JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS. Doctor en Filología Hispánica.


Parece que en los últimos años se está poniendo de moda el adjetivo artificial como complemento a muchas de nuestras actividades cotidianas. No en vano acaba de ser elegida como palabra del año 2022 la expresión “Inteligencia artificial”, tremenda paradoja que produce sorpresa y desconcierto. Esta dinámica imparable está presente año tras año en el auge de las energías renovables y en la instalación casi indiscriminada de parques eólicos y fotovoltaicos por gran parte de la geografía aragonesa. Porque nos estamos acostumbrando, cuando transitamos por las carreteras de la provincia de Teruel –una de las más afectadas por la llamada transición energética–, a divisar en el horizonte gigantes aerogeneradores y a observar a ras de suelo, en lo que antes eran campos de cultivo, placas solares como un mar grisáceo que crece día a día y sepulta el verde de los campos y el tono amarronado de la tierra fértil.

No se trata de estar en contra del progreso, ni mucho menos. Tampoco se trata de cerrarse tajantemente a este tipo de producción de energía, mucho menos contaminante que la de los combustibles fósiles. Se trata, sin embargo, de buscar un difícil equilibrio entre la instalación de estos parques y su adecuada ubicación. Porque no parece lo más conveniente su ubicación en zonas de alto valor ecológico, artístico y ambiental. Es lo que va a ocurrir, a pesar de las alegaciones presentadas por Ecologistas en Acción y la Plataforma de los Paisajes de Teruel, con el proyecto en marcha de la instalación de gigantes aerogeneradores en las inmediaciones de pueblos del Maestrazgo turolense, en una zona declarada como Lugar de Interés Comunitario (LIC) y muy cerca de pueblos con especial encanto y atractivo turístico como Mosqueruela, Cantavieja, La Iglesuela del Cid, Villarluengo, Tronchón y Mirambel. Es verdad que los alcaldes de estos pueblos, afectados por la progresiva despoblación, ven con buenos ojos estas instalaciones en sus términos municipales, y que, según su opinión, pueden contribuir a fijar población y suponen una inyección económica para sus ayuntamientos. Sin embargo, habría que preguntarse si estos parques solo crearían puestos de trabajo mientras se están instalando y quedaría luego la huella imborrable de un paisaje artificial con incidencias importantes en el turismo, en la flora y en la avifauna.

Es difícil encontrar un equilibrio entre el progreso y la tradición, entre la naturaleza incontaminada y la invasión de lo artificial, entre la protección del medio ambiente y la contaminación acústica y visual. No se trata, desde luego, de generar conflictos, como el que se desarrolla en la excelente película As Bestas o en la galardonada Alcarrás. Pero sí que se puede alcanzar un consenso para reducir al máximo estos impactos y evitar que desaparezca el encanto de estos pueblos, la belleza de sus paisajes y la calidad de vida de sus habitantes. Como decía Miguel Delibes, convencido ecologista, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, “todo progreso, todo impulso hacia adelante, comporta una marcha atrás”. Han pasado muchos años desde que el escritor vallisoletano pronunciara estas palabras en 1975. De todos modos, nos invitan a la reflexión y a valorar adecuadamente las ventajas y desventajas de las nuevas tecnologías y del avance imparable de la ciencia. El paisaje nos lo agradecerá.

LO MÁS VISTO