FRAN LUCAS HERRERO. Peregrino aragonés.


Cuando el Sol se va, el cielo se oscurece y en él brillan como lejanos diamantes esos billones de estrellas infinitas, es lógico pensar que desde el principio de los tiempos las estrellas fueran veneradas como algo mágico, consideradas parte de los dioses en los inicios y más tarde como ayuda, entre otros, para marcar los cambios de las estaciones y como mapa celestial para navegar por el mundo, entre las que destaca la Estrella Polar o del Norte. Es más que imposible averiguar cuándo empezó la humanidad a dar sentido a esos puntos luminosos, y más aún a fijarse en los patrones que algunos de esas estrellas les estaban comunicando, ya que las culturas de la antigüedad veían estos patrones de diferentes maneras, a menudo relacionándolos con leyendas que se contaban entre sus pueblos, creando mitos e historias a partir de las formas que veían o dándole un significado más global, como por ejemplo marcar en el firmamento las constelaciones que componen el zodiaco y que nos otorga a todos, según nuestro nacimiento, un signo zodiacal bajo el que al parecer estamos predestinados y sometidos estelarmente, algo que siglos antes de Cristo ya se reflejaba en muchos textos.

A lo largo de su historia, el hombre siempre ha utilizado las estrellas para guiarse y encontrar el camino a casa. Muchas son las señales celestes que ha ido tomando como referencia a lo largo de la historia, como la Vía Láctea, la Estrella Polar o la Estrella Vega.

Luego tenemos la estrella de las estrellas, nunca mejor dicho y más para estos días, la Estrella de Belén, que fue, según la tradición cristiana, el astro que guió a los Reyes Magos al lugar del nacimiento de Jesucristo. Más allá del mito, historia, realidad o lo que cada cual crea sobre el nacimiento de Jesucristo, históricamente ha habido debate sobre qué fue realmente la Estrella de Belén. Algunos astrónomos y científicos en la actualidad han delineado algunas teorías al respecto, teorizando que se trató de un cometa milenario, que atravesó la bóveda celeste aquella noche. La teoría más aceptada hasta ahora, sin embargo, indica que en realidad fue Sirio: la estrella más brillante del cielo nocturno en la época invernal. Otra posibilidad es que, aquella noche, Júpiter hubiera entrado en la zona este de la constelación Aries, como proponen algunos famosos astrónomos. Esto propició que el planeta reflejara con más intensidad la luz del Sol, y se destacara en la bóveda celeste nocturna.

Y si ninguna nos llega a convencer ni satisfacer, pues mira, al trastero todas las teorías y nos quedaremos con la que teníamos todos cuando éramos ilusionados niños, que era una estrella mágica que guió a los Reyes Magos, sin los cuales nunca nos hubieran llegado regalos en Navidad.

Finalmente, como referencia estelar en el cielo nos queda la Vía Láctea, la galaxia en la que vivimos, y que contiene alrededor de doscientos mil millones de estrellas, incluyendo nuestro Sol y se ve como una banda borrosa de color blanquecino debido a la cantidad de estrellas surcando nuestro cielo estrellado. Asimismo, ese “camino estrellado o de las estrellas” es por el que los peregrinos que marchaban hasta Santiago desde Europa usaban la posición de la Vía Láctea en el cielo, en verano nordeste-sureste, como referencia para poder seguir la senda y llegar a su destino, sin GPS, apps ni nada, solo mirar hacia el cielo y dejar que las estrellas guiaran sus pasos, ya que desde el siglo XI se creía que ese “camino de las estrellas” que hoy conocemos como Vía Láctea fue la senda esbozada por el apóstol Santiago, que guiaba y acompañaba así al peregrino hasta su sepulcro.

Y por lo cual, a mediados del siglo IX, el obispo Teodomiro descubrió gracias a las estrellas el sepulcro de Santiago, donde ahora se sitúa la cripta de la catedral, ya que unas estrellas advirtieron de forma milagrosa la ubicación de los restos del apóstol, y se convirtieron en uno de los primeros símbolos de la tradición jacobea, y así de hecho el nombre de Compostela deriva de campus stelae (campo de estrellas).

In Itienare Stellae en latín o El Camino de las Estrellas en castellano, las dos formas lo definen, ellas fueron mi primera inspiración para escribir un libro sobre el Camino Aragonés, el de nuestra tierra. ¿Y qué nombre podía tener la obra? Por supuesto, In Itinerae Stellae. Y es que el cielo es como el paisaje que te puedes encontrar allí, diferente según el día, pero de una gran belleza. Hermosos bosques y praderas entre antiguas fortificaciones dan paso a espacios abiertos y áridos casi siempre en compañía del río Aragón. Puedo asegurar y sin temor a confusión, que allí te encontrarás con uno de los cielos más singulares y sorprendentes de nuestra vida.

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