LUIS IRIBARREN BETÉS, Licenciado en Derecho.


Ni las estrellas de la música con autotune, las cosechas menguadas por la calor, la fruta no top a 5 euros el kilo harán que pongamos las barbas a remojar y se avecinan un fin de semana vaquillero en Teruel, chupinazo de San Lorenzo, Cipotegato 22.0 o pregón del Pilar multitudinarios, a reventar.

Nada nos va a parar, de esta salimos volviéndonos otra vez inmortales, y España país de muy buenos camareros y a mover el cu-cu y la pasta.

Ni necesitar 30 euros para llegar, los cubatas a 7 mínimo en “vasoplástico” y rellenos de refresco de litrona, los menules a 15 leuros o que si va una familia cada día salga a 150 mínimo, sin hacer nada especial y eso durmiendo en autocaravana de 60.000 que mejor no repercutan la amortización en noches de hotel, van a mermar visitantes.

Nunca me han emocionado las fiestas aragonesas y navarras. Vociferar y beber hasta reventar en las peñas, en el norte no vaquillero nos centramos en bailar hasta reventar si no eres tímido que luego te viene bien si te apuntas a lindy.

Si lo eres, beber hasta “crebar o chelo”, el tuyo propio. Cuestión adobada por comer sin conocimiento, porque vuelve hasta “Ixo Rai” que tan magistralmente describieron cualquier fiesta de mitad de agosto. Solo por eso Juanito Ferrández, maestro de charangas imposibles, tiene tres aragoneses.

Ahora bien, las fiestas mayores de tradición y raigambre medieval, que se organizan en torno a un tema concreto: y sí, generalmente es tratar al toro de una forma o de otra quitándole la vida Morante de la Puebla o ensogándole, son mis excepciones.

Encuentro San Fermín aun siendo de origen navarro sobrevalorado y peligroso si toca dormir al raso y prefiero el ambiente de encierros de Santa Ana en Tudela, las fiestas de Tafalla o las de mi segundo pueblo Sangüesa, en los que siempre corría mi familia.

De entre las más variadas y populares, mi cariño especial top 1 va para las sanjuanadas sorianas, fascinantes cuando puedes vivir cómo prepara como si de Siena se tratara cada barrio unos u otros actos, la bajada de los toros de la mítica dehesa comunal de Valonsadero rodeado de amables y cantarines sorianos o echar un simple vermú con mucho personal pero sin agobios en el Collado (en Soria dicen naturales todas las consonantes, mi admiración y reconocimiento) seguido de comida con cangrejos y descabezau (lo describe un montañés basto) de siesta bajo chopo del Duero y metida de cabeza en sus frías aguas para seguir como Nadal dándolo todo.

La siguiente que me parece especial, espectacular, en que se mezclan además fiesteros aragoneses y valencianos con diferentes ritmos, es la Vaquilla de Teruel.
Allí trabajé varios años como encargado de un bar próximo al torreón de Ambeles y por ende de la estación de autobuses, en la judería turolense (entonces “La Zona”, como la de Huesca se llamaba “O Tubo”).

No lejos está la calle Abadía de mi pub de la Iglesia de San Pedro, Mausoleo de los Amantes, y cuenta con una bellísima y airosa casa de galerías modernistas semejantes a las de los edificios del Paseo Sagasta zaragozano.

El modernismo de Teruel ciudad es fascinante, levantino, primo hermano del de Melilla, aporta sal y color de Sorolla al altiplano. Recuerda la relación mina de arcilla de interior con empresa de porcelana fina cerca del mar, como la bajada a la costa fenicia levantina de los turolenses más aventureros. Hay 40 000 viviendo en Puigland.
La verdad que ser encargado de ese bar era un buen trabajo, pocos días, mucho dinero (seguramente más del que se paga hoy) y hasta las 7 de la tarde libre para, tras levantarme tarde del catre que me ponían encima del bar, ir a remar un poco al pantano del Arquillo de San Juan y comer un gran menú o un plato de ensaladilla.

Del perolo de dos kilos, única comida que había en aquel piso, que dejaba la madre de una amiga para que tragara algo todo el que o la que caía a dormir allí, que nunca se sabía quién podía llegar a ser.

Especial furor suponía el día que llegaban los de Calatayud, que después acogían para San Roque a los peñistas turolenses. Charangas a toda hostia, zurracapote y a cambiarse embutidos.

En cuatro días, me iba con la matrícula de la facultad sobradamente pagada, habiendo vivido algo más que ver cinco filas de borrachuzos amenazando por calentamiento de cañero, visitado a seres queridos en Cella, nadado en pantano y viendo algún acto, disfrutado de un día zaguero por la Sierra de Albarracín con amigo turolense que luego fue piloto porque se sacó la licencia en Texas, en el año 30 AT (antes de Tarmac), con baño en el helado Guadalaviar, y vuelta a Huesca y su nervio y alegría…

Pero la hospitalidad en Aragón se llama Sistema Ibérico. La tortilla de habas al llegar a tocar en Samper de Calanda y aquel mazacote de ensaladilla para el que llegara… son ejemplos de recibimientos que solo he visto en Teruel.

Felices fiestas y tranquilos, que todo llega y todo pasa, y como dice Serrat a subir la cuesta que mañana se acabó la fiesta. Lo que mi abuelo tradujo antes como días de mucho, vísperas de nada.

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