JOSÉ LUIS LABAT, Periodista.


Recuerdo, de tiempos ya un tanto lejanos, el lamento de un agricultor de las Cinco Villas a la hora de su jubilación. En medio de su amargura señalaba que “fíjate qué júbilo voy a tener, con lo poco que me va a quedar de pensión”. Desde luego, no andaba nada desencaminado con su comentario el “colono” en aquellos años, y de aquellos pueblos de colonización en el entorno ejeano. En particular, desde un punto de vista estrictamente crematístico.

Y al avivar esta anécdota de mi infancia, albergo en mi interior el deseo de que haya tenido una feliz jubilación. Lo cual me lleva a pensar en esta idea, en el concepto en cuestión, cuando un familiar próximo, mi hermano enfermero, alcanza felizmente la edad de jubilación. Y no quiero enmendar la plana al agricultor cuyo recuerdo abría estas líneas.

Todos desearíamos una pensión más adecuada, vamos a dejarlo ahí. Pero tal vez haya que considerar, cuando llega este momento, otros aspectos más en clave de sentido.

Por ejemplo, el valor del profesional y su dimensión vocacional. Algo de lo que hay que presumir, y que convendría potenciar para que las nuevas generaciones de sanitarios lo tengan en cuenta. Y aquí se incluye todo eso que les hace dignos y merecedores de confianza y respeto en el trato con la gente. La sonrisa siempre a punto, el estar al pie del cañón con responsabilidad a cualquier hora, la disponibilidad, el tener buenas manos para curar, o con las agujas y demás utensilios. O esa capacidad de escucha y acogida, que tantos desahogos y tanto bien provoca en los pacientes y en sus familias. Una forma de ser, y de estar como profesional, que genera una especial forma de trato con la gente.

Y mucho más si de un entorno rural hablamos. Porque aquí el cariño se vive de una forma especial, y se valora ese aspecto tan humano de considerar como de los tuyos a quien te cuida. O cuida de los tuyos. De los niños, pero también de los mayores. Con esas curas sin reparar el tiempo en la visita domiciliaria, o esas confidencias cuasi sacrales que parecerían más propias de las confesiones de toda la vida. Así ha sido la experiencia que ha cubierto, a lo largo de más de cuarenta años, la generación de sanitarios egresados a finales de los setenta. En particular, de los que entonces se denominaban ATS y que, con el transcurso de los años, modificaron su nomenclatura y pasaron a ser enfermeros y enfermeras. Da igual el nombre. Lo importante es la función y cómo se desarrolla. Y en esta tierra podemos estar orgullosos de los profesionales sanitarios que nos han tocado en suerte.

Más allá de aplausos, el reconocimiento debido a los profesionales sanitarios debería comenzar por una mejora sustancial de sus condiciones laborales. Pero también, contar más con ellos. Porque ellos son los que saben cuáles son las necesidades sanitarias. Y, desde su experiencia, conocen lo que hay que hacer para paliarlas. Entre otras cosas, más planificación. Pero eso es otra guerra… Ahora es momento de felicitaros. Tenéis un júbilo merecido. Os lo habéis ganado. Como nuestro agradecimiento por vivir así vuestra profesión.

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