JOSÉ LUIS LABAT. Periodista.


Aclaro desde ya, que no me refiero al grupo musical donostiarra, los de la oreja. Nada que ver con el miembro auditivo, oiga. Aludo al pintor. Vamos a dejarlo claro desde el comienzo. ¡Qué desazón los pobres girasoles! Me refiero al cuadro, sí. Al de los girasoles con tomate. ¿Pero qué culpa tiene el tomate, que decíamos en otro tiempo? Desde luego, la noticia de ese par de críos que vertieron el fruto de la huerta fuera del plato, sonaba a aquello de hombre muerde perro que aprendíamos en la facultad. Por lo raro, pensé que ahí estaba la noticia. ¡Qué ingenuo!, como me reprochan habitualmente no exentos de razón en mis cercanías. La noticia estaba preparada, porque todo estaba bajo el control de la performance que se iba a desarrollar, tachán, ante los medios allí congregados, no pocos por desgracia. Y mira que cuesta atraer su atención…No obstante, la escena se las trae. Sirve como metáfora de lo que está siendo el mundo y el teatro que se representa, en clave Calderoniana.

De una parte, esa pareja de destalentados. Que no han recibido una bofetada a tiempo en su vida, y que, por consiguiente, carecen de límites y piensan que todo lo que hacen es porque les apetece, y porque la libertad consiste en eso precisamente. O eso les han enseñado a las criaturas. Aunque ellos prefieren explicar la sandez en cuestión desde la versión comprometida, esa que va de defensores del clima o de la conciencia de su cambio desgarrador. Y para llamar la atención del calentamiento, que parece a algunos afecta mentalmente sobremanera, no se les ocurre mejor idea que agredir a unos girasoles, que hasta donde uno alcanza, parecen guardar relación con el campo, con el medio ambiente, y que, de puro básico natural, en este cuadro del pintor de Países Bajos, alcanzan un grado de excelencia impropio de lo normal que les hacía ocupar una hornacina de prestigio en el fatal museo donde se perpetró la fechoría del rociado.

Y por otra, algo que a mí me afecta más de cerca por mi profesión, el papel de los medios de comunicación. Pero ¿a qué estamos jugando? ¿Cómo es posible que nos dediquemos a dar cobertura a semejantes mamarrachadas? ¿Somos creadores de tendencias ridículas? ¿A esto hemos llegado? Pertenezco con orgullo a una generación de periodistas clásica, con una formación universitaria que no tiene que envidiar nada de muchas de las ofertas hodiernas al uso. Es más, la considero mucho más completa. Pues bien, en la ciudad donde yo cursaba estudios de Periodismo, solían producirse con cierta habitualidad episodios de violencia callejera. Y nunca tenían reflejo en los medios. Porque eso era lo que buscaban, la notoriedad mediática. Y ahora resulta que, a cualquier tonto que se dedica a hacer tontadas, le ofrecemos portada y la mejor cobertura posible. Incluso retransmisión en directo si me apuras.

No es de extrañar la pérdida de credibilidad de los medios en general. La lástima es que pagan justos por pecadores, pero nos lo tenemos merecido. Y las redes sociales no han venido a solucionar este asunto. Si cabe, a complicarlo un poco más. En más de una ocasión, desde esta misma tribuna prestada, he reclamado una necesaria recuperación de todo aquello que nos hace ser con mayúscula. También en los medios de comunicación se ve necesario ese camino de recuperación. Y que no es otro que el de la vuelta a los principios. Para muestra, un botón. ¡Pobre Van Gogh!

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