CARLOS HUE. Psicólogo y Doctor en Ciencias de la Educación.


Aprovechando que estamos en Navidad me gustaría reflexionar sobre qué es el regalo. En mis charlas y conferencias pregunto qué es el regalo y me suelen contestar que regalar es dar “algo sin esperar nada a cambio”. Entonces, lo que hago es que me acerco a una persona entre los asistentes y le entrego mis gafas, pidiéndole que haga como que las ha comprado ella y que me las ofrezca a mí como regalo. En ese momento, cuando ella tiene en sus manos las gafas, le pregunto: “¿De quién son ahora las gafas?” y ella me contesta que son suyas, porque figuradamente ella las ha comprado. A continuación, esa persona me llama por mi nombre y me dice: “Hola, mira, como sé que las necesitas, he pensado regalarte estas gafas”, a lo que yo respondo: “Gracias, ¡la verdad es que me van a ir muy bien!”. Por último, le pregunto: “¿De quién son las gafas?”, contestándome que ahora son mías. Así que digo: “Si son mías, puedo hacer con ellas lo que quiera, ¿no?», respondiéndome que sí. En ese momento, las dejo en el suelo, coloco mi zapato sobre ellas sin presionar de ninguna manera y aprecio la cara de horror de ella al ver que su regalo iba a acabar hecho añicos.

La moraleja de esta anécdota es que siempre, siempre esperamos algo a cambio de nuestros regalos; un favor, otro regalo, una sonrisa, un beso, un abrazo o simplemente la palabra gracias. Regalar, por tanto, es un trueque, un intercambio porque la vida es un trueque, un cambio, en el que a lo mejor cambiamos cosas por afectos. Lo que pasa es que nos hacen creer que el mejor regalo es el más caro, cuando el mejor regalo es aquel que necesita la otra persona y, lo que más necesita ella no es otra cosa sino el respeto, la confianza, el cariño de los demás.

En estas charlas pregunto a continuación: “A quién debe gustar el regalo” y me responden que a los dos, al que lo regala y al que lo recibe. Entonces cuento la anécdota de que estando de viaje en el aeropuerto de Frankfurt y pensando qué llevar de regalo a mi esposa me acerqué a una free-shop y en mi mal inglés le pregunté, yo que llevaba ya 40 años casado, a una señora alemana que, por supuesto no la conocía de nada, que me orientase sobre qué comprarle, (cuando yo pienso que tiene de todo, bueno, todos pensamos que los demás tienen de todo). Me ofreció una pasmina de color verde que, por supuesto, pedí que fuera muy bien envuelta “para regalo”. Llegué a casa con la ilusión del “deber cumplido” (todos pensamos que cuando vamos lejos tenemos el deber de llevar algo a casa). En esta ocasión, llamé al timbre y con gran alegría le entregué el regalo. Ella, nerviosa, tardó en abrirlo y, al final, con una cara de decepción, me dijo: “Gracias, muchas gracias, otra pasmina verde como la que me trajiste del aeropuerto de Roma”. Esta anécdota nos hace reflexionar sobre varias cosas. Primero, que tenemos de todo y en abundancia; segundo, que nos hemos impuesto la obligación de regalar; y tercero, que si queremos regalar algo debemos de pensar cómo piensa la otra persona, no como nosotros nos gustaría que nos regalasen.

La conclusión es muy sencilla. No tenemos por qué regalar por Navidad y, si lo hacemos, pensemos qué es lo que le gusta a la otra persona, de verdad. ¡Feliz Navidad ’22!

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