DR. JOSÉ CARLOS FUERTES ROCAÑÍN. Presidente de la Sociedad Aragonesa de Psiquiatría Legal y Ciencias Forenses. @jcfuertes.


Hace tiempo que no me asomo a esta Tribuna en donde siempre se me ha tratado con respeto y mucho afecto. El motivo de esta “baja voluntaria” ha sido la muerte de mi senecta madre, una encantadora anciana de 91 años, que durante los últimos cuatro meses de su prolongada existencia ha estado viviendo en su casa, rodeada de su familia, recibiendo solo un tratamiento médico paliativo, y otro tratamiento, sin duda mucho más eficaz, que ha sido el inmenso cariño y amor que le teníamos.

Personalmente ha sido una experiencia muy dura, terrible, en algunos momentos angustiante, casi insoportable. Me he dado cuenta con más claridad de la que ya tenía, que ni los médicos, ni el resto de los seres humanos estamos preparados para recibir a la “señora de negro con su guadaña”, cuando, además, “esa señora de negro” viene a llevarse para siempre a un ser tan especial para cualquier persona como es la madre. ¡En este caso una gran madre!

Han pasado solo quince días, y roto por el dolor me atrevo a presentarme ante ustedes para decirles que, con frecuencia, y de forma casi deliberada, no queremos darnos cuenta de que la muerte existe; mejor dicho, que nuestra muerte es una realidad incuestionable. Pero de inmediato surge un problema. No nos conviene pensarlo porque inmediatamente surge una parálisis psicológica y un bloqueo emocional.

Para evitar ese bloqueo desarrollamos un mecanismo de defensa psíquico que nos permite hacernos creer ficticiamente que “solo se mueren los demás” y aunque cuando sabemos que no es así y nos damos cuenta de que a nosotros también nos llegará el turno de partir, desplazamos la idea del plano de la consciencia y nos libramos, al menos de momento, de un lacerante malestar.

Si les puedo decir que mi querida madre se ha ido como ella quiso y dejó escrito. Sin ingresos hospitalarios innecesarios, sin medidas extraordinarias, sin pruebas diagnósticas salvo las justas. Ha muerto en su cama, rodeada de sus hijos, de sus nietos y de alguna otra persona que vino a cuidarla, y que hoy se ha ganado a pulso ser casi parte de la familia.

Por último, quiero agradecer al director de Aragón Digital, mi buen amigo Roberto, que me haya permitido dedicar esta Tribuna, para agradecer su cariño a todos y cada uno de aquellos que nos han apoyado y acompañado en estos momentos de sufrimiento y de enorme pesar. ¡Querida madre descansa en paz!

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