JOSÉ IGNACIO MARTÍNEZ VAL, Director de Martínez-Val Abogados.


La verdad es que cuando escucho esta pregunta me echo a reír. Ja, ja, ja. Primero porque lo que hoy se llama extrema derecha, sencillamente no lo es. No veo que vayan con pistolas por las calles amenazando a quienes piensan diferente o a reventar actos de la izquierda (más bien ocurre al revés) o dando golpes de estado. Y segundo porque me parece algo muy obvio; sin ser gallego, les voy a hacer otra pregunta tratando de responder a la primera: ¿Por qué la Iglesia Católica ha perdido y sigue perdiendo adeptos y fieles en occidente? Pues por lo mismo que la izquierda hoy día. Su propuesta de mundo y su moral, verdad indiscutible (y cuando no es explicable se acude a la fe), impuesta por la fuerza y el miedo, y el que no esté de acuerdo con ella es un hereje señalado socialmente, al final, cuando el aparato coercitivo desaparece, tira para atrás porque pisa la libertad de actuación, de pensamiento y limita y prohíbe cosas que apetece hacer y/o exige a hacer otras que no les ves sentido o que no apetecen, como si el individuo fuese parte de un rebaño donde este le aplasta su desarrollo.

La izquierda contemporánea, que se agarra a defender todas las causas que considera que pueden existir, las cuales, aunque sean extraordinariamente minoritarias y puedan perseguirse individualmente por cauces judiciales, alimenta y promociona con el dudoso fin de obtener votos de supuestas víctimas a las que dice defender, utiliza esas mismas tácticas que generan aversión: miedo al fin del mundo, fe en lo que el líder dice que hay que hacer para salvar el mundo, prohibición de todo aquello que no esté conforme con la única verdad y el señalamiento social al que no siga el dogma de fe que pasa a ser el hereje del siglo XXI: EL FACHA.

Así, la izquierda hoy día, más que una ideología, es una religión que aplasta a toda la sociedad a golpe de Decreto Ley. Todo debe ser como ella dice, hasta lo más simple. Y lo actual y tradicional es malo, demoniaco. Fascista. No solo es que te recomienden, por ejemplo, no comer chocolate o carne en exceso como se ha hecho toda la vida sino que lo retiran de las dietas, prohíben su publicidad, castigan su consumo. Aplastan, moldean a su imagen y semejanza. Todos sabemos lo que es malo, no hace falta que venga un ministro a recordármelo.

¿Y cuál es la consecuencia de todo este panorama opresor cuando además muchas de sus medidas empeoran las cosas (energía cara, movilidad mucho más incómoda, alimentos más costosos,…) o no arreglan los problemas sociales que aseveran que quieren erradicar sino que los acentúan o incluso los crean (violencia de género, sexualidades, educación, sometimiento a los independentistas,…)? Pues, como en el caso de la Iglesia Católica, que se produce un desencanto y animadversión progresiva incluso entre sus acólitos. Es muy simple. Y agitar el miedo a la derecha o acusar de facha a gente perfectamente normal no sirve para nada, más bien al revés, cabrea más y anima a votar más si cabe a la derecha, aunque incluso haya cosas que no te gusten de ella o que incluso te repelan (como un apoyo, siquiera moderado, a la religión católica), pero al menos sabes que va a mantener un mundo reconocible en el que no se vive mal y con el que mucho votante de izquierda se siente identificado y no quiere destruir.

En conclusión, y partiendo de la base de que para que gane la derecha es necesario que mucha gente de izquierda moderada (con su trabajo, su empresa, sus hijos, sus gastos, sus costumbres,…); es decir, con algo que perder, cambie su voto a la derecha, solo podemos llegar a la conclusión de que el votante de izquierda está desencantado, incluso incómodo y amenazado en su tranquilidad y seguridad presentes y futuras. Y eso tiene muy difícil solución. De hecho, creo que ya no hay posibilidad de volver atrás. La izquierda tal y como la venimos conociendo desde los últimos 25 años ha colapsado ya, va a perder en pocos meses el poder de modo trágico, abrupto y fatal (salvo en plazas donde haya políticos de izquierda menos rupturistas). Sus ganas de imponer un nuevo orden, para muchos desagradable, incómodo y mucho más caro del que existe han sido superadas por la realidad de las cosas (la realidad es, parece ser, fascista). Ahora solo queda ver cómo renacerá de sus cenizas, si más pragmática y socialdemócrata, con ganas de cambiar el mundo, pero sin meter miedo, valorando la oportunidad y el pragmatismo de los cambios, haciéndolo poco a poco y a largo plazo, sin traumas y con consenso y respetando al que piensa diferente, o incluso más radical y opresora. Espero que sea lo primero. Lo segundo solo puede llevarnos a una realidad futura realmente perturbadora.

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