestro amigo flotaba perfectamente con ingravidez.

Jesús Lou, para los que ya le conocéis, tenía la mirada amplia y abierta al territorio. Si enfocaba el zoom hacia el oeste la luz se difuminaba en todos los finisterres. Tenía esa calidad de nota sostenida de Purcell o Britten cuando un coro deja la boca abierta y la música dura unos segundos más y nos transporta a la estepa u otros lugares en que nosotros somos porque queremos ser.

Un homenot que nunca ha deshecho nube alguna con yoduro de plata, un avión con estela propia, un poeta que juntaba nubes de tormenta que descargaron paz por creación.

Un simple vecino de Bulbuente.

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