FRAN LUCAS HERRERO. Peregrino aragonés.


¡El moro Muza sale de la tumba en calzoncillos a bailar la rumba, tumba por aquí, tumba por allá, jajajajajaaaa!

Esa era una de las canciones que en los años 70 solíamos cantar por el barrio la tarde noche anterior al Día de Todos los Santos, aparte claro está de que por unas pesetas nos aprovisionábamos de un montón de petardos que lanzábamos por las calles con la intención de asustar un poco a quienes pasaban.

Más de cuarenta años después todo ha cambiado, cambia el mundo y cambia todo. En las calles, colegios, supermercados, casas y hasta en la carta del restaurante de la esquina. Halloween está por todas partes, esa fiesta importada de Estados Unidos que llegó en su día decidida para quedarse, y claro que lo ha conseguido, porque cada año afianza más su presencia, aún a pesar de que no es una fiesta “original” norteamericana, sino un refrito de varias tradiciones europeas que supieron a bien reconvertir y mostrar como si fuera propia y original.

Hasta hace otros cuarenta o cincuenta años, antes de que se exportara la celebración del Halloween en su versión estadounidense, existía por toda Galicia, algunas zonas rurales de Asturias, Castilla e incluso Extremadura y otros lugares de la península, una tradición que con menos que más intensidad débilmente se ha mantenido, y es el Samaín (en gaélico, Samaín o Samhain significa “fin del verano”), una festividad de origen celta que se celebraba en la primera quincena de noviembre. El Samaín llegó a Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, a causa de los numerosos emigrantes irlandeses, escoceses y otras nacionalidades que partieron hacia América, llevando con ellos su cultura y tradiciones, siendo una de ellas la de vaciar nabos y en el hueco interno colocaban carbón ardiente para alumbrar el regreso de los difuntos al mundo de los vivos, con la intención de recibirles y, a la vez, protegerse de los malos espíritus. Con la aparición de las calabazas, estas sustituyeron a los nabos en la noche que llamaban “All Hallow´s Eve”, expresión que significa “víspera de todos los santos”, la noche del 31 de octubre, anterior al Día de Difuntos.

También importaron otras tradiciones que daban lugar al también típico “truco o trato” y, cómo no, a disfrazarse, ya que todas y cada uno de los rituales considerados “originalmente americanos” no lo son, porque tienen sus raíces en antiquísimas tradiciones europeas, pero que por no alargar y aburrir es mejor dejar que cada cual, en su grado de interés, averigüe y se sorprenda por sí mismo si desea hacerlo.

A todo ello hay que añadirle, que tal y como ha pasado con infinidad de celebraciones paganas, como la Navidad, Noche de San Juan y otras, el cristianismo terminó moviendo las fechas si era necesario e instaurando en esos mismos días sus propias festividades, para absorberlas del todo. A la mañana siguiente del Samaín, se celebra así el Día de Todos los Santos, en el que se recuerda a las personas fallecidas, festividad que se estableció alrededor del siglo X e igualmente, siglos después, la tradición católica instauró el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre), en el que se recuerda también a aquellos que no están en el Paraíso y permanecen en el Purgatorio, coincidiendo con la fecha en la que en México se celebraba el Día de los Muertos, otra fiesta pagana de origen prehispánico, causalidades de la vida ¿verdad?

También antiguamente y en muchas zonas de España, era habitual que la mesa no se recogiera después de cenar, dejando algunos alimentos por si las ánimas de los fallecidos acudían a visitarlos durante la noche y tenían hambre, dejando igualmente la chimenea encendida para que no pasaran frío. Tradición que de forma parecida ha pasado también a la Nochebuena y la Noche de Reyes.

Y ciñéndonos tan sólo a Aragón, existen antiguas tradiciones para llenar una enciclopedia y que triste y prácticamente todas se han perdido o está a punto de hacerlo, ya que por ejemplo en muchos pueblos de Huesca colocaban patas de jabalí en las puertas para protegerse de las brujas, mientras en Zaragoza y Teruel colocaban mazorcas de maíz, pues dicen que las brujas se entretenían en contar los granos y ya así, aburridas, no entraban en la casa.

Cuentan también que si esa noche te acercabas a la Ermita de San Román, en Ponzano (Huesca) llevando a alguien que tuviera algún “mal de espíritu”, cerrabas los ojos y te arrodillabas ante una cruz de piedra que hay junto a la ermita, varias brujas aparecían y con un ritual curaban de ese “mal dado” a quien lo padeciera. Pero eso sí, si abrías los ojos, el mal que ellas a alguien quitaban te era traspasado por haber mirado. Y así, tradiciones y leyendas hasta el infinito…

Y ya terminando, solo decir que nada tengo con la celebración de Halloween, en absoluto, cuantas más fiestas mejor, que no nos falten nunca sonrisas, pero es que a veces no hay que imitar a nadie teniendo también nuestra cultura gran valor, aunque esas historias que se transmitían de generación en generación ahora ya no se transmiten y se perderán en el tiempo. Halloween también sirve por lo bueno que es recordar el poso de nuestro pueblo y de sus antiguas tradiciones.

De lo único que puedo quejarme es con tanto repetido disfraz, realmente nadie se disfraza hoy en día con los únicos disfraces que realmente sí son aterradores, con el de político, da igual las siglas ya que cualquiera vale, aumentado aun más su toque de terror si le añades toques de ministro o gobernante al disfraz. Esos sí que dan miedo, y no solo en la noche de Halloween…

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