JOSÉ GARRIDO PALACIOS, Escritor.


Estos días se habla mucho de la fallecida reina de Inglaterra, Isabel II, recordada con emoción y fervor por sus leales; y apenas se ha nombrado a nuestra Isabel II, reina de España durante los años 1833-1868. Por ello, queremos rememorar el monumento erigido a mediados del siglo XIX en el centro vital de la capital zaragozana.

La primera piedra de la Fuente de la Princesa se colocó en el año 1833, fecha de su ascenso al trono del Reino de España con casi tres años de edad por la muerte de su padre, Fernando VII, aunque fue investida soberana en 1843. Pues bien, la escultura se inauguró el 24 de julio de 1845 en el lugar que ocupó la Cruz del Coso, en la plaza de San Fernando, ahora de España; y entonces a la futura Isabel II le dedicaron múltiples canciones, coplas y todo tipo de bendiciones.

A la fuente se acercaban los carros y burros, que le daban a la ciudad un típico aspecto, con los aguadores encargados de llenar vasijas y cubas; y también se arrimaban los mozos y mozas que la visitaban como excusa para el cortejo.

El servicio de aguador era muy común en Zaragoza desde tiempos pretéritos, que consistía en transportar agua potable a las casas con dos o tres borriquillos y media docena de cántaros de barro cocido; luego, los aguadores llenaban las tinajas o cacharros de los vecinos. En aquel tiempo era un servicio público –constituido en gremio–, que fue sustituyendo progresivamente los burros por una caballería que arrastraba un carro con cubos para albergar el agua.

La efigie de Neptuno domina la Fuente de la Princesa, con su tridente en la mano izquierda y el brazo derecho extendido en actitud de ser el emisor del líquido elemento, toda vez que no en vano es el ‘dios romano de las nubes y la lluvia’, aparte de vigilante del agua que vierten los cuatro grifos que se asemejaban a sendos delfines. La obra fue realizada por Tomás Llovet Pérez, escultor natural de Alcañiz y profesor de la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza.

La fuente estuvo emplazada frente a la puerta Cinegia y en prolongación del paseo de la Independencia hasta el nacimiento del siglo XX, cuando el tranvía de mulas cambió por la tracción eléctrica, el tráfico urbano era intenso y el abastecimiento de agua iniciaba su recorrido por las tuberías de la red de distribución. En ese contexto, el conjunto escultórico se desmanteló en 1902 y, cumplidos dos años, se erigió el monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria, acordado por la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País.

Al principio, la fuente se trasladó a los almacenes municipales, hasta que en 1935 se instaló en la arboleda de Macanaz, cercana a la pasarela del Ebro. Allí permaneció durante once años, para ser reubicada en el parque Primo de Rivera, donde el 24 de julio de 1946 volvieron a brotar las aguas por los caños que emergen de los delfines, junto a otros nuevos que se añadieron, en un paraje natural, rodeado de plantas y árboles, y de aves que trinan a su paso por la centenaria escultura de la plaza de San Fernando, la primera fuente pública de Zaragoza.

A la llegada al parque, un poeta le dedicó este verso: «Volverán a surgir tus surtidores. / Fuente de la Princesa sin cesar / y el agua cantarina con sus giros / al parque alegrará. / Alegrará, al parque alegrará».

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