JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS, Doctor en Filología Hispánica.


Un cielo azul incontaminado y una mañana fresca y apacible inauguran el mes veraniego por antonomasia. Agosto se despereza y se abre paso en este pueblo de la sierra turolense, en este rincón del Maestrazgo donde dicen que nunca pasa nada. A primeras horas del día solo se oye el murmullo del humilde Guadalope y el rítmico fluir de una fuente incontaminada. Aquí, en este pequeño enclave de la provincia de Teruel, durante el mes de agosto acuden desde Valencia, Barcelona o Zaragoza los vecinos o hijos de los vecinos, que tuvieron que emigrar en los años sesenta del siglo pasado. Serán pocos días, pero muy intensos. Días para compartir vivencias, recuerdos, emociones y regueros de nostalgia. Todo ello en un marco paisajístico incomparable, lejos del agobio de la gran ciudad y de la masificación de las playas.

Este año el verano rural muestra una cara más optimista, después de dos años de soledad, aislamiento y muchas preocupaciones. Este agosto recién estrenado llega ataviado con sus mejores galas, a pesar de las sucesivas olas del Covid –todavía persistentes–, a pesar de las cada vez más frecuentes y prolongadas olas de calor, a pesar de la incierta y preocupante crisis energética, a pesar de la elevada inflación y del cada vez más cercano otoño con una complicada vuelta a la normalidad. Porque agosto nos regala un paréntesis en el que los reencuentros, las fiestas patronales de los pueblos de la comarca, las noches de tertulia, las celebraciones familiares, las rutas por los rincones naturales más insospechados y los eventos culturales al aire libre nos hacen olvidar por unos días las agobiantes estadísticas de los afectados por la pandemia, los ecos de una guerra absurda e interminable y el alza escandalosa de los precios de la energía y de la alimentación.

Son tantas las ventajas de veranear en un entorno rural que, por unos días, uno se olvida de lo que ha vivido en los últimos meses y de lo que se avecina después del verano. Porque está claro que, ahora más que nunca, vivir el presente, disfrutar del día a día, valorar los pequeños regalos que nos brinda la vida es algo que hay que cultivar y saborear como la luz de la mañana, el agua generosa de la fuente, el aire incontaminado y el paisaje sobrio y agreste. Eso sí, estamos tan acostumbrados a las comodidades de la ciudad, que todavía echamos de menos durante estos días una buena conexión a internet, una lectura de la prensa diaria en papel, mejores comunicaciones y unas infraestructuras más adecuadas al siglo XXI. Dicen que es cuestión de tener paciencia y de que todo llegará. Pero está claro que el mundo rural necesita mucho esfuerzo e imaginación por parte de los dirigentes políticos para que durante los once meses restantes del año vaya saliendo de su postración, de la situación de una España vacía que solo cuenta, y muy poco, cuando llegan los períodos electorales.

¡Ojalá fuera agosto todo el año! Pero, lamentablemente, estos días estivales pasan como un suspiro y resulta casi irreversible un vuelco demográfico que equilibre la población para que se reabran las escuelas, se mejore la atención sanitaria y se creen puestos de trabajo con futuro. Tal vez sea una utopía, pero habrá que valorar el mundo rural como lo hizo el gran José Antonio Labordeta y como lo lleva haciendo la Ronda de Boltaña desde hace 30 años. De momento, solo ‘engalanan’ el paisaje los gigantescos aerogeneradores, las hileras de placas solares y los solares vacíos de una industria minera que nunca volverá. Quieren derribar hasta la simbólica y majestuosa chimenea de la antigua central de Andorra. ¿Se lo han pensado bien?

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