Francisco Javier Aguirre FRANCISCO JAVIER AGUIRRE, Escritor.


Vivimos unos tiempos en los que los problemas no se resuelven, simplemente se alivian.

Existía una expresión en la fraseología popular –que hoy parece en decadencia– que se denominaba ‘alivio de luto’: el pesar por el fallecimiento de alguien próximo se mantenía, pero las señales externas aminoraban. Esta expresión consagrada sirvió a ciertos artistas para titular sus obras, con una intención que puede interpretarse en sentidos diversos.

Más allá del arte y de la música, vivimos una época en la que los alivios son parte consustancial de lo cotidiano. Los ejemplos se aplican a muchos estratos de nuestra realidad. Los problemas laborales de ciertas empresas se alivian con los ERTE, aunque las dificultades se mantengan, con un final imprevisible. El Gobierno se empeña en aliviar los sucesivos aumentos del precio del combustible con pequeñas subvenciones a la hora de llenar los depósitos de los vehículos. Sin embargo, la raíz del problema sigue viva y cada vez es más frondosa.

Parece ser que la capacidad de generar recursos es inferior al volumen de los consumos en diferentes niveles del espectro económico en el que nos movemos. Y un alivio semejante está programado para dentro de unas semanas en relación al transporte público, para paliar el imparable decrecimiento de la economía en general. A simple vista, también pertenece a los paliativos que enmascaran la enfermedad, pero que no la curan.

La propia naturaleza estival alivia sus rigores con paréntesis de descenso térmico, tal como ha ocurrido en España este mes de julio en medio de las olas de calor. Alivio claro, pero escaso, y sobre todo insuficiente a corto plazo, porque una de las causas del sofoco gravita sobre nuestras cabezas de manera inmisericorde. Se llama ‘cambio climático’, una realidad que alguien se empeña todavía en negar, a pesar de los síntomas inequívocos de que difícilmente podemos dar ya marcha atrás.

En la órbita política vamos a disfrutar de un alivio de las tensiones en que se desarrolla habitualmente la relación entre los partidos, aunque ello se deba no a una voluntad de concordia, sino simplemente a las vacaciones parlamentarias. Vamos a esperar que este alivio derivado del paréntesis en la actividad pública nos procure un otoño más sereno, menos crispado, más creativo, menos conflictivo.

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