JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS. Doctor en Filología Hispánica.


Pocos jóvenes zaragozanos recuerdan las señas de identidad del barrio de Montemolín, uno de los más representativos de Zaragoza. Afortunadamente, hay una asociación que se preocupa por promover la significación de este barrio en la ciudad y sus publicaciones se convierten en testimonios vivos de una andadura de más de ciento cincuenta años de historia. En 1974 se fundó la Asociación Larrinaga-Montemolín con el fin de reivindicar la actividad vecinal y difundir el patrimonio cultural del barrio. El escritor José Antonio Prades encabeza una Junta de la que forma parte también José Antonio Sauca, profesor de Historia, Ética y Cultura Clásica en el colegio marianista del Bajo Aragón. Josi presentó, a mediados de noviembre, en el Centro Cívico Salvador Allende de Las Fuentes, el libro «Semblanza de un barrio», que se hace eco de la rica historia de este enclave, que no es una división administrativa, pero que cuenta con edificios que guardan entre sus paredes retazos de historia y del renacer de la ciudad en el siglo XX.

Me comenta José Antonio que este barrio no tiene en la actualidad límites fijos y que ha quedado como una esquina de los distritos de Las Fuentes y San José. Por eso, el objetivo principal de esta asociación es recuperar la memoria de unos años del siglo XX en los que la industria –favorecida por el ferrocarril de Utrillas– y la agricultura fueron dos generadores de trabajo, progreso e incremento de la población. El libro de José Antonio Sauca es el germen de una próxima publicación de una historia completa de este barrio, con ilustraciones y testimonios de personas que han nacido y vivido en este enclave de la ciudad. Además de esta publicación, tienen proyectos ambiciosos como una exposición fotográfica, un documental y la construcción de un monolito de identificación a la entrada y salida de Montemolín.

El presidente de la asociación expone también nuevas inquietudes para el futuro y planes inmediatos. Entre ellos destacan algunas reivindicaciones vecinales como la transformación de parte del antiguo edificio de Giesa en centro deportivo y cultural, la catalogación y cesión para usos culturales del antiguo colegio Tomás Alvira, la restauración y apertura al público del antiguo reformatorio del Buen Pastor de Torre Ramona, la solución de las deficiencias en atención sanitaria del centro de salud del mismo nombre, el uso más adecuado del palacio de Larrinaga y la mejora en la urbanización del barrio.

Hay, además, otras mejoras que, a medio plazo, pueden encontrar eco y respuesta en el Ayuntamiento de Zaragoza. Porque es una pena que se pierdan las señas de identidad de Montemolín –que procede el orónimo Monte-Molín– y por eso es importante que se restauren aquellos edificios que representan un hito en la arqueología industrial de la ciudad. Hay que lamentar que edificios, como el silo que se hallaba en la calle Miguel Servet, enfrente de Torre Luna, haya sido derribado sin más. Y es que la historia de este barrio reclama una especial atención, porque para sus vecinos supone una pertenencia y una identidad. Una larga y apasionante tarea por delante para este enclave que en 1981 dejó de figurar como distrito de Zaragoza.

Precisamente, hace pocos años, esta asociación lideró una campaña para que la RAE incorporara en su diccionario el término “montemolinero”. Todo un reto para el futuro y un largo camino por recorrer.

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