CARLOS HUE, Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Educación.


Pocos, en Aragón, ignoran que la cruz sobre un árbol es el signo de identidad del Sobrarbe. Traigo esta imagen porque haciendo una caminata este verano entre Labuerda y Aínsa me topé con la “Cruz cubierta”, una estructura formada por un templete sustentado por ocho columnas que guardan en el centro un pilar terminado en una especie de ramaje de árbol con una cruz encima. Ya lo conocía, pero al verla como caminante resplandeciente, así al atardecer, me hizo reflexionar sobre la interpretación hoy aceptada.

Nos dice la tradición que el árbol del Sobrarbe es aquél sobre el que se posó una cruz brillante que apoyó a los cristianos en la reconquista de la población de Aínsa. Sin embargo, a mí se me antoja que esta leyenda es una cristianización de una tradición celta, una tradición de los habitantes de las montañas desde Asturias hasta el norte de Cataluña incluyendo el Pirineo aragonés, por supuesto. Mi interpretación es que los habitantes de estas montañas que vivían dispersos por ellas buscaban un lugar donde reunirse y, lo más lógico sería, a la sombra de un árbol “elegido” que con el cristianismo lo sería señalado con una cruz.

Pero, ¿qué significa ese árbol elegido? A mi entender representa la identidad de esos pobladores, de una comunidad, de un pueblo. Así, el árbol de Guernica y otros muchos, seguro, desaparecidos. Bajo ese árbol seguramente se firmarían los tratos comerciales, los pactos de matrimonio, las lindes de tierras y se harían exequias funerarias. Por todo ello, el árbol era algo más que un vegetal, era su raíz, su pueblo, la esencia de esa gente y de ahí que nadie se atreviera a talarlo. En definitiva, el árbol representaba lo que para nosotros son hoy las leyes, las normas, la constitución. De ahí que todos tenemos o hemos tenido un árbol, una constitución que nos identifica, que nos representa, que nos une. La lástima es que ese árbol, esa seña de identidad nos enfrente a otras personas, a otros grupos, a otros pueblos.

Se dice que las tribus nómadas en el Neolítico se establecían en grupos de 250 personas y que cuando el grupo rebasaba ese número algunos de sus miembros se alejaban para formar otra comunidad, otra tribu. Parece que es así como se ha ido poblando la Tierra, a base de grupos de 250 seres humanos que elegían su propio árbol, sus propias normas, lenguas y costumbres. El problema surge cuando esas tribus se hacen más fuertes que otras y las invaden sometiéndolas a sus normas y costumbres, haciéndolas perder sus señas de identidad, talando su árbol señalado.

Mi reflexión personal a la sombra de la Peña Montañesa, delante del árbol cubierto con su cruz es que cada comunidad, grupo, tribu, pueblo debiera ser defensor de su árbol elegido, de su cultura y normas, pero siempre respetando, aunque no entienda la identidad de los árboles de los demás. Si esto hiciéramos tendríamos un mundo con una gran diversidad de árboles, unos cubiertos con una cruz, otros con una media luna, otros con la estrella de David, otros con caracteres chinos, otros sin nada. Entonces, no solo tendríamos un árbol que nos identificaría como pueblo, sino todo un bosque que nos representaría como humanidad.

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