Francisco Javier Aguirre FRANCISCO JAVIER AGUIRRE. Escritor.


La extraordinaria actriz Magüi Mira ha estado varios días en Zaragoza durante la pasada semana. En primer lugar, como directora del espectáculo que ofreció el Teatro Principal, protagonizado por Lola Herrera, Ana Labordeta y Lola Baldrich, titulado ‘Adictos’, en el que se aborda el complejo panorama al que se enfrenta la sociedad en los próximos decenios.

En segundo lugar, Magüi ha acudido como persona, a pesar de que sobre el papel se presentaba como actriz en el monólogo ‘Magüi Mira Molly Bloom’, que ofreció en el Teatro de las Esquinas los pasados viernes 13 y sábado 14. Digo que más como persona que como actriz, porque la interpretación que hizo, siendo soberbia, fue declaradamente una vivencia propia, involucrándose de tal modo en el texto de James Joyce, que los espectadores quedamos petrificados por la verosimilitud de lo que oficialmente era una actuación, pero internamente una confesión, una confidencia hecha al oído de cada uno de los presentes. El volumen y el tono de su voz eran eso, una confidencia.

En versión y dirección de Marta Torres y de la propia Magüi, el último capítulo de la inconmensurable obra de Joyce, esa carga de profundidad social y psicológica por medio de la literatura que significa su ‘Ulises’, una obra que en España no pudo publicarse hasta 1976, cuando la novela había sido creada en 1922 –existía una versión al castellano, hecha en Argentina, que circulaba desde 1945–, adquiere dimensiones inusuales en un montaje que penetra por los poros de los espectadores, más allá de sus ojos y sus oídos, contando las peripecias de Molly Bloom, la mujer del caótico y problemático protagonista de la novela.

Una escenografía elemental, tan elemental como una vieja cama articulada y un somier, con esporádicas invasiones de la niebla, los estrépitos de un tren que parece cruzar por delante del escenario más que por detrás, las enigmáticas campanadas del reloj y un extraordinario juego de luces remarcando los estados de ánimo de la protagonista, hacen que esta vivencia de una Molly Bloom, que Magüi comenzó a interpretar hace cuarenta años, haya penetrado en ella más allá de su piel, más allá de su palabra, más allá de su entendimiento, hasta el centro de su corazón de mujer, conmoviendo las entrañas de toda aquella persona que considera que ya es hora de que la igualdad entre hombres y mujeres, en todos los aspectos, deje de ser palabrería. Que también el asunto de la pulsión sexual femenina y su libre ejercicio, eje giratorio de la trama, se reconozca en toda su profundidad, en toda su dignidad, en toda su dimensión.

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