FRAN LUCAS HERRERO. Peregrino aragonés.


Y mientras en los cines los Reyes Magos se enfrentan a Santa Claus por quedarse con todo el protagonismo de las fiestas, aunque sea el comercial del que todos, y he dicho todos, participamos, poco a poco se van acercando esas fechas de las que casi todos decimos queremos huir y al final participamos año tras año como el que más, aunque ciertamente y a pesar de que suene a rancio, cosa que me da igual, estas fechas ya no son como antes ni de lejos, porque toda aquella algarabía familiar que se montaba, donde en una habitación entraban veinte de familia, el gato y hasta el periquito que se sacaba de la jaula, ahora se desliza ya en reuniones llamémoslas “más tranquilas y sencillas”, salvo excepciones por supuesto.

Hablando de tradiciones, una ya prácticamente perdida tradición navideña, que conocí una vez hace casi cincuenta años en un pueblo de Huesca, y que en la ciudad ciertamente no teníamos ni idea era la de la Tronca de Navidad, celebrada en buena parte de los pueblos del Alto Aragón, pero también en muchos de la Franja oriental, además de en Cataluña y Galicia. Donde tras la cena de Nochebuena y una vez los niños se habían acostado, sus padres o abuelos cogían un tronco que previamente habían ahuecado, el cual normalmente era de roble, carrasca u olivo, y lo arrimaban hasta la chimenea, rellenándolo de regalos, caramelos y dulces. Así, cuando los niños se levantaban, iban lanzados hasta el tronco para que saliesen las sorpresas que contenía. Como se puede ver era una variante aragonesa –aunque al parecer también se hacia en Galicia y Cataluña- respecto de poner los zapatos como suele hacerse ahora.

Esta tradición, seguramente estaría relacionada con el simbólico deseo de hacer brotar los últimos frutos a un ciclo agrícola ya finalizado y con ellos propiciar el deseo de la abundancia del entrante. De hecho, después de que los niños sacaban todos sus regalos, el tronco se quemaba y las cenizas del tronco se esparcían por los campos para asegurar una buena cosecha. En otro tiempo, además, en la casa se preparaban para los antepasados comida y ofrendas, de forma que no se perdiera del todo el vínculo con ellos. Esa costumbre derivó en la que aún hoy se mantiene de hacer regalos a los niños, como he citado ya antes, regalos que, en cualquier caso, deben ser traídos por un personaje que viene del más allá, sean los Reyes Magos, el Niño Jesús o, más recientemente, Papá Noel o Santa Claus.

Prácticamente lo único que queda ya de esta tradición es que en las pastelerías, como una remembranza de lo que ya prácticamente nadie se acuerda, venden “troncos de Navidad”, normalmente de chocolate.

También cuentan que en algunos pueblos del Bajo Aragón era tradición que en el día de Navidad los novios regalasen a sus novias un gallo hecho de mazapán, colocado en el interior de una cajita redonda de cartón, que el novio intentaba decorar como bien podía con plumas y flecos de colores, ya que ese día, si los padres de la chica aprobaban finalmente al pretendiente, se le invitaba a cenar o a tomar café, vamos, igualito que ahora.

Otra tradición ya perdida, aunque esta quizás mejor que lo haya hecho, era la de los grupos de niños que casa por casa iban pidiendo el aguinaldo, imitando quizás a determinados gremios como los carteros, serenos, barrenderos y algún otro que recorrían las casas de la zona donde trabajaban, repartiendo casa por casa tarjetas navideñas de felicitación, con las que pedían el correspondiente aguinaldo. De todo ello ya solo queda que en algunos pueblos donde los jóvenes que por edad entran en lo que se llamaban quintas, y que significaba que al año siguiente tenían que hacer el servicio militar, cosa que ya hace años no se realiza por haberse suprimido dicho servicio, siguen celebrando el acto igualmente montando algún festejo en el pueblo para conmemorar su “quinta”, en muchos sitios prendiendo una gran hoguera en la plaza del pueblo.

Sí, antes en estas fechas existía esa unión con el fuego, sea como cálido rescoldo hogareño o en forma de grandes hogueras públicas en el centro del pueblo. Pero mientras que de estas últimas se afirma que se encienden por un remoto afán de ahuyentar los peligros y males, acerca de la importancia del fuego del hogar existe otra interpretación que lo relaciona con ese deseo, ya comentado, de perpetuar la continuidad de la casa: el fuego en torno al cual se reúne la familia actuaría como una puerta de comunicación con los antepasados, desde la que éstos pueden ver y cuidar a los vivos. En la noche mágica del solsticio, los seres queridos que ya se habían ido volvían a visitar el hogar para protegerlo, y encontraban el camino gracias al fuego.

La Navidad ha cambiado, como cambia todo en la sociedad, y quizás ahora se prima más lo que hay encima de la mesa que quienes hay alrededor de la mesa, hasta que un año, casi sin quererlo, aprecias y te das cuenta que cada vez hay más huecos de seres queridos que ya no están y con los que compartiste esos recuerdos que rememoras en esa Navidad tan distinta de años atrás. Pero aún así me sigue gustando, así que, ¡Feliz Navidad para todos!! ¡Felix Dies Natalis Solis Invicti (al menos hasta el año 380!

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