JOSÉ GARRIDO PALACIOS. Escritor.


Siguiendo con mi último artículo publicado acerca de la hospitalidad, recordemos que en el siglo XV Zaragoza contaba con una veintena de hospitales, número suficiente para atender las necesidades de la urbe; sin embargo, esos centros estaban de ordinario con problemas económicos y carentes de material y servicios.

Todo ello obligó a solicitar la fundación de un hospital general de grandes dimensiones y la clausura de manera progresiva de los anteriores. Esto sucedió con los hospitales de San Bartolomé, San Blas, el Carmen, San Felipe y Santiago, San Gil, San Julián, las Santas Justa y Rufina, Magdalena, las Santas Masas, Santa María la Mayor, Santa Marta, San Pablo y el Portillo.

La construcción del nuevo hospital surge tras su solicitud por los regentes de Zaragoza a Alfonso V de Aragón el Magnánimo durante una visita de este a la ciudad. El monarca asumió la petición y facilitó la compra por 500 florines de cinco casas propiedad de Simón Güeso, situadas en el actual emplazamiento del Banco de España.

Así, el 27 de febrero de 1425 se edificó el Hospital de Nuestra Señora de Gracia en Zaragoza con el fin de acoger a todo tipo de enfermos, sin importar el origen o religión que profesaran. Su carácter era universal, según reza en el lema situado en su frontis: ‘Domus infirmorum urbis et orbis’ (Casa de enfermos de la Ciudad y del Orbe). El historiador Ricardo del Arco comenta que el hospital albergaba normalmente 500 enfermos, 250 dementes, 700 expósitos y 70 tiñosos.

El centro sanitario disponía de distintas cuadras o salas destinadas a recibir enfermos, siete a Calenturas y dos a Cirugía para hombres; así como dos cuadras destinadas a las mujeres: de Parturientas y de Madalenas. Además, disponía de estancias para expósitos y dementes de ambos sexos y una botica. De la gestión del hospital se encargaban el Cabildo de la Seo, el Consistorio de Zaragoza y el Reino de Aragón.

Destacamos asimismo que desde 1804 prestaron sus servicios en el hospital el padre Juan Bonal y la madre María Rafols, héroes durante los Sitios de Zaragoza, y que por las acciones de los franceses en agosto de 1808 el centro quedó totalmente destruido. Los enfermos fueron trasladados al hospital de Convalecientes.

El Hospital de Nuestra Señora de Gracia ha sido una de las instituciones de más arraigo en el suelo aragonés; y su importancia era comparable a otros contemporáneos de España –los hospitales Reales de Burgos y de Santiago de Compostela–, y considerado uno de los principales hospitales del mundo.

Dicho hospital y los sevillanos de las Cinco Llagas y el Naval de Nuestra Señora del Buen Aire, entre otros, fueron tomados como modelo de los erigidos en el Nuevo Mundo, pues la hospitalidad constituía una gran preocupación de los gobernantes españoles. A modo de ejemplo, veamos qué ocurrió allende el océano Atlántico.

El primer hospital se estableció en 1503 en la ciudad de Santo Domingo, isla de La Española, con el nombre de San Nicolás de Bari, en cumplimiento del capítulo 12 de las instrucciones de los Reyes Católicos en dicho año. Se ordenaba: «hacer en las poblaciones donde se viere que fuera más necesario casa para hospitales en que se acojan y curen los pobres, así de los cristianos como de los indios». El hospital estuvo activo hasta octubre de 1822.

En Santo Domingo hubo otros dos hospitales en el siglo XVI, el de los Pobres de San Andrés y el de San Lázaro, dedicado a la atención de los leprosos. El primero fue construido el 12 de mayo de 1512, y en 1586 el pirata inglés Francis Drake lo destruyó y quemó el mobiliario y los archivos repletos de documentos.

En el Virreinato de Nueva España, entre 1521 y 1524 Hernán Cortés edificó el primer hospital llamado de la Purísima Concepción, conocido también como del Marqués, Jesús Nazareno y Jesús. Allí se fundó la Facultad de Medicina de la Real y Pontificia Universidad de México, actual Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y en ella tuvo lugar, en 1646, la primera autopsia con fines didácticos del continente. El centro estaba abierto a españoles e indios, sin distinción alguna, y fue una apuesta personal del Conquistador. De hecho, dejó escrito en el testamento que sus rentas debían cubrir los gastos del citado centro.

Otros hospitales de la capital mexicana fueron la leprosería de San Lázaro (1524); el Amor de Dios (1539), destinado a enfermos por sífilis o ‘mal de bubas’; y el Real de los Naturales (1553), para atender a los nativos, y considerado antaño el mejor hospital del mundo, incluidos los de París, Londres o Berlín, por mor de la disposición de hierbas y raíces medicinales. Los demás centros del virreinato se erigieron en Veracruz (1527 y 1604), Guatemala (1527), Puebla (1535, 1567 y 1626), Valladolid (1584), Guanajuato (1625), Michoacán (1685), etc.

Respecto al Virreinato del Perú, España edificó entre 1533 y 1792 la cantidad de 59 hospitales, de los que 20 lo fueron en la capital de Lima, la ciudad mejor atendida en América.

Algunos hospitales en Lima fueron los de Santa Ana (1548), San Andrés (1566), Espíritu Santo (1575), San Lázaro (1585) y demás; junto con otros del mismo virreinato: el General de Naturales en Cuzco (1556), para atender a los indígenas; y el de Santa Misericordia en Quito (1565), en donde se graduaron 162 promociones de jóvenes médicos.

Se estima que los españoles fundaron en el Nuevo Mundo más de 1.000 hospitales entre los años 1492 y 1898.

A modo de comparación de la labor sanitaria de España en el Nuevo Mundo, recordemos que, en 1664, la Compañía Británica de las Indias Orientales construyó en Nueva York el primer hospital de Norteamérica, pero solo para atender a sus soldados y marineros enfermos. Eso ocurrió siglo y medio después de que España levantara el primero en la isla de La Española para todos los enfermos, sin exclusiones.

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