LUIS IRIBARREN BETÉS. Licenciado en Derecho.


Excelente exposición la que tuve ocasión de disfrutar en el Museo de Zaragoza al final de octubre, combinando la misma sabiamente los fondos de la Fundación Torralba de ukiyo-e, pintura flotante o grabado japonés para entendernos que tanto influyó en la cartelería art-déco europea y española, con una exhibición de bonsáis en cambio de hoja en el caso de los caducifolios, tambor japonés y un puntito de flor escultórica en ikebana, introducida y creada por las manos delicadas de la incomparable japo-aragonesa Sonoko Inoue.

La exposición pictórica porta el acertadísimo título “Arces y crisantemos”, la segunda la flor imperial japonesa y aborda un viaje a través de grabados de tres siglos que tienen como eje la caída de la hoja, momiji en japonés, y su delicada contemplación, símbolo del final de la vida y su renovación con la floración.

En algunas ocasiones he recordado que contra la pasión occidental por vivir cada momento como si fuera último, la tradición y filosofía orientales navegan la existencia desde la contemplación e iluminación. De forma sosegada y, eso sí, cribando la mirada hacia lo natural como algo a enaltecer como verdaderamente único pero no por estático, sino precisamente por cambiante e irregular, por insólito y amenazante con gotas de felicidad.

La asociación de bonsái zaragozana ha interiorizado esta calidad, refinada hasta sus últimas consecuencias por la condición insular de Japón –como Gran Bretaña lo ha venido haciendo con determinados diseños cerámicos o industriales con la europea-, y presentó una galería de árboles especiales, plantados en maceta significa la etimología del vocablo japonés pero las mismas y podas obedecen a escuelas o sectas para bien distintas.

No es una colección de bonsáis un bestiario de árboles que se manipulan o retuercen a costa de su bienestar vegetal, sino una galería de pequeños dioses frágiles que condensan en breve espacio una visión completa del bosque o país al que trasladan. Porque, al revés que afirmamos en occidente, quien puede porque sabe mirar lo general, lo más, es posible que sepa traducirlo poéticamente en lo menos.

Muchos conocidos me preguntaron acerca de por qué no se mantuvo más que por espacio de una semana la exposición referida. Es fácil de contestar, precisamente por la condición de milagro representativo del resultado, no se pueden sacar a los árboles sin que se resientan de su hábitat por periodos prolongados.

Ejemplares de especies japonesas como arces, que tan complicada tienen la adaptación a Aragón por falta de humedad, convivieron con otras opciones en forma de garnachas, oliveras o higueras autóctonas, bellísimas, llevadas a su límite radicular que tiende a horadar para buscar agua a mucha profundidad. De manera que ni siquiera este aciago ejercicio de lluvias ha impedido aceptables producciones de garnacha.

También se disfrutó de ejemplares de hayas, tejos o abetos aragoneses adaptados, de los raros y escasos bosques de alta montaña atlánticos o alpinos que se han vuelto destino otoñal masivo.

Aragón cuenta con especies botánicas únicas en Europa pero no sé yo si lo celebra bien, no digamos como en Japón. Asociaciones montañeras sí pasean por el Bosque de la Pardina del Señor de Sarvisé, van a ver el mosaico multicolor de subida a Respomuso, emociona el aspecto japonés del Balneario de Panticosa, boletaires hay que se solazan en Oza o en Gamueta… Qué decir de la constante afluencia a Ordesa o Bujaruelo…

Pero estos lugares ya no escondidos no son sino una puta de iceberg.

El parque de Huesca, el botánico de Zaragoza, el congosto de Purroy y hondonada de Sabiñán en el Jalón, los bosques de ribera de Alcañiz y de los ríos de Teruel, las choperas del Cinca de Monzón o Fraga, la caída de hojas de los cerezos, las garnachas en Borja o Campo de Cariñena… presentan innumerables escenarios en que parar vuestro año y celebrar, por qué no, el día corto pero dulce.

Podéis acercaros hasta Fabara a disfrutar del mauseleo romano entre apergaminadas hojas de amarillo cadmio de melocotonero, ir al Alto Alfambra o cuenca de Pancrudo a solazaros con los chopos cabeceros o, si media accidente que os impida andar como en mi caso, visitar las higueras o rieles de castaños de indias cercanos en la Margen Izquierda de Zaragoza. Los ginkos de la calle Capitán Portolés, de un dorado imperial. El plátano o acacia al que de vuestro balcón como en pandemia.

No estoy de acuerdo con un de los tíos que mejor me caen, a mí no me sobra ni todo el mundo ni mucho menos todo el mundo vegetal.

Qué añadir sobre Japón que no haya compartido en otras ocasiones. Que en los años 90 fue protagonista de todas las burbujas que asolaron con posterioridad a Europa y a su California sin desarrollo en IT, que es España. Que su economía pasó de la cerámica y artesanía, del crisantemo, a los procesadores, tarjetas de sonido y juegos de Atari, en viaje monotsukuri al microchip pero sin perder el concepto de diseño “kawaii”, que lo eficiente sea mono, emocionante pero canónico como la música de Sakamoto.

Lo veremos aquí, no cuentan ya con manos artesanas y han tenido que incorporar jubilados que sepan lo que es montar pieza por pieza un motor Honda o Yamaha de barca por exceso de ingenieros de programación.

País con bicefalia, que no reproduce la guerra solapada Madrid-Barcelona, Tokyo gravita sobre mantener su posición de capital tecnológica mundial pero Kyoto preservó la ceremonia del té, la arquitectura tradicional japonesa, las maiko y la cocina kaiseki donde los platos se acompañan de un crisantemo o un brote o un fruto que exprese la temporada del año. Los restaurantes se traspasan con un fondo de comercio del que forma parte la pureza del agua de sus pozos como base del hervido siempre sin cloro del arroz para sushi.

Es Kyoto no afectada por los bombardeos ordenados por McArthur masivos la que ha mantenido y hoy sigue todas las técnicas y artes que subyugan y epatan a Occidente. Los jardines de piedra que con canales rastrillados y piedras reproducen la visión del mar de Seto en textos literarios o poemas; los vegetales delicados con casas de té y principal de paneles en que se combinan agua, cedros y faldas de cerezos, bellos en primavera y otoño.

Ciudad que alimenta a los productores de máscaras o pinceles, patrimonios vivientes de Japón a los que se les financia para que cierto artesanado nunca muera; los maestros y maestras principales de las técnicas del bunraku, noh, bonsái, ikebana, kendo, caligrafía y tantas disciplinas con código común de concentración para un perfecto acabado (kata: forma), a las que nos hemos felizmente familiarizado.

Son los bosques que la rodean, repletos de monasterios, los que se visitan en otoño no por deporte, sino como manifestaciones de una divinidad cotidiana. No es ese el concepto que se tiene en Ibdes delante de una vid o en Torralba de Ribota de un cerezo, sino como árboles dadores de frutos y sabor, limitados a un solo de nuestros cinco sentidos.

Paladeamos el mosto de garnacha, sin escuchar cómo suena su amplia hoja chocando con las otras en día de cierzo, sin observar la belleza de su color óxido en noviembre, sin tocar sus nervios de zarpa, sin oler sus sarmientos sino cuando aromatizan costillas o pimientos asados en ellos.

Veamos el paisaje aragonés desde los cinco sentidos, que son seis si añadimos que los árboles plantados en numerosos casos lo fueron por manos sarmentosas que ya no viven. O que sí y nos dejaron un saber hacer botánico heredado no peor que el de Asia.

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