FRAN LUCAS HERRERO. Peregrino aragonés.


Todos hemos vivido muchos o pocos “pilares”, dependiendo de la edad que tengamos, y conforme a ello hablamos y los recordamos mejores, peores, memorables o de mil maneras acorde a como los vivimos o sentimos.

Pero si hay algo bueno –o a veces no tan bueno- que tiene el paso del tiempo son los cambios que produce en las personas, al igual que en las costumbres, en las formas e incluso en las ciudades, porque al igual que nosotros no somos la misma persona hoy que la de hace diez o veinte años, a la ciudad y los hechos que la rodean les pasa algo parecido.

Por ello, hay quienes creen que las fiestas del Pilar siempre han tenido esa diversidad y ambiente coral de hoy en día, cuando realmente no ha sido así, no han sido siempre como las recuerdan, y mucho menos aún para quienes, por ejemplo, nacimos en la década de los sesenta o antes y nos tocó vivir aquellos años, en concreto a finales de los setenta, donde se puede decir que estalló una “revolución” social pacifica, pidiéndose y realizando actividades con el objetivo de lograr unas fiestas distintas a las que por entonces acontecían en la ciudad.

En aquellos tiempos la sociedad empezaba a cambiar, se respiraban nuevos aires democráticos después de la dictadura y la gente en los barrios tendía a agruparse –yo vivía en la calle Granada, donde estaba situada la Asociación de Vecinos de Torrero- para intentar lograr avances que, tristemente, casi siempre llegaban despacio, si es que llegaban.

Y entre todos los problemas muchos y variados que había, ante los cuales surgía el germen de casi todas las movilizaciones ciudadanas que se producían, también había tiempo para la ilusión, y por ello la necesidad de unas fiestas populares era algo patente que no podía sustraerse a esa nueva vitalidad de la sociedad que le hacía manifestarse pidiendo soluciones.

Las fiestas del Pilar no es que estuvieran perdiendo el rumbo, es que no tenían ninguno en absoluto, ya que no existían todavía lo que hoy conocemos como fiestas populares, que para muchos parece como si siempre hubieran existido, pero no era así. Y ante ello se estaba ya teniendo conciencia de que debían cambiar, que debían tener una razón de ser, un motivo, porque en aquellos tiempos, más o menos las Fiestas del Pilar consistían en poco más que la Ofrenda de Flores, las ferias, los toros, algún acto de jotas y por supuesto la cena que organizaba el ayuntamiento en la Lonja para las personas importantes, acomodadas y relevantes de la ciudad, donde se homenajeaba a la Reina de las Fiestas, normalmente la hija de un concejal, un acaudalado industrial o una persona importante de toda esa aristocracia ciudadana que disfrutaba de actos principalmente orientados para ellos.

Y ante ello, como si la gente, cansada siempre del mismo plantel oficial de un programa de fiestas caduco, obsoleto, poco participativo y ameno, un día dijeran eso de ¿y por qué no cambiar lo que no nos gusta, algo lejos del oficialismo, el clasismo, la caspa y la modorra administrativa?

Qué raro parece escuchar palabras como estas ¿verdad? Pero así era en aquellos años, donde la oferta para las fiestas del Pilar era menguada y restringida, dirigida y orientada con el rigor de las autoridades de la época. Sí, puede sonar raro a quien no lo haya vivido que todo fuera así, pero en el alma zaragozana existía ya un deseo que más tarde sería ya una constante normal, como lo es ahora, pero que entonces era una mera utopía, un reto a la imaginación y la capacidad de crear algo nuevo y distinto donde la gente pudiera sentirse bien y disfrutar, adoptando un carácter popular y participativo. En pocas palabras, hacer que nuestras fiestas del Pilar fueran de todos y para todos, con la opción de tener alternativas más diversas donde pudieran disfrutar todo el mundo.

Podría decir que, por ejemplo, en 1977 organizaciones vecinales y de barrios, así como una larga serie de entidades y grupos, tanto sociales como políticos, organizaron y promovieron eventos populares y participativos, no para enfrentarse abiertamente al programa oficial de la Comisión de Festejos del Ayuntamiento, sino para aumentar la participación ciudadana de una forma más abierta. Sí, así fue, se preparó un programa de fiestas alternativo al oficial, basado en la participación popular, con más presencia de los barrios, pregón, verbenas, charangas, peñas, lo que fuera para conseguir ese ambiente ciudadano realmente orgulloso de sus fiestas.

Y en un momento dado, por aquellas ganas de salir del ostracismo festivo, de querer mostrar algo que la ciudadanía deseaba, de lanzar un grito al aire pidiendo pacíficamente un “queremos algo más”, sucedió algo que las autoridades de la época en su momento casi clasificaron como rebelión social, violencia callejera y no se qué apelativos más, cuando simplemente todo fue un acto lúdico y participativo de vecinos de diversos barrios, sin violencia ni nada parecido.

Como ya he citado, la gente en los barrios hablaba entre ellos más que ahora, incluso existían asociaciones de vecinos muy distintas a las que existen ahora, y así, por no extender mucho la explicación para no aburriros, varios grupos de los que luego incluso surgieron algunas peñas que aún hoy perduran, así como vecinos de Torrero, San José, Las Fuentes y otros barrios, en octubre de 1977 decidieron hacer un desfile festivo desde Torrero hasta la Plaza del Pilar, en el que se pretendía simplemente estar allí, en la plaza, para cantar, bailar, protestar o lo que fuera, pero siempre pacíficamente ante la mencionada cena de gala en la Lonja, así como comer un bocadillo en la calle, ¿acaso no eran fiestas y podíamos estar en la calle hacer el ganso con un bombo y unos tambores?

Durante días hubo carteles anunciando la “bajada a la Lonja” y también el boca a boca vecinal, por lo que junto con mis amigos del barrio de Torrero donde vivíamos, estuvimos allí con nuestros bocadillos de tortilla francesa, y es que en aquellos tiempos te apuntabas a lo que fuera.

Imaginaos la escena, una gran multitud alegre de entre mil a dos mil personas de todas las edades, tranquila y pacifica bajando desde Torrero al son de un bombo y unos tambores para comerse un bocadillo de tortilla, mortadela o salchichón en las puertas de la Lonja, donde se celebraban las cenas de gala durante las fiestas del franquismo y, donde en plena inauguración de la Transición, todavía cenaban las autoridades, a costa del erario, por supuesto.

No se pedía mucho, era una manera de reivindicar unos Pilares más populares. Aquello no era un acto subversivo como intentaron maquillarlo las autoridades, aquello era una manifestación satírica y libre de los vecinos de Zaragoza.

Hubo un momento dado, cuando ya casi al final de la calle Don Jaime, a punto de llegar a la plaza del Pilar, que entonces no tenía esa abierta amplitud de ahora y aparcaban hasta los coches en ellas, en que algo sucedió. Una barrera formada por policías, los famosos “grises” de entonces, cerraban todo el acceso a la plaza sin dejar pasar a nadie. Los cantos y las risas que hasta entonces habían armonizado el recorrido cesaron, hubo unos minutos de silencio seguido de unos gritos salientes de la multitud profiriendo frases como “¡policía asesina! ¡grises represores!” y cosas así… ¿Y luego? ¡Madre mía luego, el más puro caos! Gritos, gente corriendo, más gritos, policías corriendo tras la gente que corría porque la policía les encorría, golpes, caídas… Aunque hayan pasado 45 años aún sigo recordando esos sonidos, aquellas imágenes, aquella extraña sensación que envolvía todo a mi alrededor, ¡porque joder que si me acuerdo! anda que con nuestros 14 años no corrimos mis amigos y yo delante de la policía, no paramos hasta la plaza de Los Sitios.

Realmente aquella intervención policial fue dura, pero era lo que había. Recuerdo el sonido de las ambulancias, porque hubo algunos heridos y bastantes contusionados, pero la mayor parte de la gente se quedó por la zona como si estuviera esperando acontecimientos, un vete a saber o lo que fuera, algo que despejara el desconcierto que se había vivido. No recuerdo bien el tiempo, una hora o más, no lo sé, pero la gente comenzó poco a poco a dirigirse hacia la plaza del Pilar, con algo de inquietud por supuesto, porque los policías permanecían en la zona, aunque ya sin formar barreras ni mostrar una actitud tan “si vienes a buscar te voy a dar”.

Mis amigos y yo, los cuatro perdimos los bocadillos en la carrera, llegamos a la plaza por la calle Alfonso, mientras otros lo hacían por las demás vías que pudieran llevarte al mismo destino, aunque los más valientes lo hicieron por la calle Don Jaime. Y allí que empezó a reunirse la gente, primero en silencio, luego hablando con normalidad y al final el sonido del bombo y algún tambor que había sobrevivido a la carga policial, comenzaron a impregnar el ambiente de un tono más alegre, intentando olvidar lo sucedido para recordar el motivo que nos había llevado aquella tarde noche a la plaza del Pilar, donde en el edificio de La Lonja, aquella otra gente disfrutaba de su particular fiesta.

Hubo cantos, gente bailando, sonrisas, botas de vino que pasaban de mano en mano y, en el fondo de todo, una extraña sensación que aún hoy en día no puedo describir con palabras, pero que sigo recordando como si fuera ayer. Noche extraña, noche mágica, no lo sé, pero sucedió…

¿Qué resultado tuvo aquella noche? De todo aquello creo que fue el origen de varias peñas que se crearon en la ciudad, como la de El Brabán, del barrio de San José, que fue la primera, y a la que siguieron otras buenas asociaciones peñistas como “El Rebullo”, “Adeban”, “La Peña Vaquillera”, “Forca”, “El Bullizio D´aragonés” y “La Pasarela”. Todas ellas, surgidas a partir de los años 1977, 1978 y siguientes, que constituyeron el punto de partida de la actividad peñista en Zaragoza, hasta entonces inexistente. Unos años después, algunas peñas decidieron organizar y crear la Federación de Interpeñas. También hay que darle su punto de inicio a la siempre latente y recordada Banda del Canal, que con su desparpajo musical festivo-reivindicativo lanzaba su alegría desde Torrero a toda la ciudad.

¿Qué si aquella tarde noche de octubre de 1977 fue la chispa que encendió los ánimos ciudadanos con la vocación de lograr para nuestra ciudad unas fiestas populares que sirvieran de vehículo de alegría, ilusión, participación y diversión…? Quizás sí o quizás no, dejémoslo ahí, pero seguro que sí fue agitador de conciencias sociales y políticas, porque los ciudadanos salieron a las calles zaragozanas a expresarle pacíficamente a los regidores municipales que querían otro estilo de cultura popular en las fiestas del Pilar. Toda estrategia está bien si impulsa la movilización construyendo una mejoría social y, al mismo tiempo, racionalizar lo identitario se alimenta de profundos entrecruces con la historia y la cultura, lo masivo, lo festivo y el espectáculo y diversión del pueblo, es decir, en la vida cultural y festiva de los zaragozanos.

En ese momento, fuera crucial o no, las Fiestas del Pilar empezaron a cambiar para siempre, y ese espíritu se trasmitiría ya año tras año, organizadas ya por políticos más democráticos desde el Ayuntamiento en el año 1979… con sus correspondientes altibajos, fallos y aciertos, hasta el día de hoy.

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