JORGE GARRIS MOZOTA. Geopolítico e Historiador.


Un año más asistimos atónitos a la celebración del Halloween, donde nuestras calles, plazas, lugares públicos y privados, se adornan ya no solo con calabazas con caras demoníacas, sino con toda una cohorte de vampiros, esqueletos, diablos, símbolos satánicos, muertos vivientes, cuerpos sangrientos y demás chabacanadas de los ciudadanos infantilizados y en plena competición por alcanzar el gran premio a la estupidez.

Al parecer, “Hallowe’en” significa «Noche de los Santos«, y proviene de un término escocés; es decir hicto, celta, gaélico, que hacía referencia a la víspera del Día de Todos los Santos. Muchos folcloristas lo relacionan con sincretismos entre los antiguos ritos paganos célticos, como el festival celta de Samhain, que viene del antiguo irlandés para referirse al «fin del verano» y el posterior cristianismo.

Sea como fuere, en la península ibérica, por influencia celta, existen desde siglos manifestaciones similares como las meigas y la Santa Compaña de Galicia, tradiciones asturianas de niños pidiendo comidas por las casas a la luz de las velas, otras castellanas que también utilizaban las calabazas iluminadas, que se convertían en sandías en el Mediterráneo, en Soria se realiza el “ritual de las ánimas”… y un sinfín más de manifestaciones populares del estilo que en última instancia vienen a reflejar una conexión de los vivos con los espíritus de los muertos.

Con el transcurso de los años, la influencia de la cultura anglosajona, Hollywood, la decadencia social, los géneros “snuff y gore” y demás subproductos degenerados, han ensalzado las figuras de “Jack-o’-lantern”, un irlandés tacaño, pendenciero y con fama de borracho, que jugó y se burló del propio satanás, y que hoy en día es el protagonista de las decoraciones con calabazas horrendas para evitar la visita de ese tal Jack. Todo muy demoníaco.

En todo caso, toda una “celebración” importada, con las variaciones introducidas a lo largo de estos años que han dado como fruto ver a padres con hijos de corta edad haciendo cola en los comercios chinos, que una vez más hacen caja con nuestras tonterías; para luego disfrazarse de satánicos papás y peligrosas mamás vampiresas que acompañan, todo orgullosos ellos, a sus niñitos convertidos en los actores de la matanza de Texas, con cuchillos, machetes, hachas y demás, llenos de sangre, al igual que sus cuerpos y caras.

Todo esto, haciendo mucho esfuerzo, podría resultar morbosamente cómico si no fuera porque resulta descaradamente patético y desolador. El nivel mental de los padres, colegios que lo promueven y demás colaboradores necesarios, ofrecen todos ellos una imagen que va desde la desolación, la lástima a la vergüenza ajena.

Sus argumentos no faltan: “… es que todos los niños lo hacen”; “se lo dicen en el colegio…”, “…es sólo un día”, “…se lo pasan bien” y demás patrañas. Los mismos que luego los bautizan, celebran la primera comunión o se casan “por la iglesia”, porque es lo que toca o “… es que todos los niños lo hacen”.

No estaría de más que todas estas manifestaciones se circunscribieran al ámbito de lo privado, si no queda más remedio que aguantarlas, y no se intentaran normalizar mediante apoyos que no se aclaran sobre qué tipo de sociedad quieren construir, porque da la casualidad que, ni en la esotérica Agenda 2030 aparecen estas cosas o… quizás sí, pero solo unos pocos lo conocen, quien sabe.

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