VICENTE FRANCO GIL. Licenciado en Derecho.


Una de las más codiciadas pretensiones que persiguen las sociedades modernas, muy concretamente las occidentales, en todos sus ámbitos, es la seguridad. Hoy nos preocupa de una manera desmedida, e incluso enfermiza, no alcanzar el control de cuanto nos rodea. Ansiamos compulsivamente la seguridad económica, política, laboral, física, social, en fin, un horizonte tan vasto y enigmático como lo es vivir en medio de las situaciones más cotidianas. Por otro lado, frente a esta búsqueda a veces desordenada de la seguridad, ha surgido una inquietante y obsesiva fijación por el miedo, convirtiendo al ser humano en víctima de sus propias preocupaciones.

Es una realidad incuestionable que desde que somos concebidos y alumbrados a la vida, el riesgo y la incertidumbre son unas constantes adheridas en nuestro transito existencial. Cuando el miedo es considerado como una amenaza y por ello un enemigo a batir, surge entonces una especie de histeria que eclipsa los sentidos y deforma el modo de actuar. Si, por el contrario, consideramos que el miedo es un estado que debe ser gestionado y por tanto superado, la perspectiva cambia radicalmente.

La cultura del miedo, inicua y perversa, ha penetrado en nuestras sociedades quizá por una despreocupación individual al no cultivar convenientemente ciertas virtudes que sirven de antídoto y remedio contra el agobio excesivo de las potenciales adversidades. En este sentido, los avances tecnológicos y la apatía hacia la transcendencia de la vida han conformado sociedades “blandas” y, dentro de ellas, personas endebles. Como consecuencia de todo ello se ha hecho de la sobreprotección un instrumento que lejos de beneficiar a las nuevas generaciones lo que produce es, a medio y largo plazo, todavía más vacilación, duda e incertidumbre.

La tendencia coyuntural a magnificar las calamidades y pronosticar las catástrofes, incidiendo sobre el clima, la demografía, la escasez alimenticia o el aluvión de cuantiosas y diversas enfermedades, no hacen más que lesionar lo que debiera ser el devenir normal y el desarrollo integral de las personas. No obstante, se presume que, detrás de esta incontinente y delirante cultura del miedo, se encuentre un elenco bien nutrido de políticos, científicos y empresarios, es decir, una elite acaudalada y dotada de poder, dedicada a promover interesadamente una enorme preocupación por el mal, mayormente imaginario, y ávida porque se cumplan las normas establecidas, a tal efecto, por ella misma.

Vivimos en unos tiempos en que la inquietud excesiva provoca ansiedad y con ello pugnas entre diferentes modelos de vida. Se pretende regular uniformemente una moral y una forma de pensar concreta, que obligue a asentir como autómatas lo políticamente correcto. Así las cosas, para el abordaje de las necesidades actuales que compensen el desequilibrio turbio que ha provocado la narrativa del miedo, debemos atesorar valores y recuperar ciertas virtudes para adoptar nuestras propias decisiones frente a problemas tangibles. La humildad, la fortaleza, el raciocinio, la justicia, la audacia y todas aquellas que conduzcan nuestra vida hacia un análisis crítico de los acontecimientos y a la calma de nuestras conciencias, son un buen ejemplo a tener en cuenta.

El deterioro moral y social vigente ha sido administrado, en gran medida, por una caterva sectaria de profesionales del miedo, cuya finalidad estriba en que los seres humanos estemos enfrentados entre sí, al mismo tiempo que enfrentados contra el medio en que nos desenvolvemos. La pacífica aceptación de nuestras limitaciones y por tanto la imposibilidad de poder controlar todo lo que nos circunda, puede ser un buen comienzo para recapacitar acerca de aquello que es importante considerar y de aquello que, por superficialidad, no merece siquiera detenerse y perder el tiempo.

La manipulación científica y política son bombas de relojería que al estallar pueden causar muchas bajas, en el entendido de que nos puedan arrebatar la paz y perjudicar nuestra más íntima y singular razón de ser. Para no ser “del montón” y apartarnos del camino trillado, no admitamos idea sin analizar, ni proposición sin discutir, ni regla sin comprobar. El fruto de lo observado y de lo madurado es lo que en todo momento debe primar.

LO MÁS VISTO