Mª LUISA RUBIO ORÚS. Profesional de la Educación, escritora y pintora.


Tras dos años y pico del artículo titulado Pueros, en medio de la Navidad va este otro escrito en el verano de este intervalo que está a punto de extinguirse en el calendario.

Aterrizados en Lisboa, cogimos un tren muy especial, que hacía parada en cada pueblo por el que pasábamos hasta llegar a un destino escogido.

Durante el trayecto el juego de palabras se hizo inevitable. Y todavía con mayor razón considerando que trato con personas de todo el mundo, sin exceptuar los latinos. Tomar en su país significa beber.

Tristeza profunda trayendo los pensamientos una historia real de alguien a quien evité que cayera de lleno en el alcoholismo y cuyo pago, sin embargo, fue el de ir a liarla a mis espaldas al lugar de trabajo en el que estuve en un entonces dentro de mi rotamiento como interina. Cavilando incluso las fechas navideñas para que se me fuera a la contra algo antes y prolongando el maltrato por parte de varios individuos durante meses después. A ello se le había adjuntado que estaban quienes, descontentos con sus vidas, hasta que no lograron lo que se les antojaba, no pararon de hacer daño aguijoneando la paz más santa.

Vamos a tomar unas palabras para digerir el mal aliento que provoca el infierno: una cosa es soportar los achaques de la vida aguantando el tirón los aprietos, carencias y estrecheces; otra muy distinta que bastantes de la misma ralea quieran convertirte a su religión de fechorías para contra la bondad del prójimo más elevado, que, para contrarrestarles, haberlos altos de espíritu junto con obras no siempre comprendidas los hay, a Dios gracias.

Cuando mi alma estaba llorando sobre las vías entre que nos desplazábamos, de repente el constante Corazón encendido de Pasión por el Redentor, se iluminó con tal ardor de gozamiento que el fantasma pretérito se esfumó poco a poco bajo la amenaza del fuego purificante del tomar las cosas con filosofía y templanza.

En este mediados de julio de modificación de ruta, habiendo cogido varios días para ello, en el distrito portugués de Santarém, Tomar iba a hacerse presente como un regalo templario, ya que allí hay todavía restos de nuestros antepasados.

Cuanto viví de lo anterior en una línea aquí relatado y extendido en cierto escrito mío, aquella mi experiencia pasó a ser parte de un estudio repartido entre varios hombres a los que les gustó una idea a la que recurrí para solapar la maldición perseguida de tiempos inmemoriales. Delante de mí se repartieron el trabajo abierto a la investigación cuyo legado había dejado mi atravesamiento por circunstancia sin nombre.

Por la ventana, paisaje y casitas blancas, esperanza por dentro y ansias por encontrarnos en la ciudad en la que existe el castillo Templario y Convento de los Caballeros de Cristo.

Para acceder a ellos, hay que subir una larga cuesta, que se hace dura al no ir ya a caballo. Pero disfrutando de la frondosa vereda franqueada por árboles centenarios.

El Castillo protege el Monasterio que, aparte de los numerosos claustros dedicados a diversos menesteres y refugio de peregrinos hace las veces de encarnadura frutal cuyo hueso interior alberga una de las maravillas del arte religioso universal, como es la Capilla del Monasterio construida con el típico estilo Templario.

Fortuna fue que nuestra visita coincidió justo con el fin de semana en el que se celebra una Fiesta evocando los vínculos con la Orden de Caballería.

No dejamos de ir a ver la tumba de Gualdim Pais en la iglesia de Santa María dos Olivais. Este caballero fue gran maestro de los Templarios además del fundador de la ciudad de Tomar.

Ya abajo, suelo virgen lleno de cruces templarias en forma de mosaico por todas las aceras que tuvimos el privilegio de pisar. Sorprendente la relación entre los habitantes actuales y los antiguos. El lugar exuda recuerdo por su ayer.

En el desfile sobre la calzada unos portando antorchas, el resto, asimismo ataviados con trajes de época; sobre lomos de corceles con las capas flameando al viento.

La gente agolpada, mas con sumo respeto, atenta y sin quitar ojo a la festividad, para después dirigirnos todos hacia el campamento, donde se recreaban las ventas así como las danzas y cantos medievales. Puestos de madera artesanales y de alimentos repletos de filas. Y las estrellas mirándonos, tomando los sueños por guía y bebiendo la calma por conciencia tranquila.

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