JAVIER MESA, Gestor Cultural.


¿Quién no ha aprovechado las vacaciones veraniegas para disfrutar leyendo el último thriller del momento?

Sí, se trata de ese género literario, casi siempre de bolsillo y tapa blanda, que la mayoría hemos llevado y llevamos con nosotros a todas partes -servidor los recuerda especialmente en la playa y la piscina- porque es “imposible” dejar de leer.

Suelen ser ejemplares fácilmente reconocibles ya que, a las pocas horas de su lectura, presentan ya ese aspecto entre “usado y combado” característico, y, además, se suelen dejar reposando distraídamente en la toalla o en el césped o en cualquier sitio a mano sin importar mucho cuál. De hecho, acaban por absorber, quizás por ósmosis, cierto aroma a salitre, a cloro o a hierba para ser asociados indeledeblemente a ese verano en concreto y sus recuerdos.

Y es que lo importante de estas novelas estacionales no es su aspecto ni tampoco su conservación impoluta sino que consiguen, de un modo intrascendente pero muy efectivo, que durante esas horas de lectura nos “evadamos” de todo lo que nos rodea. Incluso de nosotros mismos.

En los centros penitenciarios, el verano casi siempre es una estación complicada. A las dificultades habituales generadas por la estrecha convivencia hay que sumar la alteración de ánimos que el calor, inevitablemente, genera.

No obstante, también suele provocar en algunos un efecto de calma, casi introspección, quizás como consecuencia de que para evitar el calor lo mejor es “quedarse quieto”.

Por ello, aquel verano especialmente caluroso, no me sorprendió la visita de Pedro y, menos aún, su petición. Era uno de los internos colaboradores habituales de la revista LA OCA LOCA y, desde su incorporación, no sólo había mejorado enormemente su expresión escrita sino que se había convertido en un “todoterreno” de nuestra redacción, capaz de realizar desde entrevistas y crónicas hasta breves poemarios.

Pedro procedía de la costa y el verano era especialmente difícil para él. Le traía recuerdos de su infancia, de su adolescencia, de toda su vida anterior. Recuerdos que necesitaba escribir, que necesitaba ordenar y estructurar para comprender, para entenderse mejor.

Me contó que, para él, todos los veranos estaban asociados con alguna novela corta que devoraba en vacaciones y que se fundía con divertidos recuerdos familiares y de amigos.

Era otra vida, sin duda. Cercana en el tiempo pero, a la vez, muy lejana ya que no la iba a poder recuperar. O, al menos, no del todo. De hecho, hasta me relató que él, físicamente, por aquel entonces, era más bien delgado y rubio.

No, no era literatura de evasión lo que buscaba. Necesitaba entender muchas cosas que sólo él se podía explicar y necesitaba darle un sentido a ese verano tan atípico que le había caído encima como una losa.

Por eso, comenzó a escribir ese verano su propio thriller, el thriller de su propia vida.

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