Mª LUISA RUBIO ORÚS. Profesional de la Educación, escritora y pintora.


El dolor no se comercializa ni se acapara. Sino que se comparte en la colectividad de la unión cuando buenamente se puede. Muchas veces, transcurridos los años.

En primer lugar lo sientes sin nombre ni más destino que el del recuerdo. Y, volviendo a pasar una y otra vez lo vivido por los adentros, rehuyes de las cenizas que serán nada.

Solamente recobrar el aliento tras la consecución de la pérdida en tierra, ganancia celestial.

Nos provocamos daño humano, peligro para la salud. Cuesta hacerse al nuevo molde de resto de vida que queda.

Y es que, con la edad, en nuevas ocasiones nos vemos obligados a ver pasar a nuestros seres más o menos queridos, sin embargo todos hermanos en definitiva.

No vienen para irse de largo, sino que permanecen en la intensidad de nuestros días, piedra tras piedra del camino compartido y también del que resta.

Notas de cantos elevados hacia la Estratosfera para que los ángeles las recojan, danzas en manos inquietas desde las que tanto hay todavía por hacer, espíritus en comunicación desde la comunión de las almas.

Datos de Amor por doquier. Tan solo hace falta la sabiduría de verlos y la valentía de alejarse de quienes sobreviven de y entre las sombras intentando inyectarlas a los que nos oponemos a sus barbaridades, aberraciones que en ocasiones se aplauden además de apoyar.

Difícil es en el momento en el que se cruzan indeseables y se está ahí creyendo en una causa que, al fin y al cabo, resulta ser inexistente.

Gestos mal dados por “complacer” una falsa amistad… entre que el interés halla el beneplácito de colarse para el amargue ajeno.

Pido perdón por las malas interpretaciones que ciertas personas me encasquetaron. Agradezco a quienes me dejaron conocerles y avivaron mi larga paciencia. Y asimismo me dieron lugar a que me conocieran. El reconocimiento es mutuo.

Te alejas del agazapamiento, de los entresijos de los escondites donde se nutre la malevolencia. Ya te diste bastante y sobrantemente. Fueron ellos aquellos que estiraban. El humilladero mayúsculo ya pasó. Ya no te hunden más por el mal que provocaron y ejecutaron, asimismo a la hora de no tener más remedio que defenderte para no sucumbir. Ya, rezas por ellos.

En algún tiempo será que quienes andan corriendo tras la separación sentirán que somos Uno.

Entonces la parafernalia, maledicencia y actividad oscuranta significará el fin de lo infernal en este planeta.

Realizando, hasta la perfección. Actos de cada uno desde lo mejor posible de nuestra capacidad.

Y al final, el costumbrismo del duelo que nos va consumiendo poco a poco entre que las noches encienden velas para procurar lucificar sanamente las alas con las que nos movemos y conmovemos, habiendo a los demás participes de la alegría inmensa e interior que nos llena y se pletoriza junto a los otros.

En época de Navidad también se nos va gente. Y es duro. Mucho. Mientras se brinda con vino, champán, mosto o el líquido que sea y esto se acompaña con dulces pastas artesanas de Villa, pueblo, ciudad o cueva, no hay oportunidad salvo la de dejarnos “despedir” de parte de quienes convivimos una vez o no. Incluso de amigos de amigos, de conocidos más o menos cercanos, etcétera.

El negro del traje y el de por dentro se va tornando en gris hasta llegar a un verde apagado que lentamente se va clarificando hasta soñar una Esperanza.

Es entonces cuando la esmeralda de los pensamientos se convierte en una candela por toda la eternidad, rememorando a los nuestros, siendo unificación dentro del Hogar.

Constantemente hacia la mejora para tener la hermosa posibilidad de abrazarnos sin viento por el medio. Contacto sin límites ni fronteras para el Corazón.

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