María Pilar Gonzalo Vidao MARÍA PILAR GONZALO VIDAO. Investigadora y documentalista.


Leía con agrado en Aragón Digital hace unos meses, a través de la firma de Luis Ferruz, que en el año que acaba de terminar se conmemoraba el 170 aniversario del nacimiento de don Santiago Ramón y Cajal (1 de mayo de 1852), sabio y científico universal; así como el centenario de su jubilación como catedrático.

Bien está que se traten cuestiones menos conocidas de su figura no dejándose llevar por las mismas atribuciones una y otra vez sobre su lugar de nacimiento o sentimiento de pertenencia, su interés por el dibujo, el ejercicio físico que tanto cultivó en su mocedad desde el Círculo Gimnástico Zaragozano regentado por Pascual Poblador en la calle Fuenclara nº 2, y que le ayudó en sus enfrentamientos con algún contrincante por el amor de una zagala (conocida como la Venus de Milo, vecina de la calle Cinco de Marzo y que al fin murió soltera); la dedicación a la toma, desarrollo y venta de fotografías, incluidas las pruebas realizadas para nuevas emulsiones fotosensibles ultrarrápidas junto al fotógrafo Lucas Escolá; así como un sinfín de retahílas como la falta de interés por el estudio en su época de juventud que, si bien es cierto, luego quedó sobradamente demostrada su capacidad de entrega, dando como fruto unos resultados de los que ha podido beneficiarse toda la humanidad.

Llegados a este punto, me preguntaba qué podría contar sobre don Santiago desde mi humilde tribuna que fuera menos manido y estudiado por los doctos en la materia sobre su vida y obra, llegando a la conclusión de que al sabio iba unido el hombre, y como tal, imperfecto y lleno de dudas como cualquier otro mortal. Sin embargo, y sin ánimo de que parezca revanchismo ni revisionismo sobre su figura, ciñéndonos a esa imperfección y que cada uno de nosotros somos hijos de nuestro tiempo, debemos rescatar una idea certera, y es que don Santiago Ramón y Cajal despreciaba (como tantos hombres de su época) a las mujeres como iguales, tan solo las consideraba necesarias como instrumento para que la especie perdurase. Tal fue el trato que recibió su esposa Silveria, a quien conoció en uno de sus paseos junto al Canal Imperial a su paso por Torrero, siguiéndola incluso hasta su domicilio e interesándose por su situación familiar, hasta que la consideró adecuada para pedirle matrimonio. Hoy veríamos esa actitud como censurable rayando el acoso.

Tal es así, que Margarita Nelken decidió escribir un libro sobre citas, opiniones y aforismos, de título “La Mujer”. Conversaciones e ideario recogidos por ella con una advertencia preliminar escrita expresamente para esta obra por el autor, en el que recopilaba las impresiones de don Santiago a lo largo de los años sobre el género femenino, contando por supuesto, con el beneplácito del de Petilla de Aragón.

Se desconoce a día de hoy qué impulsó a la políglota Nelken a realizar esta revisión de frases, reacciones y declaraciones del Nobel referidas a la mujer en general, tal vez fuera una forma de enfrentarle ante la sociedad cambiante y de ansia feminista como ella, o quizás deseara que se viera reflejado para que modificara su pensamiento. Nada de esto podemos asegurar puesto que en los años de la II República Española, la propia Margarita tenía demasiados enemigos tanto dentro como fuera del partido socialista en el que militaba y pocos dispuestos a parapetarla.

La curiosa historia comienza cuando en 1928 se conocen en el Ateneo de Madrid y, a partir de ahí, se profesan palabras de halago mutuo. Algo inusual en el sabio, pues es sabida su parquedad en la palabra. Tal vez por la extraordinaria labor de la Nelken en materia de arte, como escritora o en el ámbito de la política como sufragista consigue despertar su curiosidad y también la admiración del padre de la neurociencia moderna.

Coinciden al poco tiempo en la residencia de señoritas de la madrileña calle Fortuny, y, tras varias publicaciones en prensa, deja de manifiesto su admiración por el investigador, algo a lo que él corresponde con igualdad tanto pública como privadamente.

Por desgracia, el idilio intelectual se acaba cuando Cajal le solicita por carta a la diputada que retrase la entrega del manuscrito a imprenta, pues es su deseo corregir y ampliar algunas anotaciones realizadas con la intención de mejorar la propuesta. Margarita desoye esta petición y el libro sale en 1932. Ni siquiera se lo comunica, ignorando este cuando llega a sus manos que el libro ya llevaba editado más de dos años. Su enfado se hace patente cuando escribe al editor sorprendido por la publicación en la que no se le había hecho partícipe ni se le había dado la oportunidad de realizar mejoras, también se queja de la falta de cortesía al no haber recibido ejemplares del mismo.

La amistad no volvió a retomarse tras el desencuentro, aunque Margarita siempre le dedicó palabras de admiración y cariño. Don Santiago fallecía unos meses después.

Suponemos que el libro tuvo un cierto éxito, ya que en plena Guerra Civil, en 1938, se lanzó una segunda edición.

Recomiendo vivamente la lectura de este librito que refleja claramente el pensamiento de un investigador en su ámbito más privado, ese que nada tiene que ver con sus conocimientos y saberes, el que atañe a sus reflexiones sobre las mujeres, que si bien no puede ser censurable desde el punto de vista de nuestro contexto y época, sí debemos tener en cuenta las palabras que él mismo hizo suyas:

“Lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza o ignorancia”.

Glorificamos al sabio y abrazamos al prójimo, pues en sus imperfecciones recordamos que somos humanos.

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