JOSÉ GARRIDO PALACIOS. Escritor.


Se cumplen 130 años del derribo de la Torre Nueva, la torre mudéjar que señoreaba su entorno y destacaba por su monumentalidad, belleza y armonía; la torre que reunió a artistas de tres culturas: cristiana, judía y musulmana; y representaba una de las manifestaciones más espectaculares del arte aragonés.

Allá por el siglo XVI Fernando el Católico aprobó el proyecto del jurado de Zaragoza acerca de la construcción de una torre con reloj para que sirviera de apoyo a la ciudad y de vigilancia. El reloj, de considerables dimensiones, estaba orientado hacia el casco antiguo, centro vital de la urbe, para que los vecinos pudieran verlo y regir su vida cotidiana.

Las obras comenzaron en 1504 con la construcción del zócalo, de planta estrellada con 16 puntas y gran porte; y enseguida se observó que la elevación del primer cuerpo tenía cierta inclinación, bien porque recibía mayor insolación y el fraguado de los materiales fue más rápido, bien por la premura en la realización de la obra. Lo cierto fue que en la medida que el edificio se elevaba, la inclinación era más notable. No se rectificó, sino que quedó así para siempre, a modo de remedo de la torre italiana de Pisa.

El segundo cuerpo era octogonal, dotado de tres pisos con ventanas ojivales salvo la cara que cobijaba el reloj; y en el piso superior había torreones con balconcillos coronados por arcos de medio punto. El chapitel con cubiertas de pizarra era de gran belleza, altivo y hermoso, resultado de una reforma realizada en el siglo XVIII.

Las campanas situadas en los vanos del último cuerpo de la torre alertaban de los incendios del entorno con tañidos diferenciados para indicar el barrio al que acudir. Una campanada correspondía a La Seo, cinco a la parroquia de la Magdalena y doce a la de San Pablo; así hasta las quince parroquias de la ciudad, según manifiesta Asín Remírez en la Guía de Zaragoza 1860.

Las dos campanas de fundición fueron realizadas por Jaime Ferrer en 1512, y la de mayor tamaño fue trasladada a una de las torres del Pilar, en las postrimerías del siglo XIX. Una de las funciones más relevantes tuvo lugar durante los Sitios de 1808 y 1809, con vigías permanentes que podían descubrir la llegada de los franceses a Zaragoza a varias leguas de distancia.

A las campanas se accedía mediante una escalera de caracol que ascendía entre el muro exterior y otro interior de menor anchura, y disponía de 260 peldaños. Su altura total era de 80 metros, con un diámetro en la base de 11,5 metros. La edificación en su conjunto representaba la grandeza del Reino de Aragón.

Ahora bien, el 27 de diciembre de 1846 hubo una fuerte tormenta en Zaragoza y se produjo un desprendimiento de ladrillos del exterior de la obra, lo que creó a los vecinos inmediatos cierta preocupación sobre la seguridad de la torre y el mantenimiento de la fachada. Unos ciudadanos, sobre todo comerciantes próximos, fomentaron la petición del derribo del edificio; y otros, por el contrario, defendieron el legado cultural de la edificación. Al final, el Ayuntamiento acordó en julio de 1892 su demolición, si bien se autorizó a que fuera visitada por los vecinos antes del hecho, previo pago de 10 céntimos, y a que se pudieran adquirir ladrillos a modo de recuerdo.

Hace unos años, en 1991, se fundó el colectivo Amigos de la Torre Nueva con el fin de promover la construcción de un memorial en el mismo lugar que la torre original, en la plaza de San Felipe, y de rememorar una de las joyas arquitectónicas del arte aragonés. Hoy solo queda la figura de un joven sentado en el suelo, recordando ensimismado la huella de la bella torre mudéjar. Un museo de la torre puede visitarse en la bodega de la contigua Casa Montal.

En los Episodios Nacionales, título Zaragoza, Benito Pérez Galdós escribió sobre la Torre Nueva: «Corren las nubes por encima de su aguja, y el espectador que mira desde abajo se estremece de espanto, creyendo que las nubes están quietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica, bajo cuyos pies ha cedido el suelo, cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo y nunca acaba de caer».

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