Francisco Javier Aguirre FRANCISCO JAVIER AGUIRRE. Escritor.


Cuando aún resuenan los ecos de los mensajes mediáticos e institucionales nacidos a consecuencia de la muerte de egregio profesor, historiador, amigo y maestro Eloy Fernández Clemente, se abre mi almario, esa alacena espiritual donde atesoro las voces de quienes físicamente han desaparecido pero anímicamente siguen viviendo conmigo.

Podría citar las varias docenas de personas que alientan en mi almario, pero me limitaré a las que quizá han tenido mayor relieve social en los últimos tiempos y son, por tanto, más reconocibles: José Antonio Román Ledo, Emilio Gastón, su hermano José, Eustoquio Molina, Gonzalo Borrás, José Verón Gormaz, Joaquín Carbonell…

Hay algunos otros amigos de menor proyección pública, pero no de inferior calidad personal. Sus voces, que he dejado de percibir de forma externa, han entrado en la órbita de la acústica espiritual a la que atiendo con afectuosa frecuencia. Reviven en mi memoria y en mi corazón situaciones vividas con ellos, conversaciones y diálogos instructivos, porque de todos he aprendido lecciones que no figuran en los programas oficiales de la ciencia o de la convivencia.

Hoy es Eloy quien se ha instalado en este almario íntimo, imprescindible para mí. Como las aguas de un torrente benéfico y caudaloso, me inundan circunstancias tales como el haber sido el primer intelectual zaragozano que se acercó a Teruel, a finales de 1978, para ver qué raro sujeto había elegido destino en la Casa de Cultura habiendo podido ocupar dos docenas de puestos similares en otras ciudades de mayor relevancia.

Reviven en mí los ánimos que siempre recibí de él para desarrollar mis investigaciones profesionales, mis aficiones literarias, las musicales… Reconstruyo las presentaciones que hizo de varios de mis libros, el Prólogo que redactó con verdadero esmero para La otra vida de Los Amantes de Teruel, una idea surgida de ese gran promotor cultural que esta tierra ha tenido el honor de acoger, Antón Castro, instigador asimismo del libro colectivo La España que fuimos en el que participó Eloy y al que el propio Antón puso Prólogo, como puso Epílogo a mi libro Tierra de Silencios, memorial turolense, dedicado conjuntamente a Labordeta y Eloy.

No puedo menos que recordar la noche que pasamos juntos en casa de Vicente Casanova, en Valdealgorfa, tras una conferencia que él impartía y a la que acudí, porque escucharlo siempre fue para mí fuente inagotable de disfrute y aprendizaje. Y por acabar de algún modo, he de mencionar su encargo del libro Puertas Abiertas, para la colección Biblioteca Aragonesa de Cultura, cuyo medio centenar de títulos con tanto tiento y entusiasmo dirigió.

Se me acumulan los recuerdos, duele la ausencia, pero su voz seguirá alimentando indefinidamente mi memoria y mi corazón.

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