LUIS IRIBARREN BETÉS. Licenciado en Derecho.


Querido Eloy Fernández Clemente, no solo en los 80 miramos con ternura y piedad por primera vez a Aragón desde la Sociedad de Amigos del País de Pignatelli y Aranda.

Leímos a Cortázar, Borges o Carlos Fuentes en las ediciones de Carlos Barral y antes, las de la editorial Losada de Baires, fundada por republicano y exiliado, y las mexicanas donde DeFectuoso llamadas “Siglo XXI Editores” y la del Fondo de Cultura Económica que hoy duermen el sueño de los justos de resucitar para su segunda lectura en el rastro de San Bruno.

La universidad central mexicana o la emigración aragonesa a Argentina de los años 20 marcaron una relación permanente. Por eso, ayer desde Andalán se iba con el corazón con la camiseta de Messi. Porque fue la de Beto Barbas, Juan Esnáider o la de adopción de Diarte y el paraguayo Acuña. La de, cómo no, aquel antecesor del Fideo Di María, que se llama Luciano Galletti y que le puso corazón de res a cada segundo disputado. Antes de que Ayala y aquel D’Alessandro bien parecido a Di Caprio, se acercaran para ver reventar la burbuja inmobiliaria.

Aragón ha sido un lugar pergeñado como imaginario por la generación de la triada Labordeta-Eloy-Gastón, pero con bandazos por vida vivida por sus emigrantes y también inmigrantes de apertura siempre hacia el oeste.

Viajando por la panamericana que nutrió la cultura futbolística aragonesa –como también demuestra el legado del portero Leo Franco en Huesca- norte arriba hasta el Oeste americano de la emigración de la montaña oscense a California y llegada de militares de la USA Air Force a la de Zaragoza, Spain. Y con ella se vivió peligro pero rockabilly y una escena musical nocturna de la que vivimos décadas.

Quizá menos en baloncesto en que a veces se ha gozado de artistas y entrenadores argentinos pero donde preponderó la escuela de baloncesto libre –de socialismo y libertad de la Jugoplastika- de Ranko Zeravika.

Argentina siempre bebió los vientos, como Zaragoza ciudad y sus músicos, por una escena de rock con guitarrazos. La querencia “rollinga” que ha hecho que hasta los cantautores argentinos gusten de ser acompañados de fondos que los aproximan a Neil Young, como muy mínimo.

Mi querencia por Fito Páez, después programando en Binéfar música de “Los Fabulosos Cadillacs” hasta hoy en que muchos días me ducho para que se enfríe el agua caliente con Trueno y Santiago Motorizado, han completado mi sentido musical aragonés que hoy felizmente llenan Calavera, Pecker o León Benavente. La generación del abuelo aplaudiendo su osadía y la de las cineastas zaragozanas que han tomado el relevo de Borau y Buñuel.

Porque somos mucho más que dos, hemos ganado mundial y Andalán lo lleva en portada.
El fernet branca, las veladas con Rogelio entre asados con chimichurri en el Mangrullo catando el último Mendoza de malbec oloroso a Aconcagua, los blancos ultrasecos con olor a higo de Salta y Patagonia, las veladas hablando de peronismo del necesario, de acciones para la ambición cultural por renovar Aragón desde dentro.

Caminos de ida y vuelta en que Mercedes Sosa siempre encajaba. Por seca y porque pedía permiso y también perdón.

El espíritu de Andalán encontrando expresión entre los bosques con aire seco de araucarias de Bariloche, cruzando el puerto las hayas de Olorón o los árboles enormes de la costa de Chile bendecidos de humedad y bienes, de dulzor sin Monegros ni pampas.

Porque sí engraso mi eje, aunque sea “abandonao”, estoy pensando en todo lo que tuvieron que ver el profesor Fernández Clemente y el fijador de ambientes canallas que fue el poeta de metros y tango Santos Discépolo.

Aragón no yira, vamos camino de nada, de parada para echar gasolina de pampa y ver una cinta de agua a la altura del río Pecos.

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